Archivo mensual: mayo 2013

Por un neomaterialismo

Aretha Franklin

La hija del predicador

¿Puede darse que el agua quiera cambiar el curso del río? ¿Puede el intérprete, sin pasar del aquí y ahora que define su situación al plano abstracto donde las situaciones sólo pueden proyectarse, devenir autor? Podemos escuchar a Aretha Franklin, por ejemplo, y advertir cómo, en el final de Eleanor Rigby, prolonga la sílaba única de la palabra die para concentrar en dos segundos todo el reprimido dramatismo de esa muerte y enseguida, despachándolo cortante, creando así un contraste tan violento como una tachadura, suelta un nobody came que es el juicio más sumario imaginable de todos esos ausentes con los que desde un principio –el principio de los tiempos-no había que contar, y percibir en ese modo un tratamiento tan definitorio de la sustancia en cuestión que autorizaría la consideración de la potencia conceptual del que interviene en segundo grado virtualmente a la misma altura, aunque apoyada en otros puntos, que la del que lo ha hecho en primero y firma la obra. ¿Cómo se alcanza este pie de igualdad? Con los mismos elementos que han servido para establecer la diferencia entre materia y forma, los mismos elementos concretos –en este caso los de la voz: timbre, tono, silabeo, modulación- que, si logran afinarse a tal punto que tocan, materialmente, la misma fuente de la que ha bebido para la ocasión quien ha ideado la pieza, se encuentran en las mismas condiciones y con igual derecho, pues también sus posibilidades son las mismas, a incidir de manera sustantiva, no sólo adjetiva, por muy hondo que calen sus calificativos, en la expresión y en lo expresado. Así es cómo Racine, elevándolo a su colmo, llega a poner en crisis el ideal y modelo de una tradición académica que sigue a rajatabla, con sus tres unidades estrictamente respetadas y las claras categorías de su mundo vertical, como puede vérselas en La Gloria, Tiziano, Museo del Prado, rigurosamente contempladas, y a ofrecer un cuerpo de obra de tan sólida constitución física que, aun concebido para una escena frontal, admite tantos puntos de vista como un monumento público paseantes a su alrededor. Al revés de lo que se aprende en los manuales de escritura, donde la idea es el punto de partida y preside un desarrollo en definitiva autoritario, avanzando siempre hacia un objetivo lo más prefijado posible mientras se descarta todo aquello que no sirva a ese fin, ir de la materia hacia la idea que mejor le convenga según vamos conociéndola, dando al orden el carácter provisorio que le corresponde en una composición de la que no es esencia sino a lo sumo vehículo y eso hasta cada nueva lectura que deje a un lado sus señales al percibir sus huecos, puede situar desde un comienzo al que escribe mucho más cerca de algo valioso que empeñarse en identificar sus propios pensamientos con unos conceptos manifiestos en ejemplos acabados que sobre todo, en general, promueven la imitación, rara vez algo mejor que una falsificación o una pose. La mayoría de los casos particulares lo niega, pero en lo general la materia precede a la estructura, en sí misma una interpretación, o, mejor dicho, tiene una estructura distinta de la del discurso con el que tratamos de referirnos a ella. La aproximación aquí propuesta no deja de tener su costado científico: en lugar de partir de una idea y pasar por las sucesivas etapas de su desarrollo –sinopsis, argumento, escaleta, texto- hasta lograr su consolidación eludiendo objeciones y pruebas de lo contrario, atenerse a lo más inmediato sin imponerle una idea previa para en cambio concentrarse en lo que presenta. La materia piensa, dijo tal vez Demócrito. La narrativa también, a condición de privilegiar su materialidad en lugar de relegarla a una función ilustrativa de la eficacia de recursos y reglas.      

La Gloria (Tiziano, Museo del Prado)

Un cosmos vertical

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La novela como resistencia

A prueba de interrupciones

A prueba de interrupciones

En un mercado en el que el libro pierde margen, la novela es abrumadoramente el género más vendido. Y eso que todo en ella parece contradecir los hábitos de comunicación e información contemporáneos: a una oferta simultánea de miles de medios y canales de todo el mundo, el público responde con una atomización de identidades y conductas que multiplica las divisiones virtualmente hasta el infinito, recortando y pegando mensajes y fragmentos de mensajes mediante su entrecruzamiento vía zapping o internavegación en un cut-up del que William Burroughs sólo hubiera podido ofrecer un pálido reflejo, mientras la novela, por más que intente reflejar el estallido de su público en una proliferación de tramas inconclusas dentro de un mismo libro, en el recurso a múltiples narradores no identificados o en la fragmentación del relato en capítulos cada vez más simples y más breves, vuelve siempre a poner un texto ante un lector que, para entrar en su ficción y evadirse por un rato de un mundo que lo acosa, debe antes escapar de las incansables redes que tal vez lo hayan llevado hasta esa misma puerta de salida. ¿Es la novela, ese raro entretenimiento obstinadamente ensimismado, la más propia habitación de bolsillo a la que aún puede retirarse el expulsado de su intimidad por la invasión de la compulsión a participar? Más allá de que es ésta última la que determina el verdadero éxito de una obra, ya que para alcanzarlo la misma debe antes convertirse en fenómeno social, la experiencia de Madame Bovary persiste aún como la base más extendida de los hábitos de lectura de la población. Los griegos, cuyos dioses no residían en sí mismos ni más allá del Olimpo sino unos con otros y rara vez en reposo, cuya ficción era acción como lo muestran los mitos y cuya cultura –poesía, teatro, filosofía, deporte, política- se realizaba con toda evidencia en público, pero no o no sólo como espectáculo, sino en cambio en acto y con valor de ejemplo, difícilmente hubieran aspirado a una dimensión semejante como espacio de satisfacción, plenitud o siquiera de distracción de sus agobios, y no por falta de imaginación: el exilio se contaba allí entre las peores penas y hasta la muerte era una especie de exilio entre sombras, un desvanecimiento de lo tangible y sensible. Los habitantes de la aldea global, más anónimos para sus internacionales conciudadanos y tal vez también más ignorantes de sus circunstancias inmediatas, más dados a situarse como objetos o volcados a su propio interior a pesar de amoblarlo con toda clase de imágenes circundantes, derivan a esa región sus más queridas proyecciones de sí mismos así como de ella los modelos que las alimentan y es ella, al cabo de dos o tres siglos de reformas y revoluciones, la herencia que les ha quedado de las clases superiores alcanzadas y arruinadas: el sillón de soñar, también imaginario, desde el que la novela envuelve el mundo y le pone un moño para hacer entrega al individuo de origen burgués aunque ya muy lejano de la posibilidad, siempre abierta en un paisaje cerrado, de una vida firmada.

