Archivo mensual: junio 2013

La literatura considerada como un huracán

lo invisible

El abismo tan temido

Como todo o casi todo, la literatura tiene un interior y un exterior. Aquél sería el contenido de las obras: ficción, personajes, lenguaje, pensamiento. Éste, lo que las rodea: la vida literaria, el mundo editorial, el comercio de libros, la fama de los autores. Con el desarrollo de las comunicaciones y el eclipse de la crítica, es lo último lo que por lo general ocupa el primer plano en la atención del público, pues no es el contenido sino el entorno de la literatura el que provee de material más adecuado a los medios: las novedades más evidentes no son las ideas, los cambios de matiz en los puntos de vista o el efecto de procedimientos y técnicas literarias más o menos novedosas, sino las publicaciones, las presentaciones, los congresos, los festivales y hasta las conferencias, es decir, la socialización bajo todas sus formas del quehacer literario, cuyo objetivo desde un principio es, por otra parte, producir noticias a propósito de una actividad difícil de transformar en espectáculo, como lo prueban casi todas las películas basadas en biografías de escritores, con su insistencia en todo lo que rodea su trabajo sin causarlo, lo que cierra el circuito o completa el ciclo, de donde viene la imagen inicial del ciclón. En el entorno todo se sucede pero en círculos, ya que cada novedad se corresponde con un precedente del mismo tipo, el del autor controvertido, por ejemplo, o el de la novela de uno u otro género, lo que hace que este alrededor se perciba como un despliegue entrecruzado y paralelo de series simultáneas, a la vez que en un vértigo desde el punto de vista de cada elemento sucesivo, del que se puede esperar tanto su desaparición como su retorno y al que no puede darle igual su sustitución por un equivalente aunque en el conjunto pesen lo mismo. Lo que se da de igual modo en el interior de lo que se escribe, ya que es en igual medida que el texto refleje este entorno, asimilándose a lo que Mallarmé llamó “el reportaje universal”, que participará en su movimiento, asimilado a su vez por lectores que no hallarán dificultades para verse reflejados en una mímesis hecha a su imagen y semejanza, dentro de una escala de probabilidades que las  aumenta o disminuye según lo escrito se acerque o se aleje de la representación de lo que se agita. En el interior, como todo el mundo sabe, está la calma. Pero cuidado: esa calma es la del silencio y ese silencio es inabordable; hay un abismo allí. No es casual entonces que el mundo en masa procure mantenerse alejarse de ese centro, que por su parte, como de acuerdo, lo expulsa además hacia sus confines en un estallido permanente comparable al del Big Bang. En dirección contraria avanzan, pisándose los talones, derechito hacia el vacío, el escritor y el lector impenitentes, quizás la misma persona. Quieren atravesar ese vacío, al que todas las palabras y las letras señalan más allá de las apariencias, dejadas cada vez más atrás a medida que progresan hacia su buscada iluminación. Pero la luz, desnuda, ciega, como no tardan en comprender después de unos cuantos destellos. De modo que al vacío hay que rodearlo, aunque el grado de verdad alcanzado se medirá por la proximidad del paso al abismo. Ése es el famoso riesgo literario, del que da cuenta la igualmente célebre Carta de Lord Chandos, de Hofmannsthal. La frustración radica en que rodear el vacío no es atravesarlo, con lo que el buen lector ha de seguir girando en su órbita igual que el malo; si obtiene alguna ventaja, ésta hay que medirla por el menor desplazamiento que deberá hacer para resumir el mundo. Pero si quiere hacerse entender, tendrá que glosarlo.

mallarme

   

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Descripción de Fleur Jaeggy

En primera fila

En primera fila

El hilo que une el cuerpo de un escritor con lo que escribe normalmente es invisible. Cuando en cambio, como en este caso, aparece en la superficie, resulta difícil de describir.

