Archivo mensual: febrero 2012

Bla, bla, bla

El discurso hegemónico

La mayoría de las novelas alternan dos registros que por lo general evitan la mutua contaminación y que se parecen uno al otro en ese rechazo de aquello que por su solo roce los cuestionaría. Uno de estos registros es el de la voz narrativa; el otro, el de los diálogos entre los personajes. Ambos tienden a su propio automatismo, que es algo así como el impulso continuo que les permite generarse y regenerarse sobreponiéndose por su propio ímpetu a la página en blanco que a cada paso vuelve a abrir su abismo. Pero el precio que se paga en cada caso es el de una pérdida de realidad en la medida en que es ésta la que amenaza tanto a la voz que narra como a las que dialogan, las cuales por otra parte se turnan para intervenir a sabiendas de que es la otra parte del discurso la que pone en peligro su propia manera de afirmarse en razón precisamente de su alteridad. La voz narrativa procura por un lado someter el mundo o la vida a su discurso hegemónico o, quizás mejor dicho, a su interpretación absoluta; las voces que dialogan, potenciándose una a otra, intentan huir de toda instancia interpretativa mediante una imposición física semejante a la de los cuerpos de los personajes que están allí más acá de cuanto se pueda decir sobre ellos o sus proposiciones. Cuanto más se instale el relato en un discurso ininterrumpido por precisiones corporales ajenas a sus aspiraciones a la razón o al sentido, cuanto menos acotado esté el diálogo por observaciones que relativicen lo que las voces declaran, es decir, cuanto más “respeten” cada uno de ambos registros, el narrativo y el dramático, el territorio que parece ser el del otro, cuanto menos, en definitiva, se cuestionen entre sí, mayores serán las posibilidades de que cada uno de ellos caiga en un bla, bla, bla diferente pero al fin y al cabo el mismo, que no es sino el producto de ese automatismo que tan a menudo se confunde con la inspiración y que lleva a escribir de corrido, como arrastrados por una voz que nos dicta el texto o por dos voces que se responden una a la otra a tal velocidad que el autor jamás alcanza a intervenir. De modo que el trabajo sobre cada uno de estos planos o registros debería ser en cambio una especie de confrontación en la que el otro, durante cada fase de la escritura, sirviera de piedra de afilar: la narración debería hacer sentir a cada lado, como las dos orillas de su río verbal, el silencio y la indefinición que atraviesa sin poder definir más que su curso, en tanto las voces que dialogan deberían ser narradas palabra a palabra desde esa tercera instancia representada justamente por esa voz, la narrativa, que tantos se empeñan en hacer callar en razón del ritmo durante estos pasajes de novela. En todo caso, leyendo, no olvidemos que cuanto más parece saber un narrador más está ocultando cuánto ignora, cuanto más suficientes parecen dos voces en su diálogo más reveladores serán seguro los gestos que nos esconden.

Voces sin cuerpo

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Sam Shepard y la sociedad del espectáculo

El escritor es la estrella

Dramaturgo y narrador, guionista y músico, cineasta y actor de cine, desde los años 60 Sam Shepard ha sido una presencia constante en más de un escenario de la producción cultural norteamericana. Esto ha hecho de su obra no sólo un punto de cruce entre diversas disciplinas artísticas sino también, al nutrirse de muy distintas y heterogéneas fuentes, que abarcan desde el teatro del absurdo y la poesía beat hasta el rock’n’roll, el pop art y el cine de género, un revelador espejo del carácter de la cultura que reúne todas estas manifestaciones dispersas. Si en una primera etapa los personajes de sus dramas buscarán crearse una identidad a partir de la identificación con diferentes figuras de la mitología popularizada por la contracultura de la época, el posterior y muy particular viraje hacia el realismo permitirá la afloración de un pasado y de la historia oculta tras las máscaras y las pantallas de la imponente sociedad del espectáculo consolidada en la segunda mitad del siglo 20. Este viraje se sitúa a fines de los años 70, cuando los representantes de la revuelta juvenil de la década anterior alcanzan la madurez y la estética pop ya se ha vuelto la de la sociedad entera. Entonces Shepard, como tantos protagonistas de sus obras, escapa de la escena que parecía constituir su entorno natural o más bien cambia de piel: inicia una carrera en Hollywood, excluye al rock de su teatro y abandona él mismo los explosivos collages audiovisuales con los que solía sorprender a su público para concentrarse en una dramaturgia cada vez más preocupada por el sentido, en la que ya no se tratará tanto de hacer visible lo invisible como de mostrar la gravitación de la experiencia real sobre los simulacros instalados. Es en este período cuando escribe la serie de family plays que, consideradas en su momento por algunos críticos como el cauteloso regreso de un artista extraviado a un teatro tradicional y hasta conservador que nunca había practicado antes, acabarían por representar el cuerpo de obra más clásico del dramaturgo, en el sentido de llegar a ser su trabajo más difundido, estudiado y traducido a otras lenguas. Lo que en cambio aún quizás no ha sido suficientemente explicitado son las consecuencias de este cambio de estilo con respecto a la temática del artista, aspecto que por otra parte ha sido siempre de los más difíciles de esclarecer para la crítica, concentrada en los valores formales de Shepard con preferencia sobre las cuestiones de que trata, a las que suele identificar con una serie de tópicos como la muerte del sueño americano o la decadencia de los mitos nacionales, que poco aportan a una definición más precisa. Cuando hablamos de una obra que justamente apunta a confrontar fachadas como las de estas grandes generalidades con la emergencia de súbitas evidencias parciales.

Situacionistas ante el espectáculo

Desde que Shepard estrenó sus primeros espectáculos, han pasado cuarenta agitados años durante los cuales el lugar y la función del espectáculo en la sociedad han sido radicalmente desplazados. La sociedad del espectáculo es el título de un libro profético publicado por Guy Debord en 1967, en el que al escritor situacionista le basta su estado incipiente para caracterizar a la sociedad del capitalismo absoluto en la que vivimos ahora. Según Debord, el habitante de esta sociedad está condenado a una minoría de edad irrevocable, dada su incapacidad para operar sobre una realidad que, dominada por intereses que no contemplan su opinión ni sus decisiones, tampoco le pertenece; a lo único que tiene acceso, como actor o espectador, es a una sucesión de manipulaciones de la apariencia que entretienen o distraen su nulidad. La sociedad del espectáculo se presenta como un espectáculo en continuado cuya continuidad es precisamente la clave de su supervivencia. Si el espectáculo una vez pudo ser aquel espejo de la sociedad que, interrumpiéndola, decía lo que la sociedad callaba, la sociedad actual ha anulado esta imagen crítica volviéndose pura imagen ella misma, sin secreto ni cristal que la sostenga: una imagen total, ilimitada, capaz de asimilar como parte de sí cualquier imagen o discurso que se le oponga. Pero en la posguerra, cuando creció Shepard, el espectáculo recién comenzaba. Es más: pocos años más tarde, le ofrecería un lugar.