Problemas de carpintería. Estructura cerrada de la mentira perfecta: cada elemento cubre al otro y entre todos apuntalan un conjunto que esconde a la perfección su fundamento. No deja de ser admirable, desde una perspectiva puramente técnica. Pero cabe oponerle también el carácter abierto de la ficción verdadera, en la que cada cosa se sostiene en sí misma y a sí misma prescindiendo de roles y justificaciones: de ahí la dificultad para estructurar el conjunto en tales casos y la necesidad, sólo a veces satisfecha, de un nuevo tratado de composición que se haga oír como acompañamiento de esos solos cada vez que una voz semejante toma, como por asalto, la palabra.

Esta lectora no se deja engañar

Esta lectora no se deja engañar

Pastelazos. Esos cineastas que prefieren mirar por el ojo de la cerradura en lugar de abrir la puerta, vampiros que se alimentan de la sangre derramada de otros y por otros: Haneke o Chabrol, por ejemplo. O los que escriben sin ser desbordados por su propia sangre, más orientados por la desembocadura y el cauce que a ella lleva que impulsados por su propio caudal. En casos así, el pastelazo desenmascara: la crema que cubre la cara es la que merece nuestro respeto.

Etiqueta de guerrilla. Ante el cabal representante de cualquier sociedad, un individuo lleva todas las de perder: pues aquél ya lo ha perdido y más vale retirarse a tiempo, buscar otro flanco por donde atacar. Esta guerra implícita no debe declararse y la cortesía entre los adversarios consiste en eludir, tanto como los contrincantes puedan, el enfrentamiento directo. Lo que requiere, en la vida cotidiana, por lo menos casi tanta habilidad como la esgrima.

Vía de sentido. El sentido es lo que permite atravesar las circunstancias, el camino a través de la jungla. Pero sólo existe en los pasos que damos, cuyas huellas otro puede seguir pero no sin desbrozar la selva que vuelve a cerrarse. Intermitencia del sentido, cuyo reino no es de este mundo en el que prueba su existencia atravesándolo sino que se consuma en su más allá, en el infinito que ya no se hace manifiesto por postergación alguna sino presente por su absoluta plenitud. Mientras tanto, Paradise exists, mais spezzato, tal como escribió Pound. La identificación entre sentido y paraíso es del mismo orden que la que puede hacerse entre profeta y mesías, cuyas identidades la revelación de la verdad exige no confundir pero cuya presencia remite a la misma causa. Si en el mundo, como dice Dante, la diritta via era smarrita, el sentido supone un más allá de la evidencia de los sentidos, en la medida en que se dirige a la verdad. ¿Consiste en esto su famosa suspensión, en no cerrarlo al infinito? Pero el reconocimiento de lo evidente es necesario para legitimar el más allá, prueba a falta de la cual todo argumento se vuelve charlatanería y toda teoría sofisma.

"El mar, el siempre mar, ya estaba y era" (Borges)

“El mar, el siempre mar, ya estaba y era” (Borges)

La fe de los profetas. ¿Qué es la fe de los profetas? Una certeza que contradice y contraría todas las razones de este mundo. El exceso contra natura, como el del monstruo que la naturaleza elimina por medios naturales según Dostoyevski. Pero, según Blake, el loco, persistiendo en su locura, llega a ser sabio. Urano, castrado por Cronos a pedido de Gea y a causa de su creatividad sin medida, dejó a Afrodita para dar a los hombres razón en su insensatez. Mucho se ha escrito sobre las coincidencias entre el éxtasis místico y el carnal, sobre el rendimiento físico exigido tanto por el ascetismo como por el libertinaje, pero ni siquiera si el camino hacia arriba y el camino hacia abajo son uno y el mismo está probado que el proceso por el que el Verbo se hizo Carne tenga una segura contrapartida que garantice el pasaje de la carne al verbo para quien sea que responda con su cuerpo a la Palabra, a su llamado: de ahí la audacia necesaria para abandonar lo regulado y abandonarse a la suerte, al propio destino.

Estaba escrito. Lo fatal acontece cuando el presente pierde todo poder sobre el pasado y sufre sus consecuencias hasta el agotamiento de las fuentes que han roto el dique o desbordado el canal.

Alien. El mundo es un resto. Por eso toda obra, toda civilización, tiene algo de OVNI aterrizado en el planeta por un tiempo que no será infinito aunque parezca, en retrospectiva, que se lo ha visto de lejos y que su acercamiento puede contarse por períodos de siglos. Las huellas de su paso, una vez extinta la posibilidad de comprenderlas, de seguirlas, se distinguen de los frutos de la naturaleza, que no guarda ruinas ni manuscritos en su legado, pero no conducen tampoco a otro mundo que el de las conjeturas, donde no hay suelo en el que aterrizar.

La mirada dividida

La mirada dividida

Cronomorfosis. De jóvenes soñamos con el futuro y de mayores con la juventud. Pero ni ese mañana ni el aquél pasado son reales antes o después y lo sabemos: adivinamos primero y reconocemos más tarde, aunque la única certeza que tenemos es no la de equivocarnos, sino la de la falsedad de la imagen, que aun desenmascarada no revela lo que parecía proponerse ocultar. En la adultez, en la mediana edad, la irrealidad también afecta al presente, extraño por su diferencia con cualquier expectativa que nos hubiera permitido reconocerlo y ajeno mientras indiferente el pensamiento continúa con sus cálculos. Desde cualquier punto de vista la perspectiva es engañada, porque entre el lente y el ojo la distancia es insalvable.

El reflujo. Como ideas y modelos descendieron durante largas décadas desde el estrado de la enseñanza hacia el cuerpo de los alumnos a la espera de aplicarlas y seguirlos en su práctica técnica y política, civil y comercial, ahora ascienden a toda hora, una tras otra, desde el manantial de la innovación tecnológica y la comunicación en continuado, sus encarnaciones más bajas, más burdas, más devaluadas hacia el pedestal del ejemplo vuelto espectáculo, lo que no deja de ser una elevación.

 borrador3

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Episodio fatal

Peligros con rescate garantizado

Rescate garantizado

Continuación del capítulo anterior. Telón abierto en la oscuridad.

