Literatura comprometedora

El amable disidente

Tal vez por eso mismo el arte te hace suyo,

porque sólo precisa, mas no miente,

por cuanto su ley primera es, sin duda,

la vida propia del detalle.

Joseph Brodsky, El candelabro

Hace ya más o menos medio siglo que la idea del compromiso, del engagement y de la literatura comprometida sobre la que debatieran Sartre y Camus quedó demodé aunque no olvidada, ya que sus contestaciones y los ecos de éstas se hacen oír todavía hasta nuestros días. Como este compromiso era de izquierda en principio prosoviética, no deja de tener su gracia que uno de los ecos más persistentes de aquellas contestaciones sea el infatigable uso, por parte de la crítica literaria estadounidense, del adjetivo uncompromising a modo de elogio, sólo comparable en intensidad y altura a groundbreaking o compassionate.

Pero dejémonos de bromas y retomemos la seriedad de la cuestión inicial. ¿En qué otras cosas puede consistir, aparte del de un escritor con una ideología, el compromiso que propone la literatura, si es que puede proponer alguno? ¿No es la literatura, como quería Lautréamont que fuera la poesía, hecha por todos? ¿No es algo acaso en lo que se puede participar en muchos roles, no sólo como escritor sino también como lector, crítico, editor, etcétera, y hasta sin quererlo cuando, sin el menor interés en la ficción o en el lenguaje, se inspira con la propia conducta o el propio discurso un personaje, un parlamento, una frase? Desde este punto de vista, incluso quienes la ignoran hacen literatura.

La esclava del amor (Mijalkov, 1976)

Pero el reino de la literatura, como el de Jesús, no es de este mundo. Y no lo es de la misma manera: no son sus valores los que rigen este mundo, por más que de este mundo diga la verdad. Y sin embargo, más que denunciar, como podría esperarse por su tradición de la literatura comprometida, lo que hace el artista es justicia por mano propia. Es decir, con sus propias manos en aquello que hace con ellas: una obra cuya recta ejecución le dará un poder de representación casi ilimitado, pero no  el de corregir el mundo según las reglas de composición de que se ha valido. En una vieja película de Nikita Mijalkov se veía bien: una actriz apuntaba certeramente un revólver a la cara de un militar y durante el instante que pasaba hasta que él advertía que se trataba de un arma de utilería su expresión de temor lo reconocía como culpable de lo sucedido y responsable de aquello de lo que el revólver inofensivo lo acusaba. Pero entonces enseguida él dominaba la situación y ella no podía más que enfundar su pistola justiciera incapaz de venganza. La verdad nada podía en el mundo, el acusado culpable sí  y la literatura es esa actriz cuyo gesto ejemplar es tan eficaz como impotente. Luego, ¿cuál es la dimensión social de esta voz privada de voto?

Philippe Sollers dice en alguna parte que un escritor es alguien que ha visto algo que no debería. Eso que ha visto, agregamos, es una evidencia; y esa evidencia, evidentemente, es negada por el mundo que la ha producido. Si Artaud, loco, tenía razón, si “la sociedad se basa en un crimen cometido en común”, este rechazo no es difícil de entender. Pero la consecuencia, para el forzado testigo del que hablamos, no se hace esperar: si su esfuerzo por expresar aquello que ha visto es, como procede en el caso de alguien en quien el azar ha depositado algo que no corresponde a la posición en que el orden previsor lo ha colocado, el esfuerzo por reintroducir en el mundo aquello que éste ha eyectado dentro suyo, es decir, en otras palabras, un esfuerzo por devolver a César lo que es de César para dar a Dios lo que es de Dios, él mismo deviene algo así como el “retorno de lo reprimido” de que hablaba Freud, tan liberador como opresivo en la medida en que el lector, vale decir, el testigo del testigo, desde el momento en que se constituye en tal asume una deuda que no salda el precio impreso en la cubierta del libro.

Pescador de hombres

Y no hace falta que se trate de un gran escritor para que todo esto ocurra. En el fondo, si la literatura significa algo, ni siquiera hace falta la figura del escritor para poner el proceso en marcha. Podemos recurrir de nuevo al cine para verlo, hay una pequeña escena en Rey de reyes que lo muestra: Pedro, todavía Simón, pescador con las redes vacías, vuelve a echarlas al mar como le dice Jesús y las saca rebosantes. Lleno de alegría y deseoso de compartirla, así como la pesca desorbitada, vuelve hacia Jesús unos ojos luminosos. Éste asiente, le sostiene la mirada, pero lo hace durante un tiempo que excede la medida de esa alegría súbita y de su causa. Entonces Pedro escucha el llamado, sabe que no podrá desoírlo y replica, ante el silencio, “Señor, ¿por qué a mí?”

