Olga Dekleva

A la conquista de occidente

A la conquista de occidente

Olga Dekleva, tenista, dispara y corre hacia la red. Ha dejado su patria atrás; su patria, el viejo estado, que ya no existe. El pasaporte que la acompaña por el mundo no dice la verdad: la nacionalidad que le atribuye corresponde a una abstracción pactada por vía diplomática. Pero esto, en lo que rara vez piensa, apenas lo recuerda; no frecuenta el vacío que su país le ha dejado. Debe afirmarse sobre sus piernas doloridas para atajar la respuesta de su oponente: una volea con la que gana el partido y el derecho a dejar la lucha. De las tribunas baja un clamor que la alivia, como lluvia sobre tierra agotada; cambia de mano la raqueta y tiende el brazo, recto, sobre la red para recibir la felicitación de su rival. Ésta, alemana, se acerca desde el fondo del campo opuesto, súbitamente frágil en su leve carrera de vencida. Su cara, cuyos rasgos Olga distingue por primera vez, tiembla dividida entre una mueca de amargura y la obligada semisonrisa; la boca es la frontera que divide, como el viejo muro, el territorio conquistado. Olga siente la otra mano, húmeda en la suya, y el clamor de las tribunas vuelve a hacerla pensar en agua: el ruido de una zambullida, la imagen de Dora, su hermana, campeona de natación, hundiéndose en el silencio azul de la piscina y dejando a sus espaldas el estampido de su cuerpo contra el agua. El contacto con su rival es mínimo: ni bien toman cada una la mano de la otra, aflojan la tenue presión de los dedos; como automóviles a punto de chocar, enseguida sus miradas se desvían evitando el accidente. Después se pierden de vista; cada una es sumergida entre los brazos y atenciones de su equipo, que las consuela o felicita, las abriga, las protege. Olga piensa otra vez en su hermana: cuando desaparecía en lo hondo del río y ella buscaba con la mirada, incapaz de prever por donde reaparecería la cabeza, en ese entonces todavía sin gorro. ¡Hace tanto que en su cabeza no aparecía esa imagen! Clasificada para la semifinal, Olga deja el court atrás; ya en el hotel, llama a su hermana: ésta, que ha visto el triunfo en televisión, la felicita; pero agrega: “Tuviste suerte”. Olga, que siempre la ha tenido, no sabe qué decir; contesta “gracias”, como si entre la felicitación y su respuesta Dora no hubiera dicho nada. Pero al día siguiente, durante el entrenamiento, el recuerdo de lo dicho abre en su pecho una desazón; y por la noche, en la cama, nerviosa en vísperas del partido, reza. La religión de sus padres, perseguida por el estado y ahora de regreso; su patria, donde el deporte ha sido, para ambas hermanas, la tabla de salvación. A la mañana siguiente, durante el desayuno prescripto, su entrenador procura mantenerla concentrada: dosifica palabras, bocados, silencios, y ella, dócil, se deja flotar y endurecer. Entra en estado: siente sus fuerzas reagruparse, sus sentidos volver en sí como jinetes a sus monturas; siente otra vez, en el sordo murmullo del país ajeno, la corriente del río donde aprendió a nadar, ese río que conserva su nombre, al contrario que las tierras que divide; siente a su hermana progresar en el agua, escucha sus brazadas, presiente su éxito en la competición y se monta en esa corriente; montada en ese envión sale al court, atenta al juego, a su gratuidad, olvidada de aquel suelo cuyo sentido dos veces se ha borrado, primero por la violencia y después por la miseria. Su rival, afroamericana, dispara; ella responde, violenta, y redoblando el impulso salta hacia adelante, se lanza al corazón del azar: entonces, su suerte cesa. Sus ataques, uno a uno y sin falta, son pacientemente contestados por la atleta distante que, desde el fondo del campo contrario, lánguida y alerta, centrada, mide todos sus golpes y demora cada saque hasta haber apuntado bien. Ella no puede jugar así, no tiene dónde replegarse, está para siempre obligada a precipitarse y rematar; pero el riesgo requiere un azar favorable y ese don, hoy, no se le concede. En el silencio del desconcierto, vuelve a oír la voz de Dora. El juego sosegado de su rival la humilla. Se le nubla la vista: como las caras que la rodean siente la suya desdibujarse, sus facciones temblar bajo el ojo del sol, igual que cuando Dora, jugando, la retenía bajo el agua y la miraba ahogarse. Cuando se eleva, junto a la red, para alcanzar la pelota que va a sobrepasarla, todo el estadio contiene el aliento: ningún mortal podría sostenerse en esa altura. Pero si ella hubiera visto el salto, el golpe, la pelota convertida en proyectil y el cuerpo humano en arma, tampoco se habría reconocido. Devuelta al suelo marcado, entre el fallo favorable del juez, el desconcierto de la otra tenista y el aplauso del público arreciando, feroz, salvaje, sola, Olga renace; ya está mucho más cerca de occidente; confundida con el sudor, una ola de frialdad hacia su hermana la recorre.

Grito de victoria

“…ella responde, violenta, se lanza al corazón del azar…”

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1 comentario

Archivado bajo narrativas, personajes

Una respuesta a “Olga Dekleva

  1. andrea

    maravilloso y vívido relato.

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