Patti Smith como Bob Dylan

Sam Shepard pertenece a lo que podríamos llamar la segunda generación del rock, la de Bob Dylan, Lou Reed, Frank Zappa, que recibió su formación en los años 50, cuando despuntaban los primeros albores de la cultura pop que hoy cubre cielo y tierra ya sea como arte, diseño, publicidad o merchandising: una cultura en la que juegan un papel principal los medios de divulgación y comunicación de masas, que a su vez determinan un tipo de formación evidenciada, por ejemplo, en personajes como los de Jean-Luc Godard, si los comparamos en este punto con los de las películas de Luchino Visconti. Estos últimos, adivinamos, han visto los originales de las pinturas que aquellos sólo conocen por láminas; de hecho, son reproducciones impresas lo que Godard nos muestra en sus películas. Consecuencia directa de esta educación es una conciencia en la que de algún modo los medios sustituyen a la realidad inmediata, así como las reproducciones reemplazan al original; lo que se ha visto carece del aura de la pieza única o legítima, y la mente se carga de imágenes y nociones a las que no da crédito ni valor plenos, como si pertenecieran a una religión que le es ajena: establece un lazo, vale decir, no con la cosa sino con su reflejo, mucho más cercano a un espejismo. Esta irrealidad de la cultura deja ante el individuo una tierra de nadie en la que ninguna representación puede arraigar. En la América de los 50, productora de imágenes que aún hoy tienen el estatuto de mitos, el encuentro con esta tierra de nadie fue para muchos la experiencia con mayor grado de realidad; también, debido al vacío cultural descrito, el motivo de una angustia falta de términos en los que explicarse o siquiera expresarse: a menudo fue el delito el síntoma de los más afectados.

El nacimiento de un dramaturgo

Las primeras piezas de Shepard lidian con este problema: el desconcierto ante el mundo de quienes sienten una fisura insalvable entre ellos mismos y la cultura en la que han nacido. Esta circunstancia puede identificarse con el abismo generacional del que tanto se habló en esa época, pero las obras no plantean enfrentamientos de padres e hijos o profesores y alumnos. Toda jerarquía es ignorada. Los jóvenes protagonistas de estas piezas parecen expresar directamente la perplejidad e inquietud del autor ante un mundo animado por continuos fenómenos sin razón aparente. A partir de esta sensación no se elaboran conceptos como alienación o mecanización, sino una serie de espectáculos que trasladarán a público y crítica el extrañamiento de los personajes. ¿Qué nos quiere decir Shepard? ¿De qué nos habla? Jacques Levy, director de escena, comentaba entonces que a Shepard no le importaba tanto decirle algo a una audiencia como hacerle algo. En efecto, la súbita irrupción de la sangre en el decorado completamente blanco de Cruz Roja o las señales de humo enviadas desde una parrilla en La Madre de Icaro son imágenes memorables de cuya contemplación se sale con una fuerte impresión. Pero a Shepard también le importa la verdad. “No sé cuántas veces escuché la pregunta”, ha declarado, “sobre de dónde vino la idea para esta o aquella pieza. Las ideas vienen de las piezas, no al revés.” Y también ha aconsejado, para entender sus obras, no buscar la clave en ninguna idea general sino permanecer apegado a lo que ocurre en escena “momento a momento” (“Stick to the moment by moment of it.”). Estas declaraciones encierran una pista sobre la ética del autor.

Hacer visible lo invisible

Cuando en 1996 se publicó Cruzando el Paraíso, que como Crónicas de Motel catorce años antes recogía diversos textos narrativos escritos por Shepard durante sus peregrinaciones automovilísticas, algunos críticos, inducidos tal vez por la figura integradora del autor asomando como personaje en varios de los relatos, hablaron de novela. Pero las narraciones de Shepard rara vez llegan siquiera a asumirse como cuentos: más bien son instantáneas de distintas situaciones a las que procuran captar en lo vivo de la manera más inmediata posible. La mayor riqueza del teatro de Shepard sobre su narrativa se debe quizás a la yuxtaposición que hace en escena de este tipo de instantáneas. Vemos sobre las tablas dos acciones divergentes y, no sabiendo bien cómo integrarlas, podemos tejer aleatoriamente significados múltiples sin que ninguno quede fijo. “Pienso que es un truco fácil resolver las cosas”, ha dicho Shepard, refiriéndose a la posibilidad de conciliar los elementos dentro de algún esquema abstracto que los explique. Semejante valoración del fragmento no disminuye la solidez de la construcción, determinante para la unidad de atmósfera necesaria en la ejecución de estos rituales. Sólo que aquí la construcción no responde a un esquema previo sino a una organización de las partes tipo collage: imágenes, palabras, acciones y sonidos van combinándose en una especie de bastidor provisto por la escena, hasta lograr una pieza que impresiona también como pieza, o sea parte, de un universo heterogéneo capaz de manifestarse bajo formas y ordenamientos muy diversos del que se nos ha presentado. El teatro que Shepard ha escrito no proviene de la tradición teatral exclusivamente, ni tampoco de la literaria: por el contrario, en sus decorados poblados muchas veces por desperdicios y restos de artefactos se ve la huella del pop art, así como el jazz le ofrece a menudo modelos de composición e improvisación. Otras fuentes señaladas por el autor son el vaudeville, los circos ambulantes, los ceremoniales de curación por la fe, las danzas en trance como las que practicaban los indios y hasta aquellos shows de medicinas típicos del Oeste, todas ellas formas escénicas que si tienen algo en común es su ausencia de tradición académica, rasgo seguramente sobrevaluado por los artistas de los años 60. Lo que importa indicar es que la elección de Shepard recae además sobre prácticas autóctonas marginales, a las que la cultura dominante no puede otorgar ni de las que puede extraer un sentido relevante.

Atrapado por el rock'n'roll

En 1967, cuando Debord publica su ensayo, hacen eclosión varios fenómenos que cambiarán abruptamente por lo menos la cara de la sociedad. Entre ellos podemos contar el movimiento hippie, la psicodelia, una moda cada vez más atrevida y la creciente liberación sexual. Es el momento aparentemente triunfal de la revuelta juvenil, cuya cara visible estaría representada por toda una serie de jóvenes figuras públicas, entre las que destacan varios exitosos artistas críticos de la sociedad capitalista y entusiastas de la experiencia vital fuera de sus límites, que parecen retroceder y en realidad se han ensanchado. El mismo Shepard es, en escala menor si lo comparamos con los Beatles o los Rolling Stones, un ejemplo: a los 25 años ya ha recibido importantes premios, Michelangelo Antonioni lo contrata para escribir Zabriskie Point y el estado subsidia una de sus piezas más aparatosas, Operación Sidewinder, donde gobierno y ejército hacen el ridículo. Como joven estrella del teatro en un período de abundancia, todas las puertas se le abren y también su mirada cambia: sus obras, protagonizadas antes por jóvenes tan ignotos como lo era él mismo, pasan a poner en escena las aventuras de seres míticos o al menos famosos: guerrilleros, bandidos del oeste, estrellas de rock y hasta extraterrestres animan las obras más abiertamente espectaculares que Shepard haya escrito, registrando a su modo la mutación social en curso. Sin embargo, en líneas generales, debemos decir que muestra mejor el síntoma de lo que hace el diagnóstico: la riqueza del planteo dramático y escénico no siempre va acompañada de una reflexión madura, y pareciera que el autor necesitara alejarse de su propia escena para ver claro.