Conferencia de Roberto Calasso. Me siento en la segunda fila. En la primera, una butaca a mi derecha, está ella. La reconozco al levantar la vista, después de dejar mis cosas junto a mí. El ángulo de visión descubre primero esa suave zona recóndita, vulnerable, punto de ataque de los grandes felinos, donde oreja, nuca, cuello y maxilar en composición juegan a esconderse y dejarse ver tras el pelo suelto o sujeto a diferentes grados de gobierno. Más allá está el perfil, atento al estrado; hasta sugiere, por la elevación de la nariz, que la mirada detrás de las gafas metálicas atraviesa el punto de llegada relativamente cercano para fijarse, decidida, en alguna intención oculta madurando a espaldas del conferenciante y sus presentadores. No habría por qué extrañarse: alumna que ya ha oído antes y conoce bien la lección, permanece sobrevolándola sin perderse ni preocuparse tampoco por la continuidad del argumento. Pero aun así me sorprende, aunque ya lo anunciaba su prosa tan delgada, el aire juvenil de esta mujer de la edad de mi madre, que sin embargo en cuanto se levante para deslizarse de un punto a otro de la sala apuntando con su máquina fotográfica manifestará en plenitud el inesperado equilibrio entre ambos polos, ubicua o furtiva ligereza adolescente y desencantada determinación adulta, en que parece sostenerse. Por debajo de la europea sutil, de su moderna elegancia sin adornos, aparece un curioso animal salvaje y frío: salvaje por la inmediata relación de su cuerpo con el espacio en el que se mueve y el reposo que guarda en su interior, como una plataforma desde la que lanzarse o una guarida en la que siempre es posible el repliegue; frío no por indiferencia o frigidez, sino como se dice “sangre fría”, una sensibilidad en directa conexión con lo que despierta, lo que corta el sueño, una aguda percepción que se traduce, casi en cuanto sucede, en reacciones y observaciones precisas. Las fotografías, como captación a la vez que congelación de lo vivo, ilustran, aparte de la imagen que muestran, esta visión instantánea que se actualiza cada vez que la cámara es disparada. Reconstruida la secuencia de pequeños cuadros flagrantes, tenemos un relato; leído el relato, tenemos un testimonio de lo que las fotografías prefieren callar.   

El texto es el análisis de lo que el cuerpo de la autora es la síntesis.

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Los guardianes de la memoria

La verdadera vida es la que se olvida

La verdadera vida es la que se olvida

La verdadera vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. (Gabriel García Márquez, Vivir para contarla) Pues no: la verdadera vida es la que se olvida y la verdad que ese olvido guarda es a su vez por lo menos doble, ya que reside tanto en el sentido puesto en obra por lo que va ocurriendo al mismo tiempo que esto sucede como en esa revelación que sólo nace del contacto inesperado entre una presencia y una ausencia, cualquier elemento circunstancial y la eventualidad olvidada que en su propia emergencia cobra sentido. Esto último es lo que puso en escena Proust con su fábula de la magdalena, un poco teatral tal vez pero necesaria como invención para hacerse entender en su enmienda de la consideración de la memoria como patrimonio, y el cuestionamiento que Saer lleva a cabo en La mayor a través del repetido no recordar de Tomatis –Otros, ellos, antes, podían. (…) Y yo, ahora, me llevo a la boca, por segunda vez, la galletita empapada en el té y no saco, al probarla, nada, lo que se dice nada-, si por un lado descubre y denuncia el artificio, o al menos advierte que es ya impracticable, confirma también por otro el carácter fortuito del recordar. Ya que a una memoria así, que se presenta cuando menos se la espera, no cabe administrarla como es tradición en las memorias literarias, las redacten escritores, comediantes, deportistas, políticos o celebridades con un poco de ayuda. Los recuerdos, en correspondencia con lo que decía Musil de las ideas respecto al pensamiento, son como piezas embalsamadas de una sustancia viva a las que el tiempo modifica no menos que ellas la apariencia de lo que pasa y no deja de pasar. Los recuerdos son los guardianes de la memoria: de pie ante sus puertas, ya como relato siempre presto a repetirse, fotografía escamoteando sus circunstancias u objeto mudo que asiente a cuanto se diga sobre él, ofrecen la prueba del pasado que homenajean a la vez que cierran el paso a la conciencia cuyo interior protegen defendiendo su fachada. El monumento se sostiene en su carácter pétreo, aunque sabida es la historia de la estatua que echó a andar.