Piano melodramático. Música de momento culminante.

Luz sobre la NOVIA, desmayada en una punta del escenario.

Luz sobre el VILLANO, que sonriendo perversamente la contempla desde el centro de la escena.

Pantomima. Coreografía.

El VILLANO saca su encendedor y enciende la mecha de una bomba en forma de negra bola de hierro, unida al tobillo de la NOVIA por una gruesa cadena.

Luego enciende un cigarro largo y fino que fuma con enorme placer mientras mira la mecha correr hacia la NOVIA.

Pero irrumpe por la otra punta el GALÁN al rescate.

Disgustado, el VILLANO arroja su cigarro y con un látigo se interpone entre el GALÁN y su amada.

A latigazos en el aire mantiene al GALÁN a raya, dominando y gozando de la situación.

Hasta que el GALÁN consigue arrebatarle el látigo y lo derriba de un puñetazo en la mandíbula.

El GALÁN sujeta al VILLANO en el suelo con una llave, pero en ese momento la NOVIA despierta y, al ver la bomba ya por estallar, lanza un grito.

El GALÁN suelta al VILLANO, deja caer el látigo, se precipita hacia la NOVIA y apaga la mecha justo a tiempo.

A sus espaldas, el VILLANO recupera su látigo y aprovecha para huir.

El GALÁN abraza a la NOVIA, que llora en sus brazos. Luego ella lo mira con los labios entreabiertos y él la besa. El beso dura lo que tarda en apagarse el acorde final del piano. Mientras tanto, detrás de ellos, se cierra el telón.

El silencio parece despertar al GALÁN.

El despertar de una soñadora

El despertar de una soñadora

NOVIA: Mi salvador… ¿Qué sucede?

GALÁN (mirando en torno): ¡El muy canalla! ¡Ha vuelto a escapar!

NOVIA (abrazándose al GALÁN): ¡No lo persigas! ¡No me dejes!

GALÁN: ¿Es que siempre ocurrirá lo mismo?

Entra el EMPRESARIO aplaudiéndolos. Viste un traje de tres piezas, lleva un reloj con cadena, tiene una gran panza y fuma un grueso cigarro. Rebosa prosperidad.

EMPRESARIO: ¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡Un éxito pleno! ¡Rotundo! ¡Total!

GALÁN: ¿Se ha vuelto loco? ¡Ese rufián continúa en libertad!

EMPRESARIO: Comprendo su decepción, joven. ¡Ah, qué espectáculo! ¡Si hubiera visto la sala! Ya sé que se lo tengo prohibido. ¡Cómo el destino de la pequeña virgen los mantenía en vilo! Todos sentados en la punta de sus butacas. Y a pesar del cartel de localidades agotadas, afuera seguían atropellándose con sus billetes en la mano. ¡Lo que puede la inocencia! (Saca una cigarrera dorada.) ¿Un puro, amigo mío?

GALÁN: Sabe que no fumo.

EMPRESARIO (guardándose la cigarrera): Siempre reñido con los placeres mundanos, ¿verdad? Lo admiro. ¿Pero ha pensado en el futuro? Algún día querrá sentar cabeza. Y entonces se alegrará de tener una suma en el banco. ¿Y sabe a quién deberá agradecer su fortuna, hombre íntegro? ¡A mí! ¡Al que lleva las cuentas!

GALÁN: No sé cómo puede hablar de dinero en semejante situación. ¡Cuando la vida de una inocente corre peligro!

EMPRESARIO: ¿Peligro? ¡Estamos labrando el bienestar de su novia! ¡Y de sus hijos! Si es que usted, como todo hombre de bien, planea casarse.

GALÁN: Antes debo asegurarme de que ninguna pesadilla vendrá a enturbiar ese sueño.

EMPRESARIO: La seguridad de su prometida está asegurada. Y vale la redundancia. ¿Sabe cuánto recaudaremos con su próxima aparición?

GALÁN: Conozco la esclavitud bajo contrato.

EMPRESARIO: ¡No hay libertad sin libertad económica!

GALÁN: ¡Ni con cadenas en los pies!

EMPRESARIO: Perdón, es el entusiasmo. (Se agacha junto a la NOVIA.) ¡Si hubiera visto cómo el público miraba esta cadena! (Saca una llave para liberarla.) A propósito, deberíamos reponer la rutina del péndulo. ¡Y la del pozo de serpientes!

NOVIA (con horror): ¡Oh, no!

GALÁN (ensimismado): ¿Cómo pudo haberse evadido? Lo tenía aquí, aquí mismo, dominado, paralizado con una llave infalible. Cuando, de pronto, se hizo humo. ¡Igual que en el capítulo anterior! ¡Y el anterior! En el preciso momento en que ya lo había vencido. Cuando sólo faltaba entregarlo a la justicia. Y entonces… Justo entonces… ¿Qué ocurrió entonces?

EMPRESARIO (a la NOVIA): Está muy nervioso. Te ruego que lo distraigas. Que se calme un poco. Yo volveré en cuanto haya atendido unos asuntos.

Complicidades y traiciones

La gallina de los huevos de oro

El EMPRESARIO da a la NOVIA un beso en la frente y sale llevándose bomba y cadena, que no le pesan nada. Antes de salir hace picar la bomba un par de veces contra el suelo, como si fuera una pelota de básquet.

GALÁN (al EMPRESARIO, pues no lo ha visto salir): ¿Podríamos revisar los capítulos anteriores? (Al no encontrarlo.) ¿Dónde se metió?

NOVIA (sonriéndole): Nos dejó a solas.

GALÁN: Me pregunto qué se traerá entre manos.

NOVIA: Siempre logra sorprendernos, ¿verdad?

GALÁN: ¡No puedo tolerar que la utilice como cebo para esa audiencia sedienta de sangre!

NOVIA: Por favor, no hable así. Me inquieta.

GALÁN: Perdóneme. Pero me indigna el trato al que es sometida.

NOVIA: Usted exagera. ¿Cuándo salí lastimada? Es sólo un juego, un juego excitante pero inofensivo…

GALÁN: Un juego que puede costarle la vida.