El diente del crimen (1972)

En Londres, donde pasa la primera mitad de los 70, Shepard escribe una obra maestra en la que recoge y supera todo lo anterior: El Diente del Crimen. Como antes Melodrama, El Blues del Perro Loco, Cebo para la Bestia del Pantano y Boca de Cowboy, la pieza tendrá música de rock compuesta por el autor y ejecutada en vivo por una banda. Pero aquí la visión del artista como estrella, del creador convertido en figura, llegará a ser una metáfora capaz de iluminar tanto la experiencia de Shepard como la naturaleza de la sociedad en la que ésta se ha producido. Hoss, el protagonista, tiene todo el aspecto de una estrella de rock; por otra parte, se habla de él como de un verdadero matador. ¿Qué es, artista o criminal? No hay cómo saber cuál es su práctica específica. La escena nos presenta un mundo imaginario que comprendemos, así como la extraña jerga que hablan sus habitantes, de un modo casi visceral y apenas por referencias. De Hoss no sabemos si es músico, poeta o campeón de tiro, sino tan sólo que es el mejor. Pero él se siente amenazado por alguien que se acerca desde el exterior, alguien fuera de la ley, un “gitano”, como lo llama, que no juega según las reglas. Es Crow, quien viene a desafiarlo por la supremacía. ¿En qué? El enfrentamiento nos dará la respuesta. Se trata de un duelo de estilos, en el que cada uno de los duelistas, ante un árbitro, procurará eclipsar al otro con su modo de hablar, de caminar o de mostrarse. “Mi imagen es mi kit de supervivencia”, había dicho Hoss. “En cualquier área, el éxito depende de estar en escena”, escribió William Burroughs. Quien domine la escena será el vencedor, y éste será quien mejor logre sustituir su cara por su máscara, es decir, su propio ser por una apariencia idealmente sin reverso. Enfrentado a su doble superior, Hoss acabará matándose para dejar el trono a Crow, quien se sienta a esperar a su sucesor en esta vía del progreso. Y éste pareciera ser el destino del artista en la sociedad del espectáculo, que hace de él una figura mítica y de esta figura un alienante modelo de identificación para los seres anónimos que aspiran a una identidad. El deseo de un arte total y hasta de un más allá del arte, representado por la pura práctica estilística en la que Hoss compromete toda su persona, y que había animado tantas aspiraciones revolucionarias de los artistas de la época, lanzados a la copulación entre las distintas artes (teatro, danza, música, poesía, cine, plástica) como si a ninguna pudiera bastarle ya con ser ella misma, concluye en el entretejido multimediático de la sociedad del espectáculo, en cuya guerra de imágenes la expresión personal sólo puede sucumbir bajo el tráfico de signos. Si en 1967 el protagonista de La Turista podía acabar la pieza huyendo a través de la pared del fondo y dejando tras de sí el hueco de su silueta, como en un dibujo animado, al comienzo de Suicidio en Si Bemol, de 1976, esta silueta aparece en el suelo indicando la presencia de un cadáver, mientras que el músico que ha fingido su propia muerte para poder escapar será al fin descubierto y arrestado. Seducido, la última pieza del período, acaba con el mítico millonario Henry Hackamore volviéndose más fuerte con cada nuevo balazo que recibe y cantando “Estoy muerto para el mundo pero nunca nací”. ¿Es que nada hay que interrumpa la circulación de las imágenes?

Un clásico americano

A fines de los setenta, con La Maldición de la Clase Hambrienta y Niño Enterrado, Shepard se vuelca al realismo. Las celebridades dejan su sitio a familias ignotas de bajos recursos. Y en el puro presente del espectáculo en continuado se filtra por primera vez el rumor del pasado. El monólogo, un recurso característico de Shepard desde su primera pieza, adquiere un nuevo significado: si en obras anteriores solía ser una súbita irrupción de la interioridad del personaje y su construcción a menudo dependía de una asociación tan libre como la que organizaba la trama de la pieza, lo que surge ahora es una historia, en la que las piezas sueltas que hemos percibido van ligándose hasta hacer ver cómo han determinado el destino de los personajes. Marcados por la historia que han vivido, los protagonistas de estas nuevas obras ya no imaginan siquiera alcanzar una identidad a través de la identificación con personajes míticos o famosos; es más, ni siquiera logran a veces desempeñar un rol social. La experiencia imborrable resurge como un fragmento que no encaja, un trozo de realidad concreta imposible de subsumir en la abstracción totalizadora de una imagen pública. Shepard sigue negándose a resolver sus piezas, conduciéndolas en cambio a su punto de crisis: ya en los 90, Estados de Shock confronta a un coronel y un soldado lisiado que dice ser su hijo, mientras el coronel lo niega para afirmar que su hijo murió como héroe de guerra. Contradiciendo el hábito de las películas hollywoodenses de conflicto psicológico, el encarnizado y repetido intento de reconstrucción de lo que realmente ocurrió en esa batalla no aportará solución alguna ni catarsis: la obra termina congelando el cuadro cuando el soldado levanta un sable a espaldas del coronel como si fuera a decapitarlo. Tampoco Travis, mudo al comienzo de Paris, Texas, escapará de la incertidumbre cuando recupere la palabra y con ella su historia: reunirá a su mujer con su hijo, pero él mismo volverá a la carretera con rumbo desconocido. Y Locos de Amor, tal vez la mejor historia de Shepard, no ofrece otro destino a sus protagonistas: aquí, los amantes y medio hermanos Eddie y May disputan sin cesar hasta que narran a un tercero, en monólogos intercalados, como la madre de él mató a la madre de ella mientras ambos, adolescentes, se enamoraban uno de otro. Cuando entonces por fin se abrazan, reunidos por el recuerdo, su padre procura en vano separarlos. Pero la reconstrucción de su historia tampoco les permitirá unirse o separarse de una vez: ambos huirán de vuelta al camino, donde el conflicto que nos han mostrado seguirá latiendo. Nada se ha resuelto con el espectáculo; ni la pública aparición de estos personajes ni su reconocimiento por parte nuestra puede librarlos de los demonios de su propia y oscura identidad.

Samuel Shepard Rogers II y III

 

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Incisiones

One less brick in the wall

One less brick in the wall

Momento de una fuerza. Una idea es algo que se sustrae a la opinión pública antes de que ésta produzca consenso. Por eso su aparición es fulgurante: hay que apoderarse de ella precisamente en ese momento en el que los actores sociales vacilan a la espera cada uno del otro, durante ese instante en el que todos ellos ceden un turno que nadie toma precisamente en reconocimiento no de una persona sino de una instancia que, como el cemento entre los ladrillos, una especie de vacío, es la que determina su estar juntos, o su condición de pared. Una idea es el ladrillo que se sustrae a ese muro y permite mirar a través de él.