Déjame que te cuente

Déjame que te cuente

Turista adolescente en México, recuerdo ahora, si el amable lector me lo permite y tolera esta expresión, la estatuilla con un pie roto cuyo oportuno distribuidor, a causa de mi interés en su mercadería, atribuyó el daño a una leyenda que a su vez no recordaba bien, como si no fuera evidente que la mutilación se debía a un golpe recibido durante alguna maniobra de logística por el bien en cuestión. Me quedo satisfecho con mi compra, más de treinta años después, porque volví de mi excursión a las pirámides con un intangible que hasta hoy no se deprecia: la verdad del souvenir. Y admito, evocando la dentadura postiza del gitano que al principio de la novela traía las novedades a Macondo, una parte de verdad en la famosa frase de García Márquez: la verdadera vida es la que se vive durante la narración, de acuerdo, pero no la que en ésta se atribuye al pasado. Pues no se recuerda más que lo que se imagina y el núcleo de la imaginación se constituye mucho antes de que pase lo que sea que cualquiera pueda llegar a recordar. La imaginación de cada uno es más antigua que su memoria y es ella la que sin hacer preguntas distribuye los roles entre las figuras del álbum, que así ya no remiten a un ocasional modelo pretérito sino al jamás nacido intérprete de un teatro privado.