NOVIA: No mientras cuente con usted.

GALÁN: ¿Cree que siempre llegaré a tiempo?

NOVIA: Sí, lo creo. ¿Por qué no?

GALÁN: A veces todo esto me parece estar fraguado.

NOVIA: ¿Fraguado?

GALÁN: Sí. Como si todos estuvieran de acuerdo: el que la ataca, el que nos paga y los que vienen a mirarnos. ¿Nunca sintió nada parecido?

NOVIA: No sé. Junto a usted me siento protegida.

GALAN: Alguna vez no estuve a su lado.

NOVIA: La primera vez. Entonces sí que sentí miedo. Yo estaba atada a la vía del tren, ¿recuerda? Así fue cómo nos conocimos.

GALAN (intentando recordar): ¿Cómo acerté a pasar por allí? No lo sé. Sólo recuerdo que en cuanto la tuve en mis brazos apareció un hombre que dijo tenerla bajo contrato. Ahora ese hombre es mi jefe.

NOVIA: ¡Qué alivio sentí! Desde entonces supe que no tenía nada que temer. Podía confiar en mi protector. ¿Recuerda el capítulo siguiente? ¡Estuve a punto de ser partida en dos y apenas pude temblar!

GALÁN: Ése fue mi primer encuentro con su atormentador. Mientras forcejeaba con él la veía a usted debatirse bajo el péndulo. Pero una vez que la hube liberado, él pareció haberse desvanecido en el aire. ¿No recuerda tal vez cómo huyó?

NOVIA: Sólo recuerdo cómo me besó usted.

Pausa. De atrás del telón se asoma la cabeza del VILLANO, que sonríe perversamente mientras los espía.

La amenaza de las sombras

La amenaza de las sombras

GALÁN (acercándose a la NOVIA): Querría besarla ahora. (Le toma la mano, pero ella retrocede.) ¿Tiene miedo? (La NOVIA no responde.) ¿Miedo de mí?

NOVIA (apartando la mirada): Por favor. Sabe que tenemos prohibido besarnos en privado.

GALÁN (sonriéndole, dulcemente): Precisamente cuando nadie nos ve. ¿Quién nos delataría?

Risita cavernosa del VILLANO.

NOVIA (mirando al GALÁN): ¿Usted no se lo dirá a nadie?

GALÁN (paternal): ¿Por qué iba a hacerlo?

NOVIA: Y si llega a saberse, ¿me protegerá?

El GALÁN la abraza. Beso inminente. De pronto, la cabeza del VILLANO desaparece tras el telón.  Entra el EMPRESARIO con un nuevo libreto.

EMPRESARIO: ¡Todo el mundo a su puesto y dispuesto a trabajar! ¡Comenzamos un nuevo episodio! (La NOVIA se arranca de los brazos del GALÁN y, sacando de su bolso un espejito y un lápiz labial, empieza a retocar su maquillaje.) Muy bien, querida. Más ancha la sonrisa. (Al GALÁN.) Y usted, joven, abandone esa expresión de abatimiento. El público viene a verlo triunfar. (Abriendo el libreto.) Veamos lo que les espera… (Pasando páginas con creciente satisfacción.) Siniestro… Soberbio… ¡Diabólico!

GALÁN: ¡Exijo saber qué es lo que se planea!

EMPRESARIO (sin alzar la vista del libreto): Usted no está en posición de exigir nada. Relea su contrato.

GALÁN: ¡Se aprovecha de mi situación!

EMPRESARIO: Su situación es la de un enamorado. Aténgase a las consecuencias.

GALÁN: ¡Pero es que no las pago yo, sino ella!

EMPRESARIO (cerrando el libreto): ¿Y acaso ella se queja? Mírela. ¿Qué es lo que ve? (Ambos miran a la NOVIA, que se peina.) Le diré lo que yo veo: a una auténtica profesional. Fíjese cómo ensaya. Con qué ahínco. Hasta qué punto conoce su papel. (La NOVIA ensaya unas muecas en su espejito: sobresalto, beso, alarido.) ¿Por qué no procura usted cumplir el suyo? (Abre el libreto y sigue leyendo.)

GALÁN: Es lo que intento. ¿Pero puedo ofrecer protección contra un peligro que ignoro? ¿Puedo garantizar mi triunfo si no sé a qué me enfrento? ¿Puedo mostrar firmeza en semejante incertidumbre?

EMPRESARIO: Usted se comprometió a tolerar el suspenso. O al menos eso firmó.

Un héroe para las damas

Un héroe para las damas

GALÁN: ¡Yo no le hablo de papeles sino de realidades! ¿No ve la diferencia? (Intentando arrebatarle el libreto.) ¡Al menos míreme cuando le hablo! (El EMPRESARIO elude el manotazo del GALÁN y se aleja de él, pero el GALÁN lo sigue.) ¿Es que no comprende que la expone a riesgos cada vez mayores? ¿Que las trampas de ese criminal son cada noche más crueles? ¿Que el público espera crueldades aún más refinadas? (A espaldas de la NOVIA, que se ha quedado sola, de atrás del telón se asoma el VILLANO.) ¿Que pronto no habrá manera de apagar su sed de crimen? (Tapándole la boca, el VILLANO se lleva a la NOVIA detrás del telón.) ¿Que un simple abuso más podría traer la catástrofe definitiva? ¿Se lo ha dicho a su estrella? ¡Dígaselo ahora! (Se vuelve señalándola, pero la NOVIA no está allí.)

EMPRESARIO (sonriéndose): La situación resulta familiar, ¿no le parece?

GALÁN (yendo hacia donde estaba la NOVIA): ¡Se la ha llevado! ¡En nuestras propias narices! ¡Y sin dejar un solo indicio!

EMPRESARIO (sacándose un papel del bolsillo a espaldas del GALÁN): En eso se equivoca. Mire lo que he encontrado. (Va hacia él y le tiende el papel.)

GALÁN (recibiendo el mensaje): ¡Una nota de rescate! (Lee.) “Socorro, amor mío”. (Alza la vista.) ¡Es su letra!

EMPRESARIO: Y lleva su firma.