Para guionistas y dramaturgos. Entrar a un teatro es salir de un laberinto. Todo escenario es un plano inclinado. La novela es un teatro en conserva. Cuando el relato rechaza el análisis, la narración se estanca. ¿Cuántas páginas puede interponer una obsesión entre su planteo y su desenlace?

Cómo construir historias. Hay que enlazar las apariencias con los sentidos como si las caravanas pudieran beber en los espejismos.

Unidad de la sustancia. El movimiento que define la forma y el pensamiento que aclara el contenido son uno y el mismo.

Por los siglos de los siglos

Clasicismo en política. Heiner Müller refiere cómo Goethe se volcó al clasicismo ante el cierre de toda alternativa política en Weimar. Philippe Muray demuestra cómo los escritores hacen diagnósticos perfectos mientras se atienen a la lucidez apenas soportable que les permite elaborar obras maestras y se equivocan al tratar de curar el mal en vivo, al buscar una salida para aquello de lo que han demostrado saber en lo profundo que no la hay. Siendo así, un clásico atraviesa la política sin buscar salida alguna, en la medida en que sabe que la acción política exige justamente estar dentro.

Comedia. El ciudadano que no ha conocido la tragedia, sumergido en la farsa, aspira a la dignidad del drama.

Artistas del hambre. Las épocas no pasan más rápido porque se corra durante su transcurso. Si cada trapecista tuviera su trapecio, no habría saltos.

Los Verdurin y los Guermantes

Tiempo perdido. En la eterna disputa entre las masas y las elites, no olvidar la identidad común, alcanzada al final de la novela, entre los Verdurin y los Guermantes. Invocar a unos contra otros, hacer uso de esta invocación, pero jamás confundirlos ni separarlos. Los Verdurin son los Guermantes y los Guermantes los Verdurin, pero NO al mismo tiempo. Ésa es su historia, toda la historia.

Último recurso. El recurso final del que quiere ser tomado en serio es la violencia. Es decir: del que quiere ser tomado en serio y no lo logra. Vale decir: el colmo de la seriedad es la violencia. O más bien: la violencia es el colmo de la seriedad. El resto sería la glosa de esta sentencia, donde la seriedad aparecería expuesta claramente como pretensión. Es por eso que en nuestros días a menudo se empieza por la violencia. De allí no se sale ni se vuelve a principio alguno, pero tampoco se permite pasar a nadie. La violencia no es un medio, sino un fin que se resiste a pasar.

Profesionales. El profesionalismo como sustitución del clasicismo. Si Goethe en Weimar se refugió en el clasicismo ante el cierre de toda alternativa política que permitiera actualizar un pensamiento, el artista de hoy se refugia en esa forma integrada al capitalismo de la artesanía que podemos denominar profesionalismo.

Camino negro. Por el triste camino que conduce de una víctima a un culpable peregrinan miles de lectores cada año: es el éxito de la novela negra. ¿Morbo o ansia de justicia? Morbo de justicia.

Historias de amor. El amor no quiere tener una historia, sino culminar en un momento infinito que no se deja definir. Eso indefinido circula a través de toda su historia, hecha de las aproximaciones sucesivas a esa imposible culminación que es como el fantasma inaprensible del imaginario cuerpo que se tiene en común. Por eso la historia sólo puede registrar y medir los fallos, las faltas, la progresiva incisión de la mortalidad, acabe como acabe ese amor, en el deseo y en lo deseado. Lo infinito está más allá de la historia y allí se queda.

El tiempo del amor

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Poetas y santos

Escritores al margen

¿Por qué los santos escriben tan bien? ¿Es únicamente porque están inspirados? Lo cierto es que poseen un estilo particular cada vez que describen a Dios. Les resulta fácil escribir estando como están a la escucha de los susurros divinos. Sus obras poseen una sencillez sobrehumana, pero como en ellas no tratan del mundo, no pueden considerarse escritores. No les reconocemos como tales pues no nos hallamos en ellos.

Quien no ha frecuentado nunca a los poetas ignora lo que es la irresponsabilidad y el desorden del espíritu. Cuando se les trata, se experimenta el sentimiento de que todo está permitido. No teniendo que dar cuenta de nada a nadie (salvo a sí mismos), no van –ni desean ir- a ninguna parte. Comprenderlos es una gran maldición, pues nos enseñan a no tener ya nada que perder.

Emil Cioran, De lágrimas y de santos

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Philippe Muray en español

Dada la ausencia casi absoluta de traducciones de Muray al español y el interés que ha despertado la que hemos ofrecido previamente en este blog (https://refinerialiteraria.wordpress.com/2011/12/19/muray-el-inedito-3/), he aquí otro de sus Exorcismos espirituales, tan inédito en nuestra lengua como el anterior. Fue escrito en 1992 y el autor agregó una nota en 1997; el lector puede hacer hoy en día el correspondiente y debido aggiornamiento.

Philippe Muray ataca de nuevo

El deseo de penalización

De este legislar galopante, de esta peste justiciera que a toda marcha pone sitio a la época, ¿cómo es que nadie se espanta? ¿Cómo es que a nadie inquieta este deseo de ley que crece sin cesar? ¡Ah, la Ley! ¡La marcha implacable de nuestras sociedades al paso de la Ley! Ningún viviente de este fin de siglo está excusado por ignorarla. Nada de lo que es legislativo debe sernos ajeno. “¡Hay un vacío jurídico!” Éste no es sólo un grito en el desierto. De la papilla de todos los debates no emerge sino una voz, un clamor: “¡Hay que llenar el vacío jurídico!” Sesenta millones de hipnotizados caen todas las noches en éxtasis. La naturaleza humana contemporánea tiene horror al vacío jurídico, es decir a las zonas de vaguedad donde se arriesgaría a infiltrarse todavía un poco de vida, es decir de inorganización. ¡Una vuelta más de tuerca cada día! ¡Proyectos! ¡Comisiones! ¡Estudios! ¡Propuestas! ¡Decisiones! ¡Elaboración de decretos en los gabinetes! ¡Hay que llenar el vacío jurídico! Todo aquello con que Francia cuenta en asociaciones de familias aplaude con sus pinzas de cangrejo. ¡Llenemos! ¡Llenemos! ¡Llenemos aún! ¡Tomemos medidas! ¡Legislemos!