dioses

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Lo que queda grabado

a plena voz

La voz de los cantos

De todas las conversaciones que pueden crecer en un jardín durante un coctel, que no recuerdo a qué ocasión se debía pero sí que tenía lugar entre los árboles de una bien instalada agencia literaria, la fructífera en este caso resulta deberse no a un malentendido pero sí a un desencuentro o quizás, mejor dicho, a una expectativa frustrada, aunque sin consecuencias, que tal vez no haya sido más que la manifestación, tan casual o tan sutil que no todos los participantes en el diálogo tienen por qué haberla percibido, de una diferencia de orientación, ínfima en un principio pero capaz de crecer en la distancia como un ángulo de muy pocos grados al abrirse, en la elección de objeto, podemos llamarla así, por mi parte y la de mis interlocutores. Éstos eran dos novelistas latinoamericanos residentes en Barcelona, uno de ellos compatriota mío, cuyos hijos van al mismo colegio, con lo cual comparten al menos dos grupos de pertenencia y relaciones sociales, de los cuales yo conocía un poco a uno, que me presentó al otro. Entre ellos la conversación ya estaba empezada, y se notaba además que era tan sólo un capítulo más de un largo diálogo, de modo que cuando escuché lo que fue presentado con el tono de una confidencia a su buen amigo por mi compatriota tuve la impresión de ser un intruso, a pesar de mi derecho a estar allí donde la confidencia era hecha. Pero si ésta, que no lo era, lo parecía, no era a causa, como advertí luego, de un propósito de discreción que me excluía por parte de quien hablaba, sino debido a la alta estima, que parecía sugerirle la posibilidad de que el precioso objeto en cuestión y a salvo en su casa fuera robado durante su ausencia por quien contara con la información oportuna, en que tenía a la cosa misma que constituía su tema de conversación. Algo de la devoción de otros por los objetos sagrados se transmitía a su voz velada por la necesidad de contener, en la circunstancia impuesta por el evento social, una pasión: la del lector coleccionista o por lo menos aficionado a los manuscritos de los autores que admira, así como a sus objetos personales u otros rastros que hayan dejado en la ruta imaginaria por la que lo precedieron, ya que también él escribe en este caso, con todo el fetichismo implícito en su condición y la satisfacción siempre más o menos furtiva, por el presunto rechazo del prójimo a todo lo excesivo, que lo lleva a adoptar maneras propias de una clandestinidad ejercida más como defensa que justificada. Su compañero de oficio y de grupo de padres compartía con él además este gusto, aunque quizás no con la misma intensidad, ya que fue él quien, sintiéndose tal vez responsable por mi asistencia a la escena, procuró incluirme en el diálogo preguntándome, a lo que no era una locura esperar una respuesta positiva, si no tenía yo también el gusanillo de los manuscritos, los ejemplares dedicados, la correspondencia autografiada, los cuadernos de notas tomadas a vuelapluma, las correspondientes plumas abandonadas, los artículos de escritorio o de fumador y demás tesoros de bibliófilo, poetófilo o novelófilo como el original de puño y letra del moderno clásico estadounidense adquirido por su colega en más de un colegio. Pero, al igual que todavía años atrás cuando una amiga, hasta hacía entonces poco tiempo antes aún el consentido objeto de mi mayor interés, al observar mi falta de éste en los llamativos adornos situados sobre la mesa ratona entre ambos, me preguntó si me gustaban los objetos y me hizo tropezar con la verdad de que además, en general, me eran antipáticos –lo que había anticipado ya un amigo al describirme, sin que entonces me sintiera tan reconocido, como “reñido con el mundo de los objetos”, cuestión sobre la que también me interrogaría mi analista mucho después en el curso de una productiva sesión-, me vi obligado a responder que no. Sólo para enseguida oír en mi interior la verdadera respuesta escamoteada, es decir, no la mera negativa a lo propuesto sino aquello que afirmaría en su lugar, respecto a lo cual sentí un pudor comparable con el adivinado o supuesto por mí en el comprador debido a su flamante reliquia y guardé un proporcionado silencio, desconfiando con tino de la mesura con que sería capaz de ofrecer a mi amable interlocutor una charla adecuada a la situación en lugar de censurable por lo inoportuno, más que del tema, del tono y la temible extensión de un discurso espontáneo. Sin embargo, hasta la ocasión social aquí evocada, con tantos escritores haciéndose oír a la vez mientras el sol se deslizaba sobre las vacías copas de los árboles, hubiera dado pertinencia a la cuestión. O precisamente por eso, de acuerdo con el código de la más elemental prudencia diplomática, era mejor evitarla y por una vez lo hice.    

Paradis live

Paradis live!