GALÁN (guardándose la nota): Ha vuelto a ocurrir. (Al EMPRESARIO.) ¡Y la culpa es suya! ¿No le advertí lo que sucedería? ¿No le pedí que me informara cuando aún era tiempo de prevenir este desastre? ¡Ahora quién sabe dónde la tiene a su merced!

EMPRESARIO: En la vieja fábrica abandonada junto a los muelles.

GALÁN (tomándolo de las solapas, fuera de sí): ¡Ahora es demasiado tarde!

EMPRESARIO: Así es. No tiene tiempo que perder.

GALÁN: ¿Cree que no me doy cuenta de lo que pasa?

EMPRESARIO: Si no volvemos a verla, la culpa será suya.

GALÁN (soltándolo): Muy bien. Me tiene en sus manos. ¡Pero sepa que antes de que acabe la función, también yo habré atrapado a mi presa! (Sale.)

El EMPRESARIO lo mira salir y se sonríe. Luego, a solas, se acomoda la ropa. Después consulta su reloj. Cuando a su juicio ha llegado la hora, se dirige al borde del escenario.

Quítate tú para ponerme yo

Quítate tú para ponerme yo

EMPRESARIO (al público): Damas y caballeros, ¿qué piensan ustedes? ¿Llegará nuestro héroe a tiempo de rescatar a su amada? ¿Logrará arrancarla intacta de las garras de su mortal enemigo? ¿Será por fin capaz de atrapar al perverso que tanto lo ha burlado? ¿Podrán ustedes tolerar el suspenso sin que les dé un vuelco el corazón? ¡Hagan sus apuestas, damas y caballeros, y no se pierdan el desenlace de esta clásica aventura que ahora mismo recomienza! (Indicando con un gesto abrir el telón, sale de escena.)

Se abre el telón, descubriendo a la NOVIA atada a una silla.

Entra el VILLANO, trayendo una garrafa y una máscara de gas.

NOVIA (al VILLANO, que camina hacia ella): ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me persigue? ¿Qué va a hacer conmigo? (El VILLANO se detiene junto a ella, clavándole la mirada.) Por favor, déjeme ir. Se lo suplico. (El VILLANO sonríe cruelmente.) ¿Qué se propone esta vez? ¿Decapitarme? ¿Estrangularme? ¿Clavarme una estaca en el corazón? (El VILLANO acomoda la garrafa bajo la silla.) ¡No! ¡Déjeme adivinar! ¡Usted nunca se repite! ¡Seguramente es una prueba más cruel a la que me tiene destinada! ¡Lo sé! (El VILLANO se pone de pie con la máscara de gas en la mano.) ¡Su deseo es empujarme más allá de mis fuerzas! ¿Con qué derecho? (El VILLANO se encoge de hombros.) ¿Por qué se ensaña conmigo? ¿Cree que siempre se saldrá con la suya? ¿Que nunca nadie le dará su merecido? ¡Contésteme! (El VILLANO le muestra la máscara, conectada a la garrafa por un tubo.) ¡No! ¡No se me acerque! ¡No me toque! ¡No…! (El VILLANO le pone la máscara y abre la llave de la garrafa.)

La historia sin fin

La historia sin fin

Vuelve a sonar la música del comienzo.

Mirando al VILLANO con ojos suplicantes, la NOVIA forcejea inútilmente con sus ligaduras.

El VILLANO se saca la flor que lleva en el ojal y se deleita con su perfume ante los ojos desorbitados de la NOVIA.

Pero una vez más irrumpe el GALÁN.

El VILLANO tira la flor y saca una navaja, cerrándole el paso.

En vano el GALÁN intenta sortearlo. Dominando la situación, el VILLANO ríe cruelmente. Pasa al ataque, pero el GALÁN elude cada una de sus embestidas.

Hasta que, atrapándolo por la muñeca, lo obliga a soltar el arma, le dobla el brazo a la espalda y, con una zancadilla, lo pone boca abajo contra el suelo.

En ese momento la NOVIA, que ha logrado soltar sus pies de la silla, comienza a patear frenéticamente la garrafa con sus tacones para atraer la atención.

Pero esta vez, en lugar de correr en su ayuda, el GALÁN saca un par de esposas.

GALÁN (al VILLANO): ¿Creías que era el momento de escapar, verdad? (Aun vencido, el VILLANO ríe.) Cuando yo corriera a rescatarla. (La NOVIA deja de patear la garrafa.) Pero esta vez invertiremos la rutina. (La NOVIA queda inerte en la silla.) Primero te pondré a buen recaudo… (Pone las esposas al VILLANO.) …y ahora la pondré a salvo a ella. (Va hacia la NOVIA y con el acorde final del piano le quita la máscara.) ¡Amiga mía, somos libres! (Mientras se extingue la música, mira asombrado la cara de la NOVIA.) ¡No puede ser! ¡Está muerta! (La abraza.)

Entra el EMPRESARIO, cubierto de harapos.

EMPRESARIO (al GALÁN): ¡Imbécil! ¡Me ha arruinado! (El GALÁN lo mira.) Está despedido, ¿me oye? ¡Despedido!

Avergonzado, el GALÁN baja la cabeza.

Apagón.

Estalla en la oscuridad la carcajada del VILLANO.

NO CONTINUARÁ

villano

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Nostalgia del suspenso

Melodrama y thriller en el siglo XXI

¿Esta historia continuará?