¡Santas Leyes, rezad por nosotros! ¡Enseñadnos el saludable terror al vacío jurídico y el deseo perpetuo de llenarlo! ¡Sujetadnos, amarradnos al borde del precipicio de lo desconocido! El menor espacio que no controléis en nombre de la neo-libertad judicialmente garantizada se convierte para nosotros en un agujero negro invivible. ¡Nuestro mundo está a merced de una laguna en el Código! Nuestros más acallados pensamientos, nuestros menores gestos están en peligro de no haber sido previstos en alguna parte, en algún aparte, protegidos por un apéndice, observados por una jurisprudencia. “¡Hay que llenar el vacío jurídico!” Éste es el nuevo grito de guerra del viejo mundo rejuvenecido por la transmisión integral de sus elementos a través del cubo de basura mediática definitivo.

Han hecho falta esfuerzos y tiempo, han hecho falta tenacidad, habilidad, buenos sentimientos y causas filantrópicas para incrustar bien hondo, en todos los espíritus, el clavo del despotismo legalitario. Pero ahora ya está, se ha hecho, todo el mundo lo quiere espontáneamente. La actualidad cotidiana ha devenido, en buena parte, la novela verídica de las conquistas de la Ley y los entusiasmos que suscita. Nuevos capítulos de la historia de la Servidumbre voluntaria se acumulan. La orgía procesalista no reconoce ya ningún límite. Si no evoco aquí los casos de magistrados vengadores, los escándalos por facturas falsas, la sombra “sublevada” de los jueces enloquecidos, es porque todo el mundo habla de ello en todas partes. Prefiero ir a buscar mis anécdotas en rincones menos visitados. No hay ilustraciones pequeñas. En Suecia, muy recientemente, un tipo llegó al máximo de la indignación con una película de Bergman que pasaban en la tele: ¡había visto a un padre dando un bofetón a su hijo! ¿En una película? Sí, sí. Una película. En la tele. No de veras. Lo que no impide que este gesto sea inmoral. Profundamente chocante, para empezar, y luego sobre todo en infracción con respecto a las leyes de su país. Con lo que va, sin más, a presentar una denuncia. A hacer perseguir por la justicia. ¿Quién no aprobaría a este hombre sensible? El cine, por otra parte, regurgita actos de violencia, crímenes, violaciones, robos, tráficos y brutalidades de los que es urgente purgarlo. Se atacará a continuación a la literatura.

¡Dura lex, sed tex! Hay veladas en que la tele, para quien la mira con la debida repugnancia, parece una suerte de foro de leyes. Es la marcha de los reglamentos. Un lex-shop a cielo abierto. Cada uno se descuelga con su borrador de decreto. Hacer un debate sobre lo que sea es descubrir un vacío jurídico. La conclusión es hallada de antemano. “¡Hay un vacío jurídico!” Podéis cerrar vuestro correo. El sueño consiste claramente en acabar por prohibir poco a poco, y suavemente, todo aquello que no esté aún absolutamente muerto. “¡Hay que llenar el vacío jurídico!” Ahora, la obsesión penalista ataca de nuevo frontalmente al placer. ¡Ah, esto da comezón a todo el mundo, recriminalizar la sexualidad! En América, se empieza a enviar a clínicas especializadas a aquellos a quienes se ha tenido éxito en hacer creer que eran adictos, enfermos, fanáticos enganchados al sexo. Aquí, en Francia, tenemos ahora una ley que permitirá castigar la seducción bajo sus nuevos hábitos de “acoso”. ¡Un vacío lleno más! De paso, depuramos el Minitel. Y después como broche de oro el Bois de Boulogne. Todo lo que se muestra hay que rodearlo, esposarlo con impuestos y decretos. En Bruselas, siniestros desconocidos preparan la Europa de los reglamentos. Todas las represiones son recomendables, desde la prohibición de fumar en lugares públicos hasta el pedido de restablecimiento de la pena de muerte, pasando por la supresión de ciertos placeres calificados de prehistóricos como la corrida, los quesos de leche cruda o la caza de palomas torcazas. Será llamada prehistórica no importa qué ocupación que no retenga o no envíe al viviente, de una manera u otra, frente a su pantalla de televisión: el Espectáculo ha organizado una cantidad suficiente, y bastante costosa, de distracciones como para que éstas, de ahora en más, puedan ser declaradas obligatorias sin que el decreto resulte escandaloso. Todo otro género de diversión es un irredentismo a borrar, una pérdida de tiempo y de Audimat*.

Todas las delaciones devienen heroicas. En los Estados Unidos, país de abogados delirantes, los homosexuales de punta inventaron el outing, forma original de chivatazo que consiste en pegar carteles con fotos de tipos conocidos por su homosexualidad “vergonzante” bajo el epígrafe “absolute queer” (completamente marica). Se los hace salir de su secreto porque ese secreto causa perjuicio, dicen, al conjunto del grupo. Se los confiesa a pesar suyo. A más vida privada, pues más hipocresía.

¡Transparencia! La palabra más desagradable que circula en nuestros días. Pero he aquí que este movimiento de outing comienza a ganar amplitud. ¡Los calvos a su turno se ponen también ellos a pegar afiches con fotos de celebridades a las que acusan de llevar pelucas (perdón, “complementos capilares”)! ¡Se desenmascarará a los empelucados que no se confiesen! ¿Y por qué no, a continuación, a quienes llevan dientes postizos, a las buenas mujeres con lifting, a los cardíacos con marcapasos? El enemigo hereditario está en todas partes desde que no se lo puede situar en ninguna, masivamente, ni al este ni al oeste.

“La mayor desgracia de los hombres es tener leyes y un gobierno”, escribió Chautebriand. Yo no creo que se pueda todavía hablar de desgracia. Los juegos de circo justiciero son nuestro erotismo sustituto. La nueva policía patrulla aclamada, legitimando sus ingerencias bajo la cobertura de palabras como “solidaridad”, “justicia”, “redistribución”. Todas las propagandas virtuosas coinciden en recrear un tipo de ciudadano bien devoto, bien embrutecido por el orden establecido, bien alelado de admiración por la sociedad tal como ésta se impone, bien decidido a jamás perseguir otros goces que aquellos que se le indiquen. Helo ahí, el héroe positivo del totalitarismo de hoy en día, el maniquí ideal de la nueva tiranía, el monstruo de Frankenstein de los sabios locos de la Benefactura, el buenhombre prefabricado que no folla sino con su preservativo, que respeta a todas las minorías, que reprueba el trabajo en negro, la doble vida, la evasión fiscal, las disyunciones saludables, que encuentra la pornografía menos excitante que la ternura, que no puede juzgar un libro o un film más que por lo que no es por definición, o sea un manifiesto, que considera a Céline un canalla pero que no tolerará que se cuestione, por poco que sea, a Sartre y a Beauvoir, los célebres Thenardier** de las Letras, que se espanta en fin como un vampiro ante un crucifijo cuando percibe un anillo de humo de cigarrillo en el horizonte.