Son las voces las que son eternas, los momentos de voces. Existe un destello de voz que lo atraviesa todo y subsiste más allá de todo. A tal voz, tal destino para siempre. No lo que es dicho, la voz sola, súbitamente aislada, incesante, ingrabable, imprecisable. ¿Cómo se las arreglan para no oírla? ¡Escucha! ¡Acuérdate! ¡Escucha! ¡El mundo es una ininterrumpida y masiva alucinación de sordos! ¡Escucha mejor! (Philippe Sollers, El secreto) Este pasaje aparece justo después de la muerte de la madre del protagonista de la novela y no es por casualidad: hay que admitir, como su aspecto de reliquias en el referido caso de los manuscritos, las cartas y demás partes del legado de un escritor que no son estrictamente su obra, el origen de ultratumba de esas voces ya sin cuerpo que atesoramos quienes, por sobre todo bien tangible o acumulable, nos inclinamos hacia aquello que no se sostiene más que por el crédito. Pero a la vez, como bien lo señala Faulkner en relación con la manera en que el novelista dispone en su texto las cosas de tal modo que éstas vuelvan a vivir y entrar en acción cada vez que un lector se interesa por determinada historia, reliquias y voces pertenecen a un orden distinto que el de la biología, por lo que no es la muerte la que tiene la última palabra respecto a lo que ellas tienen que decir sino que el eco por ellas levantado permanece suspendido entre los vivos por tiempo indeterminado: las transformaciones de la materia garantizan la travesía. Dejo a un lado los objetos para que los recojan quienes sepan qué hacer con ellos, pero retengo lo que en mí provoca una emoción estimulante y productiva: las voces, en este caso las de los escritores, diferentes de las de cantantes, actores, testigos y otros intérpretes por la distinta configuración que en literatura resulta de la combinación de los elementos casuales y voluntarios de cualquier elocución. Hoy es fácil acceder a la escucha directa de lo que durante décadas se transmitió mayormente a través del rumor escrito en ensayos, suplementos y revistas literarias: las grabaciones, cada vez más raras a medida que retrocedemos en el tiempo, de fragmentos de su obra por autores como Joyce, cuya lectura de Anna Livia Plurabelle, capítulo de Finnegans Wake, resulta tanto más clara –y luminosa- para el oído que para el ojo poco habituado a semejantes partituras, o Pound, que al declamar el canto de la Usura hace del temblor de su vieja voz el de la “no conquistada llama” del “fine old eye” mencionado al final del Canto LXXXI. Todo esto ahora se puede oír en YouTube, como el Aullido de Ginsberg, el convite de la “oscura pradera” de Lezama o variaciones como el mismo Canto LXXXI leído en italiano a Pound por Pasolini de visita y, si nos ponemos exquisitos y queremos algo de algún extemporáneo como Pierre Guyotat, por ejemplo, podemos recurrir a UbuWeb, donde es posible que descubramos a más autores de todo el mundo ignorados en las librerías y medios culturales de la región que habitemos. ¿Sirve de algo esta exposición aparte de como curiosidad, entretenimiento o fetiche? La crisis del libro hace olvidar la pérdida del oído literario característica de un público habituado a la imprenta, la música de fondo y la comunicación visual, pero esa hipoacusia podría empezar a corregirse frecuentando estos registros, donde la interpretación de Ginsberg, por ejemplo, agrega al texto del poema la evidencia de la intención de su autor mucho menos de provocar que de ser comprendido, o la voz de Lezama puesta a la distancia de la conversación –la perfecta, según no puedo recordar quién- convence de su humanidad cotidiana a cuantos no lo imaginen fuera del Parnaso de la calle Trocadero. Es muy poco, si pensamos en los ecos que antiguamente la oralidad podía extraer del corazón del oyente, pero si la partida por el oído del lector, a pesar de los sucesivos esfuerzos de Joyce, Beckett, Sollers o Guyotat, está perdida u olvidada, así como en el teatro parece que habrá que resignarse al predominio del espectáculo orquestado sobre el contrapunto dramático de voces, cuerpos e ideas, también puede venir de esa pérdida la fuerza que se echa de menos en los mecanografiados textos nacidos del hábito de absorber y almacenar datos. A la nostalgia del paraíso corresponde la elevación de la elegía y es este tipo de impulso el que cabría esperar.