Paradójicamente, aunque Jesús  no abre la boca, lo que se ve aquí es que de lo que se trata es de la relación con la palabra. Una relación que es interna y que cumple su propia fatalidad, la del pensamiento, que no es la de “este mundo”. Pues queda allí siempre pendiente la obligación de una lógica, de seguirla, de dar uno tras otro los pasos que aguarda y que impone, sobre todo y sin ceder nunca, dar sentido al azar tanto cuando favorece como cuando no. Ya el mundo puede violar esta lógica a cada paso; no por eso se dará por satisfecha ni dejará de hacer oír su insatisfacción. Y así es como vuelve lo reprimido, que todo el mundo reconoce como tal y cuyas formas son tan diversas como los modos de enfrentarlas: negación, censura, conformismo, incomprensión, indiferencia o adulteración son otras tantas maneras de asimilación represora. Todo sea por preservar la presunción de inocencia. Por eso los jóvenes no leen, las masas lo evitan y la gente se resiste al psicoanálisis todo lo que puede, pasando todos de mano en mano esta pelota que quema. Pero por mucho que la circulación llegue a acelerarse, no alcanza a escapar del vacío que las preguntas incontestadas de la lógica le dejan delante en cada giro.

Un brillo irrepetible

Son los detalles los que fracturan cada vez la ambición autosuficiente de los discursos globalizadores. Hay algo irreductible en su particularidad que no sólo hace de ellos objetos resistentes, como buenas piezas artísticas, sino también pruebas incontrastables de la verdad de una condición que, siendo general, procura asimilarlos a la generalidad y logra eventualmente ocultarlos, perderlos, demorarlos, pero no cambiarlos. Allí están para volver a mostrar y decir siempre lo mismo, o mejor dicho para ser siempre el mismo signo de un exterior al orden general, de algo que no cae bajo su dominio.

La literatura comprometida remite siempre a una idea previa o valor consensuado al menos dentro de alguna de las facciones en litigio en el seno de cualquier sociedad. Se ha insistido ya bastante sobre la caída de las grandes ideologías y de los discursos hegemónicos en los últimos años del último siglo, pero no deja ser la razón más evidente para la imposibilidad de una literatura comprometida en la actualidad. Se podrían poner ejemplos como el de Roberto Saviano para contrariar esta visión, pero difícilmente sabríamos de qué camino podría hoy un intelectual ser compañero. Lo característico de nuestro tiempo no es la lucha por causas sino por efectos, por el poder de facto, podríamos decir. ¿Qué literatura podría asociarse a estos movimientos, como no fuera la hoy envejecida por la crisis económica y ayer vociferada por los líderes del management y el marketing en infinidad de campañas publicitarias y reuniones motivacionales por todo el planeta, que podríamos reunir en un solo volumen gigantesco bajo el título Simplemente hazlo y definir fácilmente en última instancia como un discurso mediocre sobre la excelencia? La literatura puede tener un sentido imperativo; lo que no puede es tener tan sólo una dimensión positiva o quizás, mejor dicho, provechosa. Todo cuerpo fatalmente echa sombra y lo que crece se acerca a su muerte.

El lector comprometido

La literatura que aquí llamamos comprometedora no está en cambio reñida con el compromiso político, que idealmente, por el contrario, bien puede ser la consecuencia de una lectura liberadora. Y el concepto, en el fondo, quizás tenga mayor relación con el modo de leer que con el de escribir. A lo que alude es al efecto, para el lector, de haber sido puesto ante una evidencia que no podrá negar por un escritor que así le ha hecho compartir su propia experiencia traumática o iluminadora: haber visto lo que no debería. Esa evidencia, esa visión, interroga al lector imperativamente, como la mirada de Jesús a Pedro sobre el sentido de aquella profusión de peces; y el lector, si quiere seguir considerándose tal, también podrá responder lo que quiera, pero habrá de dar una respuesta y obrar en consecuencia. Pues es su libertad de conciencia la que le impone dar un sentido a lo que ha visto y renunciar a hacerlo es perderla. Está claro, cuando hablamos de este modo, que estamos en el terreno de la utopía y no en el del mercado de los productos culturales, pero es justamente a la cuestión del destino de la libertad de expresión en tiempos de abjuración de la censura que procuramos responder.

Philippe Muray ha escrito conmovedoramente: La obra de Céline pertenece a la literatura, es decir, a la historia de la libertad. Hegel define la libertad como la realidad que la conciencia se da a sí misma. Si la literatura es comprometedora es precisamente por el poder que tiene de ensanchar y ahondar esa realidad para cada conciencia. Pero la libertad tiene un precio ineludible que ningún bienpensante, ningún hipócrita querrá pagar: la pérdida de la inocencia, que es también, por otra parte, la prueba de su verdad. Pues nadie que diga de sí que es inocente puede serlo y la inocencia sólo es bella una vez. Entre la inocencia y la experiencia, justamente, media la literatura.

Libertad de conciencia

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1 comentario

Archivado bajo teorías

Una respuesta a “Literatura comprometedora

  1. Alfonso

    Muy interesante lo que dices. Vivimos tiempos difíciles y la literatura no escapa a estos vientos interesados y dominados por sectores políticos y económicos. Que nuestros jóvenes no lean sólo es consecuencia de la falta de valores, para mí tan importante como el tema económico, pero sobre el que ninguna persona con posibilidad de cambiar las cosas se para siquiera a comentarlo. Por todo esto, si la literatura es comprometedora, será al mismo tiempo inquietante para aquellos que todo lo quieren dominar y esperan que las cosas de su mundo particular no cambien.

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