Es la era del vacío, pero jurídico, la bacanal de los agujeros sin fondo. A toda velocidad, este pseudo-mundo que se pierde se halla en vías de recrear de cualquier modo un principio de militantismo generalizado que sirva para todas las situaciones. No hay una nueva inquisición, es un movimiento mucho más sutil, una creciente que brota por todas partes, y sería inútil seguir relamiéndose con el recuerdo de los antiguos procesos de que fueron víctimas Flaubert o Baudelaire: su persecución revelaba al menos una no solidaridad esencial entre el Código y el escritor, un abismo entre la moral pública y la literatura. Es este abismo el que se llena cada día y nadie tiene derecho a no ser voluntario en los grandes trabajos de nivelación de tierras. ¿Quién narrará está comedia? ¿Qué Racine osará, mañana, componer los Neo-Litigantes? ¿Qué escritor escapará del zoológico legalitario para describir sus infamias?

Nota agregada en abril de 1997

De más está decir que el fenómeno aquí estudiado ha conocido en todos los dominios, desde 1992, una extensión prodigiosa que no parece que vaya pronto a interrumpirse. De más está decir también que los ejemplos que había elegido, en aquél entonces, valían por muchos otros que era preferible (que es todavía, que es más que nunca preferible) callar. Sólo cuenta, en definitiva, y como siempre, el hecho de haber visto la cuestión mientras no estaba más que en los pródromos de su siniestro desarrollo.

1992 – en Exorcismos espirituales I, Les Belles Lettres, 1997

* Audimat era en su origen el nombre del primer sistema utilizado en Francia para medir el nivel de audiencia de televisión. Luego fue remplazado por el Mediamat, pero el término audimat sigue designando los resultados del nivel de audiencia para los diferentes canales.

** Thenardier: Monsieur y Madame Thenardier, personajes de Los miserables de Victor Hugo. Se caracterizan por su egoísmo, su afán de lucro a toda costa y su falta de solidaridad absoluta hacia la clase trabajadora de la que provienen.

¿Todavía no has leído a Philippe Muray?

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Literatura comprometedora

El amable disidente

Tal vez por eso mismo el arte te hace suyo,

porque sólo precisa, mas no miente,

por cuanto su ley primera es, sin duda,

la vida propia del detalle.

Joseph Brodsky, El candelabro

Hace ya más o menos medio siglo que la idea del compromiso, del engagement y de la literatura comprometida sobre la que debatieran Sartre y Camus quedó demodé aunque no olvidada, ya que sus contestaciones y los ecos de éstas se hacen oír todavía hasta nuestros días. Como este compromiso era de izquierda en principio prosoviética, no deja de tener su gracia que uno de los ecos más persistentes de aquellas contestaciones sea el infatigable uso, por parte de la crítica literaria estadounidense, del adjetivo uncompromising a modo de elogio, sólo comparable en intensidad y altura a groundbreaking o compassionate.

Pero dejémonos de bromas y retomemos la seriedad de la cuestión inicial. ¿En qué otras cosas puede consistir, aparte del de un escritor con una ideología, el compromiso que propone la literatura, si es que puede proponer alguno? ¿No es la literatura, como quería Lautréamont que fuera la poesía, hecha por todos? ¿No es algo acaso en lo que se puede participar en muchos roles, no sólo como escritor sino también como lector, crítico, editor, etcétera, y hasta sin quererlo cuando, sin el menor interés en la ficción o en el lenguaje, se inspira con la propia conducta o el propio discurso un personaje, un parlamento, una frase? Desde este punto de vista, incluso quienes la ignoran hacen literatura.

La esclava del amor (Mijalkov, 1976)

Pero el reino de la literatura, como el de Jesús, no es de este mundo. Y no lo es de la misma manera: no son sus valores los que rigen este mundo, por más que de este mundo diga la verdad. Y sin embargo, más que denunciar, como podría esperarse por su tradición de la literatura comprometida, lo que hace el artista es justicia por mano propia. Es decir, con sus propias manos en aquello que hace con ellas: una obra cuya recta ejecución le dará un poder de representación casi ilimitado, pero no  el de corregir el mundo según las reglas de composición de que se ha valido. En una vieja película de Nikita Mijalkov se veía bien: una actriz apuntaba certeramente un revólver a la cara de un militar y durante el instante que pasaba hasta que él advertía que se trataba de un arma de utilería su expresión de temor lo reconocía como culpable de lo sucedido y responsable de aquello de lo que el revólver inofensivo lo acusaba. Pero entonces enseguida él dominaba la situación y ella no podía más que enfundar su pistola justiciera incapaz de venganza. La verdad nada podía en el mundo, el acusado culpable sí  y la literatura es esa actriz cuyo gesto ejemplar es tan eficaz como impotente. Luego, ¿cuál es la dimensión social de esta voz privada de voto?

Philippe Sollers dice en alguna parte que un escritor es alguien que ha visto algo que no debería. Eso que ha visto, agregamos, es una evidencia; y esa evidencia, evidentemente, es negada por el mundo que la ha producido. Si Artaud, loco, tenía razón, si “la sociedad se basa en un crimen cometido en común”, este rechazo no es difícil de entender. Pero la consecuencia, para el forzado testigo del que hablamos, no se hace esperar: si su esfuerzo por expresar aquello que ha visto es, como procede en el caso de alguien en quien el azar ha depositado algo que no corresponde a la posición en que el orden previsor lo ha colocado, el esfuerzo por reintroducir en el mundo aquello que éste ha eyectado dentro suyo, es decir, en otras palabras, un esfuerzo por devolver a César lo que es de César para dar a Dios lo que es de Dios, él mismo deviene algo así como el “retorno de lo reprimido” de que hablaba Freud, tan liberador como opresivo en la medida en que el lector, vale decir, el testigo del testigo, desde el momento en que se constituye en tal asume una deuda que no salda el precio impreso en la cubierta del libro.

Pescador de hombres

Y no hace falta que se trate de un gran escritor para que todo esto ocurra. En el fondo, si la literatura significa algo, ni siquiera hace falta la figura del escritor para poner el proceso en marcha. Podemos recurrir de nuevo al cine para verlo, hay una pequeña escena en Rey de reyes que lo muestra: Pedro, todavía Simón, pescador con las redes vacías, vuelve a echarlas al mar como le dice Jesús y las saca rebosantes. Lleno de alegría y deseoso de compartirla, así como la pesca desorbitada, vuelve hacia Jesús unos ojos luminosos. Éste asiente, le sostiene la mirada, pero lo hace durante un tiempo que excede la medida de esa alegría súbita y de su causa. Entonces Pedro escucha el llamado, sabe que no podrá desoírlo y replica, ante el silencio, “Señor, ¿por qué a mí?”

Paradójicamente, aunque Jesús  no abre la boca, lo que se ve aquí es que de lo que se trata es de la relación con la palabra. Una relación que es interna y que cumple su propia fatalidad, la del pensamiento, que no es la de “este mundo”. Pues queda allí siempre pendiente la obligación de una lógica, de seguirla, de dar uno tras otro los pasos que aguarda y que impone, sobre todo y sin ceder nunca, dar sentido al azar tanto cuando favorece como cuando no. Ya el mundo puede violar esta lógica a cada paso; no por eso se dará por satisfecha ni dejará de hacer oír su insatisfacción. Y así es como vuelve lo reprimido, que todo el mundo reconoce como tal y cuyas formas son tan diversas como los modos de enfrentarlas: negación, censura, conformismo, incomprensión, indiferencia o adulteración son otras tantas maneras de asimilación represora. Todo sea por preservar la presunción de inocencia. Por eso los jóvenes no leen, las masas lo evitan y la gente se resiste al psicoanálisis todo lo que puede, pasando todos de mano en mano esta pelota que quema. Pero por mucho que la circulación llegue a acelerarse, no alcanza a escapar del vacío que las preguntas incontestadas de la lógica le dejan delante en cada giro.