El lector que con la nariz hundida entre no importa cuántas páginas devora capítulo tras capítulo del libro que no abandonará hasta terminarlo y el público en vilo sobre la punta de sus butacas que no puede apartar la vista del escenario o de la pantalla son imágenes que sin duda tanto editores como empresarios del espectáculo atesoran en el fondo de sus corazones, o que han atesorado durante tanto como han podido hasta encontrárselas proyectadas no en su perspectiva de las cosas sino antes en su memoria, emotiva, de una vocación. El interés jamás desfalleciente por la intriga, el aliento contenido ante el peligro, la sensibilidad a flor de piel para la revelación o el desenmascaramiento súbitos, todas esas antenas despiertas al estímulo de la curiosidad, el terror o la piedad representaban, sin saberlo ni pensarlo sus portadores, una auténtica edad de oro –aun si el oro muchas veces era falso o su nobleza cuestionable- de la ficción y la narración de historias basadas en la reiterada postergación de un desenlace que, como la apuesta creciente con cada nueva mano, podía estar seguro de captar más inversores con cada nueva demora y su implícita promesa de una mayor recompensa al final del juego. Es más: durante mucho tiempo, aun cuando esas conclusiones, al igual que sus premisas, fatalmente se repetían, consolidando así un imaginario, fue posible, sutilizándolo, el placer de la anticipación, ya no por deducción sino por reconocimiento, y con él el de la confirmación de lo comprendido y, creído por todos, compartido, instituido sin necesidad de declararse como verdad al uso. Verdad que también de a poco fue empezando a despintarse, alejándose del ojo y de la fe de sus contempladores un poco más con cada nueva generación que fue a su encuentro para no hallar, en los sucesivos intentos de diversificación y renovación que se le conocieron, sino otras tantas confirmaciones de su caída en el tiempo, de su entrada en la serie de las hipótesis abandonadas. Por más que un tenor de Verdi deje el alma en cada do de pecho con que convoca a liberar a la patria, por muy velozmente que corran el falso culpable o la gélida rubia hitchcockiana bajo amenaza, jamás cubrirán la distancia abierta entre su época y sus expectativas y las nuestras, jamás alcanzarán a la tortuga del tiempo. Ya que mucho antes de que podamos ponernos en su lugar, de que sintamos sus peligros como propios y sus deseos como naturales, de que se produzca, en definitiva, la tan criticada identificación, reconocemos los caminos por los que se nos quiere llevar a esa posición y, por más dispuestos que estemos a acompañar a nuestros anticuados semejantes en el tránsito hacia su destino, roles, relaciones, situaciones y recorridos se nos hacen evidentes y nos mantienen a una distancia que sólo la reflexión hubiera podido crear en su momento, y nunca sin un trabajo, que nosotros encontramos hecho; en todo caso, la identificación todavía posible no se produce a través del suspenso, justamente porque desde el comienzo percibimos todo el proceso del relato como algo completo y acabado: el final está en el inicio y nada queda por hacer con este círculo sino repetirlo. Pero esa repetición, vista de afuera, no es igual a la vivida por dentro. El suspenso depende de una expectativa –esperanza y miedo-, ya se trate de melodramas o thrillers, y esta expectativa está vinculada a la historia: un futuro en función de un pasado, que en el período histórico inmediatamente anterior al nuestro era el de una injusticia inmemorial a punto de ser reparada. En el tiempo actual, homogéneo y continuo, desligado al menos de unas hipotecas de las que ya nadie espera que sean levantadas, el suspenso es una nostalgia y las intrigas resultan paródicas por más violencia con que se las represente en el afán de convencer de la gravedad de sus consecuencias. Ante el grueso de la ficción contemporánea, porque responde a los mismos resortes que la del siglo y medio anterior, con un énfasis especial en el chantaje que delata en los personajes la conciencia de su propia situación y el ya resuelto cálculo de lo que les acarrearía uno u otro movimiento, volvemos a experimentar la distancia impuesta por los consabidos giros que nos impiden creer en la historia, en que algo efectivamente nuevo, inesperado –aunque en respuesta a una llamada-, va a ocurrir. Pero la vaga insatisfacción, que rara vez se precisa con más fuerza que la del distraído tedio con que se sigue una trama producida industrialmente, no viene del saber sino de un vacío. Ya que el plano de distanciamiento del que hablaba Brecht, al ser crítico, no se sostiene solo sino que requiere, justamente, un plano de identificación respecto al cual tomar distancia para alzarse en su lucidez. Sin éste es puro formalismo, pose, y es ante esa vaciedad que sobreviene la nostalgia del lector, del público: como deseo de un retorno, el del suspenso como latido de un tránsito entre una falta y su reparación, una promesa y su cumplimiento, culminación que ninguna novedad, y mucho menos aún si fuera absoluta, podría aportar al que espera, no una noticia, sino una razón.

"Oh, no, no, no, I've seen this movie before..." (Motorpsycho nightmare, Bob Dylan)

“Oh, no, no, no, / I’ve seen this movie before…” (Motorpsycho nightmare, Bob Dylan)

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El sinfín de la novela

Luis Goytisolo

Luis Goytisolo, de nuevo antagonista

La semana pasada o la anterior leí las respuestas de varios novelistas conocidos a las tesis defendidas por Luis Goytisolo en su reciente ensayo, Naturaleza de la novela, ganador del correspondiente premio Anagrama de este año, en el que el escritor analiza lo que considera el declive, tal vez definitivo, de la novela como género literario durante el último medio siglo. Los encuestados por El país se resistían a este veredicto, lo que es natural tratándose de practicantes en pleno ejercicio del arte de la novela –Juan Gabriel Vásquez, Martín Kohan, Agustín Fernández Mallo, Mayra Santos Febres, Rafael Gumucio, Guadalupe Nettel y Edmundo Paz Soldán, entre otros-, y sus reflexiones eran tan inteligentes como realistas. Pero la polémica, virtual por no resultar más que de la confrontación entre argumentos y no entre argumentistas, resultaba también débil, no sólo por la generalidad de las respuestas, atribuible tal vez a una premura determinada por la urgencia periodística, sino también por cierta insuficiencia teórica, quizás debida a la misma causa pero no por eso menos característica de nuestra época cultural. Pues al “terrorismo” propio de toda teoría general no se oponía como hipótesis ningún absoluto semejante ni se lo rebatía o criticaba de una manera frontal que hubiera permitido medir fuerzas entre tendencias, sino que muy en cambio cada una de las respuestas parecía más bien procurar debilitarlo por el recurso a uno u otro tipo de relativización mucho más orientada a la disolución del planteo que a su resolución. Ya si se señalaban a modo de impugnaciones prácticas de la teoría algunas creaciones brillantes de los últimos diez años, ya si se destacaba la mayor participación de miembros de colectivos antes relegados por el modelo hegemónico o simplemente se oponía al anuncio del Apocalipsis la evidencia de la continuidad de la vida, ninguna de estas intervenciones abría ante el escenario levantado por el ensayista una alternativa que alzara la voz al mismo nivel de discusión o riesgo en las afirmaciones en lugar de disminuir la apuesta y remitir el desafío teórico a la tozuda práctica. Toda vitalidad implica una prudencia, pero el peligro así conjurado no dejaba de recordar al lector que imaginara la escena la frase final del primer tomo, en la vieja edición de Seix Barral, de El hombre sin atributos de Robert Musil: “¿No es pesimismo lo que asalta siempre a las personas de acción cuando se ponen en contacto con las personas de la teoría?”