A coro

El reverso del music-hall

Qué no daría el lector de clásicos por cualquier grabación de Stendhal animando algún salón o de la voz con la que el joven Sófocles no pudo cantar sus tragedias. Pero no pidamos tanto de una máquina del tiempo tan reciente, ni siquiera en la era digital: tenemos todo el siglo veinte para pasearnos buscando discos, como era costumbre de muchos en las últimas décadas de esa época. Con Internet será menos ejercicio, pero iremos de hallazgo en hallazgo. Dudo de que hubiéramos podido encontrar jamás en ese entonces, por ejemplo –aunque sí tropecé en la biblioteca de la Alianza Francesa con un perdido ejemplar de la prohibidísima Bagatelles pour un massacre-, un curioso sencillo grabado en el París de la postguerra por un médico muy mal considerado cuya condición de monstruo ideológico dificulta para más de un buen lector el acceso a su obra. La canción, entonada por el diestro vozarrón de su autor y acompañada por un acordeón de lo más vernáculo, se titula, muy significativamente en relación con la mirada de su mal mirado intérprete sobre la especie, tironeada entre la clandestinidad y el reclutamiento, Le règlement. A quien no pueda con el Viaje, Muerte a crédito, Guignol’s Band y el resto de la esperpéntica colección del doctor Destouches, lo invito a tomarle el pulso con este corte irrepetible. ¿Quién es el que canta? ¿El señalado mensajero de la muerte o el que tiene la vida de su parte y en su puño mientras escribe, mientras transcribe “la emoción de lo hablado en el escrito”? ¡Escucha! ¡Acuérdate! ¡Escucha! ¡El mundo es una ininterrumpida y masiva alucinación de sordos! ¡Escucha mejor!

Jimmy plays the blues

Jimmy plays the blues

Para escuchar Le réglement: http://www.youtube.com/watch?v=8r8_lITLKpM

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Impromptu valeriano

Cine de poesía (Pierrot le Fou, Jean-Luc Godard, 1965)

Cine de poesía (Pierrot le Fou, Jean-Luc Godard, 1965)

¿De qué depende entender un poema? La mayoría de los lectores no lo son de poesía, así que éste no es problema suyo. Sin embargo, no son pocos los versos con los que cada día entran en contacto, por azar o a través de esa escucha casual que se presta a la radio o a la música de fondo en bares y demás sitios de esparcimiento. Algo hay que cantar en las canciones y tal contenido ha de responder a la métrica regular del cuatro por cuatro, lo que al fin y al cabo es poesía, si bien de segundo orden, aunque lo mismo cabría decir de la prosa más comúnmente leída si vamos a guiarnos por las listas de los volúmenes más vendidos. Pero no vamos ahora a meternos con esos otros enigmas, así como los lectores que le sirven de objeto no se preocupan por lo que no reconocen como lectura, ya que el propósito de esta breve nota es otro: indicar que, así como hay para el poeta un momento de inspiración, ese instante en el que recibe su visión o revelación del asunto a tratar o transmitir, más allá de que luego le lleve unos minutos, horas, días o años alcanzar la expresión perfecta o más acabada de lo que en ese punto del tiempo ha percibido, para el lector, aparte de todos los análisis y exégesis que pueda dedicar a una composición con el fin de  entenderla cabalmente, sobre todo si se trata de una pieza posterior a 1870, fecha a partir de la cual se multiplicaron las obras que, a diferencia de lo que ocurría en épocas previas, ponen ante todo en evidencia, cuando alguien se les acerca por primera vez, su oscuridad y dificultad de interpretación, existe una posición, un punto de vista a encontrar, desde el cual, como cuando se ha dado con la perspectiva adecuada para acceder a una imagen, todo en el poema se vuelve diáfano y es percibido con la misma unidad con que el objeto de la obra, reconstituido, le fue manifestado al poeta en un comienzo. Si el lector es capaz de sostenerse en esa posición a lo largo de su lectura, todas las puertas que permanecían cerradas durante tantos abordajes hechos desde ángulos difíciles pero no acertados se le van abriendo. Existe una manera parcial, fragmentaria de esta revelación en la manera en que a menudo comprendemos de golpe el sentido de un verso durante un momento preciso, no de la lectura, sino de la vida, cuando ya hemos cerrado el libro hace mucho pero de pronto una línea, ante el estímulo adecuado, resurge límpida en nuestra mente y su sentido es señalado con la claridad y el carácter súbito de una flecha. Previendo con fe ese momento es quizás que la poesía busca formas memorables, en los dos sentidos del término: lo que queda latente y a oscuras en el fondo de nuestra conciencia emerge radiante el día menos pensado. Pero no todo depende del azar de un estímulo cualquiera, sino que también puede hacerse una búsqueda, dar su parte a la voluntad en esta aventura. Como en el método de Stanislavski, una rápida sucesión de las etapas de relajación y concentración, imprescindibles en la lectura, puede llevar a una acción eficaz durante ese acto discreto que es leer.