Un brillo irrepetible

Son los detalles los que fracturan cada vez la ambición autosuficiente de los discursos globalizadores. Hay algo irreductible en su particularidad que no sólo hace de ellos objetos resistentes, como buenas piezas artísticas, sino también pruebas incontrastables de la verdad de una condición que, siendo general, procura asimilarlos a la generalidad y logra eventualmente ocultarlos, perderlos, demorarlos, pero no cambiarlos. Allí están para volver a mostrar y decir siempre lo mismo, o mejor dicho para ser siempre el mismo signo de un exterior al orden general, de algo que no cae bajo su dominio.

La literatura comprometida remite siempre a una idea previa o valor consensuado al menos dentro de alguna de las facciones en litigio en el seno de cualquier sociedad. Se ha insistido ya bastante sobre la caída de las grandes ideologías y de los discursos hegemónicos en los últimos años del último siglo, pero no deja ser la razón más evidente para la imposibilidad de una literatura comprometida en la actualidad. Se podrían poner ejemplos como el de Roberto Saviano para contrariar esta visión, pero difícilmente sabríamos de qué camino podría hoy un intelectual ser compañero. Lo característico de nuestro tiempo no es la lucha por causas sino por efectos, por el poder de facto, podríamos decir. ¿Qué literatura podría asociarse a estos movimientos, como no fuera la hoy envejecida por la crisis económica y ayer vociferada por los líderes del management y el marketing en infinidad de campañas publicitarias y reuniones motivacionales por todo el planeta, que podríamos reunir en un solo volumen gigantesco bajo el título Simplemente hazlo y definir fácilmente en última instancia como un discurso mediocre sobre la excelencia? La literatura puede tener un sentido imperativo; lo que no puede es tener tan sólo una dimensión positiva o quizás, mejor dicho, provechosa. Todo cuerpo fatalmente echa sombra y lo que crece se acerca a su muerte.

El lector comprometido

La literatura que aquí llamamos comprometedora no está en cambio reñida con el compromiso político, que idealmente, por el contrario, bien puede ser la consecuencia de una lectura liberadora. Y el concepto, en el fondo, quizás tenga mayor relación con el modo de leer que con el de escribir. A lo que alude es al efecto, para el lector, de haber sido puesto ante una evidencia que no podrá negar por un escritor que así le ha hecho compartir su propia experiencia traumática o iluminadora: haber visto lo que no debería. Esa evidencia, esa visión, interroga al lector imperativamente, como la mirada de Jesús a Pedro sobre el sentido de aquella profusión de peces; y el lector, si quiere seguir considerándose tal, también podrá responder lo que quiera, pero habrá de dar una respuesta y obrar en consecuencia. Pues es su libertad de conciencia la que le impone dar un sentido a lo que ha visto y renunciar a hacerlo es perderla. Está claro, cuando hablamos de este modo, que estamos en el terreno de la utopía y no en el del mercado de los productos culturales, pero es justamente a la cuestión del destino de la libertad de expresión en tiempos de abjuración de la censura que procuramos responder.

Philippe Muray ha escrito conmovedoramente: La obra de Céline pertenece a la literatura, es decir, a la historia de la libertad. Hegel define la libertad como la realidad que la conciencia se da a sí misma. Si la literatura es comprometedora es precisamente por el poder que tiene de ensanchar y ahondar esa realidad para cada conciencia. Pero la libertad tiene un precio ineludible que ningún bienpensante, ningún hipócrita querrá pagar: la pérdida de la inocencia, que es también, por otra parte, la prueba de su verdad. Pues nadie que diga de sí que es inocente puede serlo y la inocencia sólo es bella una vez. Entre la inocencia y la experiencia, justamente, media la literatura.

Libertad de conciencia

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La memoria reaccionaria

La chinoise del siglo XXI

Hace algunos años se publicó y se estrenó Balzac y la joven costurera china, novela y película del escritor y cineasta chino Dai Sijie. Tuvo mucho éxito tanto en soporte papel como en formato audiovisual. Entonces escribí el comentario que sigue. Todavía me parece actual, ya que el modelo de relato que critica sigue vigente.

Un ejemplo de contrarrevolución cultural

Hay vidas que parecen películas. Balzac y la joven costurera china llega precedida por la exitosa novela del mismo nombre y autor, quien ha dicho, como para imprimirlo en la solapa y el afiche, “Lo que cuento en la película es un trozo de vida. Un trozo de mi vida.” Tal declaración, humilde en apariencia, implica sin embargo el acto de arrogancia que niega. Dai Sijie, escritor y director, ha insistido en que no pretende transmitir visión alguna de la Revolución Cultural, sino tan sólo contar una historia de amor y amistad entre tres adolescentes, en la que el maoísmo es el “telón de fondo que le da autenticidad y credibilidad”; a la vez, ha reconocido que “algunas situaciones del libro y de la película son noveladas”. Que lo común del procedimiento no nos oculte el problema, al que se enfrenta el historiador pero que el novelista suele eludir: la división que se opera en la conciencia en el doble esfuerzo de recordar e imaginar. La mala conciencia aprovecha para navegar a dos aguas: la ficción le permite enlazar los recuerdos en un argumento a su gusto y la autobiografía ofrecerse a sí mismo como garantía de un pasado en su poder. Así el slogan de García Márquez, la afirmación de que la verdadera vida no es la que uno vivió sino la que recuerda y vive para contar, pase tal vez por verdad; pero, si no aceptamos esta explotación de la historia por la novela, si dotamos de profundidad al “telón de fondo” y no admitimos su explotación en provecho de las figuras destacadas, en este caso el autor, lo que agrava su pecado, tal vez podamos empezar a ver cómo la verdad puede ser revelada por el tiempo o tergiversada por su manipulación.