¿Neuf o nouveau?

¿Neuf o nouveau?

Quizás lo que se echaba en falta era un comentario menos de novelista que de crítico, más allá de si era un novelista o un crítico quien lo hacía. Puede que sea precipitado esperar tan pronto una respuesta cabal a un ensayo que se acaba de publicar, pero como a pesar de la interactividad hoy en día tantas cuestiones de las que se plantean quedan sin responder, pues la esperanza para cada uno ha quedado más cerca de la incertidumbre general que de cualquier fe que pueda sostener, nada perdemos procurando establecer algunas distinciones, aunque para ello debamos recurrir no sólo a un autor sino también a un idioma extranjero. En francés, “nuevo” puede traducirse como neuf o nouveau; Roland Barthes hace algunas pertinentes precisiones al respecto:

Su parcialidad (la elección de sus valores) le parece productiva cuando la lengua francesa, por un azar favorable, le provee parejas de palabras a la vez cercanas y diferentes, de las cuales una remite a lo que le gusta y la otra a lo que no, como si un mismo vocablo barriera el campo semántico y con un movimiento presto de la escoba diera media vuelta (es siempre la misma estructura: estructura de paradigma, que es en definitiva la de su deseo). Así ocurre con neuf/nouveau: “nouveau” es bueno, es el movimiento feliz del Texto: la innovación está justificada en toda sociedad en la que, debido a su régimen, la regresión amenace; pero “neuf” es malo: con una prenda de vestir nueva hay que luchar para llevarla: lo neuf envara, se opone al cuerpo porque suprime en él el juego, del que una cierta usura es la garantía: un nouveau que no fuera enteramente neuf, tal sería el estado ideal de las artes, de los textos, de la ropa.

En su Manifiesto por un nuevo teatro, Pasolini advierte:

Las novedades, incluso las absolutas, como bien sabéis, no son nunca ideales, sino siempre concretas. Por tanto su verdad y su necesidad son mezquinas, fastidiosas y decepcionantes: o no se reconocen o se discuten remitiéndolas a las viejas costumbres.

Pasolini, Barthes… No salimos de los sesenta, ¿verdad? Sin embargo, no está mal medir respecto a esto la propia época con otra notoria por su caudal de innovación, más cuando es de esas innovaciones, aun teniendo en cuenta la posterior reacción contra ellas, que proviene la cultura actual. Y ahora entonces a las librerías, a las novedades, a ver cuánto de neuf o de nouveau encontramos por ahí.

fénix

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Literatura profesional

Del autor al lector

Del autor al lector

Narrativa por objetivos, o narrativa orientada a resultados: es la de la literatura profesional, producida por escritores que asumen un oficio para lectores que conforman un público, entre los que median los editores y otros comunicadores de la cultura ocupados en hacer circular, independientemente de si cada estilo o género avanza por su carril o canal de distribución o lo hacen todos confundidos por la misma avenida o galería comercial tan larga como ancha que los reúne lo quieran o no, los relatos ficticios o documentados que compiten por la atención, fatalmente más limitada en sus dimensiones que la capacidad de producción de sus solicitantes, de un número de consumidores a la vez cada vez más elevado y menos suficiente no ya para colmar las expectativas, sino al menos satisfacer los compromisos contraídos por los inversores dedicados a esta área de negocio. ¿Malos tiempos para la lírica? Y también para la épica, la comedia, la tragedia… Sin embargo, como debe el espectáculo, también la actividad en bambalinas continúa y el catálogo del lector universal agrega títulos. Los buenos tiempos formaron parte del mismo proceso del que pareciera que sólo la presunción de artista quiere excluirse. Pues si éste desea conservar su estatuto de rara avis en cualquier período histórico en el que se encuentre, la corriente del tiempo navegable por la técnica y el comercio empuja en otra dirección y no se nutre ni medianamente tanto de la excepción como de la regla bien fijada por el modelo que ha de servir de matriz y los obreros que la aplicarán. De acuerdo con sus principios, lo aprendido en cada nuevo experimento ha de servir para disminuir los riesgos del siguiente: a eso se llama ganar terreno. Con lo que es natural, para esta naturaleza, considerar un progreso la adecuación de la oferta a la demanda y un ideal su plena identificación mutua, incluida la necesaria premisa consistente en la previsibilidad del gusto del respetable en función de un patrón racional que le sea desconocido o indiferente. La audacia de los pioneros, al ser premiada por el éxito, suele volverse en retrospectiva la avanzada de una fase de consolidación durante la cual es la sensatez la que va haciéndose con el poder de tomar decisiones y marcar el rumbo. Prudencia y ambición equilibradas logran definir la moderada medianía que sin prisa ni pausa por un tiempo civiliza el territorio ya no virgen, sino medido y colonizado por unos valores cuyo respeto y repetida aplicación se traduce en un producto tan intangible como invaluable: la estandarización, un modo de hacer y un criterio práctico siempre activo cuyos aciertos pueden apreciarse casi de inmediato en la creciente extensión de su ejemplo e influencia. Para los productores de lo que sea, contra la impaciente visión del inquieto creador o del crítico exigente, prontos a acusar de monotonía o conformismo a cuanta cosa logre imponerse por la vía nunca desierta de la repetición y la acumulación, el previsto pero siempre demorado afianzamiento de una tendencia o predilección por parte de unos consumidores sedientos de concentración pero dados a la dispersión por lo desigual de sus circunstancias saluda su buen hacer y confirma el acierto del camino emprendido: en la misma medida en la que un horizonte se afirma, declinando entonces desde la terminal que representa la serie de estaciones que a él conduce, se hace posible planificar con certidumbre y llevar a cabo lo planeado con un grado de inexorabilidad suficiente como para conducir a la desesperación a los originales de turno. Así se construyen las sociedades, anónimas o civiles, y así se organiza el trabajo, con su cadena de mandos y de tareas sucesivas necesarias para la producción. Y el tipo de mentalidad que lo dirige tiene también su narrativa, en la que a pesar de la función de entretenimiento –u organización del ocio- que cumple, nada debe ser gratuito: al contrario, en ella hasta el más cerrado enigma se apoya en una motivación plausible aun si para ello es necesario recurrir a lo sobrenatural y los personajes, por más desorientados que se vean, se mueven siempre en la firme dirección determinada por la pendiente o ley de gravedad que vincula cada consecuencia a una causa identificable. Lo que se invierte en el planteo ha de crecer en el nudo y y recuperarse en el desenlace con un saldo positivo y, en el caso de que haga falta para obtener un balance equilibrado y libre de deudas, vale decir, sin cabos sueltos, se procederá al correspondiente arqueo de caja que en literatura suele llamarse epílogo. La expectativa ha de ser satisfecha, como la abierta por un llamado que, si no acierta a ofrecer una compensación suficiente a la atención solicitada, será por lo menos en retrospectiva despreciado por ésta, y los índices de satisfacción podrán medirse por la reincidencia pronta o tardía en la adquisición de los productos singularizados por una marca, firma o sello. ¿Razón pragmática, utilitaria, burguesa? El triunfo de la novela y su instalación como corriente mayoritaria de la literatura hasta la reducción de otros géneros a una posición prácticamente marginal en el reconocimiento del público coincide, efectivamente, con el ascenso de la burguesía a protagonista y modeladora del mundo en el que han nacido las últimas ocho o diez generaciones de lectores. La novela mayoritariamente leída es novela burguesa o como mínimo de origen burgués. ¿Pero siempre existirá una burguesía? Jean-Claude Milner, en su libro El salario del ideal, de 1997, propone la eventual extinción de la burguesía en el caso de que se demuestre que las sociedades capitalistas no burguesas son tan viables como las burguesas, ya que en ellas no se justificaría el costo implícito en el estilo de vida burgués: “La izquierda habla de mantener un precio decente del trabajo; la burguesía entiende por ello la promesa de mantener lo que la hace vivir, a ella y sólo a ella: la posibilidad de que el trabajo burgués se pague mejor de lo que vale en el mercado. En calidad de partido de los asalariados, la izquierda se convierte en el partido del sobresalario y, por la misma razón, en el partido de la burguesía históricamente consciente. La socialdemocracia deja de aparecer como un medio de tratar la cuestión política y social en términos más equitativos, pero aparece como el único medio eficaz de salvar a la burguesía de la ley férrea del capital.” Los procesos históricos son largos y más conflictivos aún que el desarrollo de planes de negocio pero, si tal mundo adviene, ¿habrá en él alguien dispuesto a pagar lo que un novelista formado consideraría rentable para realizar su trabajo?