El cementerio marino (Séte, sur de Francia)

El cementerio marino (Séte)

A modo de ejercicio puede hacerse el siguiente, que de paso comporta también el descubrimiento de una bella ciudad portuaria, si uno no la conoce, y un paseo envidiable para todo aquel sumido en el fondo del invierno. En Séte, al sur de Francia, se encuentra el cementerio marino en el que Paul Valéry, hijo dilecto de esta comuna, se inspiró para su célebre poema homónimo. Ríos de tinta se han vertido a propósito de esta obra que para un par de generaciones representó la cima absoluta del arte, la poesía y la cultura, lo que más que parecer desfasado debería dar ejemplo a la nuestra. Por no hablar de las innumerables variaciones sobre sus versos a que han dado lugar las muchas traducciones que se han propuesto el difícil cometido de transmitir todos los ecos y sutilezas del original a otras lenguas. Unas y otras interpretaciones pueden tener más o menos valor objetivo, pero el conjunto que forman en torno a su objeto no deja de recordar, para todas por igual, esa frase de Carlyle que le gustaba citar a Borges: “Toda obra humana es deleznable, pero su ejecución no lo es.” El cementerio marino reúne así a su alrededor una enorme cantidad de puntos de vista, dotados cada uno de ellos de una voz propia más tímida o más audaz, y cada lector que lo visita queda invitado a sumar el propio. Pero existe para todos, abierta en medio de las soleadas tumbas y mediterráneos sepulcros, una perspectiva desde la cual es posible, manteniendo siempre en mente la visión que ofrece, leer completo el poema sin extraviarse nunca y accediendo especialmente a su unidad sostenida a lo largo de las veinticuatro estrofas de seis versos regulares cada una sin que las ocasionales dificultades de comprensión parcial oscurezcan la percepción del conjunto. Basta no apartar de la mente, durante la lectura, la visión del mar tal como lo describe el poema y como puede comprobarse desde la aireada altura del cementerio, para que el poema fluya ante los ojos de cualquiera como un río ya no de tinta sino de agua clarísima e igual de fresca. Es muy sencillo sin dejar de ser complejo, como una ecuación bien resuelta. Pero dura más que una cifra y permite bañarse en él, nadar y salir del agua sintiendo el sol y el viento en los hombros y la arena bajo los pies. De esto no se puede hablar en un ensayo y hay que callarlo, como decía Wittgenstein, pero es precisamente a ese silencio y no a otro que la visión del mar desde el cementerio a través del poema da acceso y vía libre al lector.

"Homme libre, toujours tu chériras la mer!" (Baudelaire)

“Homme libre, toujours tu chériras la mer!” (Baudelaire)

 

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El guante de la amargura

desafío

Un clásico espera

Desaire. Un buen libro es un desafío a las costumbres de los lectores. Habitualmente éstos no lo recogen: ni el desafío, ni el libro.

Ruido blanco. “Que tus palabras sean dignas del silencio que rompen.” La baja calidad del silencio característico de la conciencia del televidente modélico ha hecho la fortuna de los medios.

Sin gracia. Hay accidentes afortunados, pero el orden nunca lo es. Y ni siquiera cuando es feliz. O, más bien, esta felicidad hay que encontrarla hecha para poder hablar de suerte, de fortuna: un orden ya instalado que favorece a quien se lo encuentra, como en el caso del heredero de unos padres sabios, ricos y afables. Lo extraño en estos casos es ese empeño tan común en reencontrar el desorden, el azar sin privilegios que los ahorros de los mayores le han ahorrado al descendiente, que no halla mejor manera de confirmar su destino que prestarse a una caída sin excusas. ¿Gracia invertida o falta de gracia? ¿O pérdida de la provista por la previsión ancestral? Desenlace, a seguir por interminables ecos y epílogos, de la escondida crónica de un imprevisto anunciado.