Un trozo de vida

La perspectiva autobiográfica divide el tiempo inevitablemente. De esta fisura nace el relato y en ella toma forma, señalando siempre, al menos, dos confrontaciones: entre el ayer y el hoy, entre la experiencia propia y la ajena. Balzac y la joven costurera china divide el tiempo según varios ejes, el primero de los cuales es el que liga el presente de la voz que evoca con el pasado de la Revolución Cultural, estableciendo que se trata de una mirada y un discurso subjetivos, lo cual servirá al autor para esconder su propia autoridad actual, de director, detrás de un personaje, él mismo, víctima de la autoridad de entonces. El fuerte así se disfraza de débil para agradar a su público, en el encuentro con el cual recupera un pasado cuya continuidad amenazaba con excluirlo. Y no siendo él mismo el artífice de la ruptura de tal continuidad, debiéndose esta ruptura a factores lo bastante complejos como para poder confundirlos con el supuesto curso natural de las cosas, le es fácil identificar tal ruptura con un regreso, después del desvío que supondría el maoísmo, al orden natural del mundo, respecto al cual sus prejuicios quedan velados por la naturalidad que supone la falta de dogma. De esta manera, dos tiempos de naturaleza diferente cuando no opuesta se establecen: el de la Revolución, localizado en un pasado definido, y el de la Vida, rodeándolo, situado antes y después, ahora y siempre, irreprimiblemente manifiesto aun en plena revolución.

Desde un principio, desde la llegada de los jóvenes burgueses urbanos al pueblo en el que serán reeducados, el pasado prohibido se infiltra para demostrar su irresistible vitalidad, basado en la identificación entre una naturaleza, representada por las montañas, eternamente superior a la política, y una cultura, en posesión de la burguesía antes y después de Mao, que responde inefablemente a la naturaleza humana. Cuando, bajo un nombre “políticamente correcto” en ese tiempo y lugar, la música de Mozart sea oída por el pueblo comunista, evocará enseguida, sobre el fondo imponente de cielo y montañas, el deseo de algo lejano a lo que vagamente suele llamarse amor o libertad o plenitud, uniéndolo a esa música “inmortal” venida de occidente y de un pasado al que la prohibición, al señalarlo, mitifica. Cuando la joven costurera china, a través de sus nuevos amigos, descubra a Balzac y, a través de los libros de éste, todo un imaginario prohibido que coincide con su deseo, cuando quede embarazada por el burgués impenitente que le descubrió a Balzac, en un movimiento que parece alinear las prohibiciones del partido contra leyes milenarias como, por ejemplo, la de la atracción entre los sexos, otra vez la naturaleza se habrá impuesto a la política, que puede reprimirla o frustrarla pero no cambiarla. Ahora bien, lo que importa es la identificación, estrecha y como casual, que la película propone entre naturaleza humana y cultura burguesa, ya que es éste el modelo concreto que se opone aquí al maoísmo.

La guardia roja

Consideremos otros ejes temporales: el del progreso, por ejemplo, es decir el de una línea ascendente del pasado hacia el futuro. Los depositarios de este desarrollo, en esta película, son inequívocamente los dos hermanos, cuya reeducación es presentada sólo como un obstáculo a vencer, y cuanto de bueno puedan aprender allí lo deben sólo a sí mismos, a su oportuna capacidad de respuesta frente a las “pruebas” que surgen a su paso. La revolución, para estos jóvenes futuros profesionales, no es más que un regreso al pasado campesino primitivo, un medio analfabeto ajeno a ellos, y su superioridad no deja de manifestarse en cada escena. Si el campesino pasa de un tiempo regido por el sol a un nuevo tiempo regido por el reloj despertador que lo llama al trabajo, es el joven urbano el que provee el reloj a prueba de todo, incluso del tiempo y de la inundación; si el viejo sastre le ofrece el traspaso de su negocio, en el joven se reaviva la inextinguible esperanza en que “algún día saldrá de allí”. La película deviene, a su manera, un modelo de resistencia en tiempos de revolución; también un canto al irreductible poder de la cultura universal, o una saga del libre emprendimiento: la especialización, como un yuyo en el jardín del proletariado, eleva inevitablemente a Luo sobre el común, permitiéndole ejercer como dentista desde el momento en que el jefe del pueblo lo necesita urgentemente, siendo suya la muela que duele, en esa función. El campo no priva a los hermanos de oportunidades para demostrar sus aptitudes, ya en la música, la narración o la odontología; suyos son el ingenio y la astucia proverbiales de los protagonistas, en esto que al fin y al cabo es la reinvención del pasado histórico a través de la novela individual, con todos los rasgos de la novela decimonónica que con tanta facilidad pasan al cine más corriente para seguir representando a una clase.

Imagen de un mundo ido

Melodrama moderado, la película de Dai Sijie basa su credibilidad en la experiencia vivida pero apoya su construcción en estructuras ficcionales reconocibles. Se diría que el autor miente de corazón: él mismo vivió algunos de los hechos representados, pero el conjunto sabe más a cumplimiento de las normas dramáticas típicas de cierto cine que a transmisión de una verdad sufrida o gozada. Las caracterizaciones, basadas seguramente en lo recordado, resultan falsas a pesar de los actores: a los hermanos ya me he referido; los campesinos son presentados, con un paternalismo bastante occidental, como un simpático pueblo engañado; el único rojo cabal, el jefe del pueblo, es bruto, vulgar y machista; a él se opone el feminismo de la mujer culta enviada allí para su reeducación; y la pequeña costurera es la Ninotchka china, ávida de romance y ensoñación no revolucionaria. ¿Es verosímil esta campesina tan moderna, a pesar suyo, en los tiempos no globalizados en los que se supone que transcurre la película? No, es una chica de ahora queriendo liberarse de un pasado que no padeció, como se siguen leyendo hoy novelas ambientadas en siglos pasados, de bellos atavíos y cautiverio femenino. Tampoco resulta verosímil la pandilla de gamberros, de conducta tan cinematográfica, y hasta las expresiones de los actores cuando fornican parecen copiadas de películas. ¡Qué penetración tenía Hollywood en aquellas aisladas montañas! Se diría que Dai Sijie recuerda una vida de película, o de novela, lo cual podría ser el primer paso hacia una vida de best-seller, o de éxito de taquilla.

Dai Sijie

No digo que el autor no haya sufrido lo que cuenta. Se trata de una experiencia que sin duda deja cicatrices. Pero, para él, la descalificación del maoísmo no es problemática, ya que la da por sentada. Lo cual es fácil desde una óptica que parece suponer que todo eso pertenece al pasado, aunque le duelan las heridas recibidas. Sólo que, al rechazar el maoísmo sin superarlo, precisamente por la ausencia de una visión consciente de la Revolución Cultural, lo que afirma la película son los valores inconscientes de una clase determinada que, desmantelado el aparato crítico anteriormente dirigido contra ella, puede restaurarse en el vacío, a lo que debe quizás esta obra anticuada de una cultura anticuada su gran éxito actual. Dai Sijie restaura su mirada de manera similar: al volver con su cámara al sitio del tiempo perdido procura, conciliador pero obstinado, rescatar de algún modo para el tiempo de la Vida, que continúa, su propia vida durante la Revolución, ya ida. Pero esta mirada, insuficiente, parcial y sobre todo inmóvil por falta de pensamiento, no logra restituir del pasado más que una postal cuya vida aparente no proviene de la experiencia sino de los retoques con que el colorista realza la imagen. El tiempo no es recobrado, ni el del chino ni el de la China, y se impone sobre la historia su afectada novelización.

Irresistible juventud

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