Otras voces, otros ámbitos: las manos de Pío Baroja

Otras voces, otros ámbitos: las manos de Pío Baroja

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La ética del desengaño

el comienzo de un camino infinito

“El desengaño camina sonriendo detrás del entusiasmo” (Madame de Staël)

Creí que era un gran concepto o al menos una gran idea, pero empecé a escribir y me dí cuenta de la obviedad solapada, pues al fin y al cabo toda ética nace del desengaño y cada una de un desengaño preciso, particular, intransferible como experiencia para el desengañado y sin cuya emergencia se queda en moral, en humilde obediencia que remite a una responsabilidad ajena y por esta vía a una instancia superior dada por buena precisamente en razón de su don de mando, hecho por oscuros predecesores que sus buenas razones habrán tenido para obrar de tal modo y desaparecer procurando no dejar rastros inequívocos de su propia conciencia. Una historia o genealogía de la ética, considerada así, caso por caso al ser necesario el acontecimiento personal y aun privado como parte de su desarrollo, tiende rápidamente a formularse como novela cuyo héroe no hace más que resistirse a toda interpretación cuya base de juicio provenga de la moral al uso, religiosa o no. Pues de acuerdo con esta lógica la ética nacería del choque de una sensibilidad con un orden cuyo peso la desequilibra, iniciando una reacción que al ser reflexiva y no refleja, es decir, ni opuesta ni mimética sino esquiva primero y oblicua después en relación con la línea de conducta que se le ha prescrito, no se traduce ni en un solo gesto ni tampoco forzosamente en una expresión inmediata, sino que al contrario se prolonga, insiste y persiste en un camino cuyo desvío del que ha traído al que lo traza a su origen, aun si no se ve su meta y la ruta proyectada sobre el plano todavía presenta intermitencias, ya en el punto de partida resulta evidente y además sin retorno para un espíritu consecuente. Pero como todos ellos vienen de una sangre, un hogar, una tierra con sus leyes de trascendencia y convivencia, conservarán viva en la conciencia despierta la huella de la tribu y sobre ese suelo levantarán su edificio, sostenido entre la voluntad de librarse de los viejos tótems y la de rescatarlos de la caída anunciada. Dentro de esta visión de la ética como crítica de la moral, la sombra de la que se ha nacido nunca se deja atrás y, por el contrario, se la tiene siempre delante como condición del discernimiento. Sin desengaño hay sólo moral y no hace falta lucidez para seguirla, cuando ha sido en cambio la primera chispa de ésta la que iluminara, aunque durante poco más de un resplandor, la caverna permitiendo imaginar una salida cuya luz exterior respondiera a tal fenómeno; pero el desengaño, sea cual sea el enigma a través del cual hace entrada en una conciencia proclive, siempre lo es en última instancia precisamente de la moral y particularmente, en literatura, de las moralejas, caídas las cuales el sentido de las fábulas estalla y recae sobre cada lector según su interpretación. En ese lapso de aturdimiento, que más tarde el emancipado evocará una y otra vez para tener siempre presente su fugaz noche del alma, la hora única a la que el dogma se le apareció de pronto como misterio, en ese momento de riesgo y temor al repetido tropiezo más que a una sola y definitiva caída, es cuando el desengañado, falto de toda ilusión o certeza, o al menos de aquella precaria y sólo hasta advertirlo suficiente que lo sostenía, decide apostar por el abismo recién abierto ante su  inteligencia y aprovechar que están vacías para conservar sus manos libres, lo mejor teniendo en cuenta el no objeto de su elección. O sea: no elige nada, es decir, elige la nada, si es que la opción a ésta es cualquier otra realidad parcial como la del territorio en el que antes se apoyaba. Sobre esa dimensión recién descubierta construye, cuya falta de suelo garantiza la infinita profundidad de los cimientos de la filosofía de vocación inconclusa que se empeña en dar a luz.

musil-milit

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