Dialéctica de la fuga. Contra los géneros: reivindicar el melodrama contra el minimalismo, el realismo contra el melodrama, la fantasía contra el documento, la historia contra la leyenda, el mito contra la crónica, la crítica contra la ficción. Sin contrarios no hay progreso y éste es tanto más necesario cuando el camino no lleva a ninguna parte.

El libro más leído del mundo después de la Biblia

El libro más leído del mundo después de la Biblia

Después de la restauración. Atravesar la impostura de la novela: programa para un escritor contemporáneo, más aún si es un narrador y especialmente si es novelista.

Mímesis. Carácter mimético de la cultura de la imagen. Perfecta para aprender a copiar, tiende sin embargo a disuadir al aprendiz del análisis, con lo que el reflejo acaba por sustituir a la reflexión y da inicio a una era de plagio autorizado. Es decir, generalizado, devenido norma y hasta ejemplo en la vida diaria, especialmente en la laboral. Circulación de las imágenes enmascaradas por su propia condición de imitaciones, copias, reproducciones automáticas, absueltas de antemano de toda responsabilidad respecto a su sentido en razón de su inagotable fondo de ambigüedad. Inocencia de las imágenes ante la mirada culpable y las palabras acusadoras. Devenir imagen, objeto sublimado, vida plena. Para el creyente en la imagen, ésta no es una representación sino la realidad misma.

Rolling Stone en los 80

Allá por los años 80: Rolling Stone se corta el pelo

La moda como arma de obsolescencia. La moda es muy buena para descalificar, desde la actualidad, lo que sea que se quiera dejar atrás y perimido a ojos del gran público. Es volver contra lo que sea la misma arma o el mismo espejo con los que se hizo reconocer. Un hippie es un muerto en vida y así sucesivamente. La continua reposición de productos, el lanzamiento en continuado de novedades reales y aparentes, el eterno retorno de estilos arrebatados a sus portadores originales, todo esto es parte del mismo paisaje fugitivo que en todas partes rodea a los pasajeros contemporáneos. En ese tráfico habitual, ¿quién podría ver la mano que entre el tumulto empuja al tropezado a su definitiva caída, quién adivinaría su intención? La moda de otro tiempo identifica a quien está fuera de juego, pero, si es así, ¿por qué atacarlo? ¿No serían sus semejantes los más ansiosos por hacer el trabajo?

Tasar a la baja. Costumbre crítica de nuestro tiempo: ese modo de evaluar obras aprobando sin admiración o reprobando con suficiencia, procurando devaluar lo que sea para no ser engañado y dar a entender, sobre todo, que uno no es engañado, que uno sabe cuánto hay de fraude en la construcción de ficciones, imágenes y sonidos. Que el fraude está precisamente en la construcción, en la transformación y en la disposición de una materia cuya realidad sólo es probada por el cuerpo enfermo, la mente extraviada. Quizás esta pose crítica corresponda a todos los tiempos: nada de lo que se haga satisfará la expectativa de quien exige un original tan resistente al análisis como la creación divina. La cual, desde que dejó de serlo, cada vez tiene más difícil conservar su valor.

Dos tipos audaces

Dos tipos audaces

El garante de mi aburrimiento. Julián Assange en conversación pública con Slavoz Zizek. Me acuerdo de alguna vez haber bromeado diciendo que, en mi opinión, Zizek era a Deleuze como los Guns’n’Roses a los Rolling Stones. Pero ahora el modo en que su discurso, su pensamiento en voz alta, con su rugoso acento polaco tallando el consensuado inglés internacional dentro de una forma disonante, lo desborda a medida que se produce y nace de su agitación intelectual, difícil de controlar para él mismo, generando paradójicamente con su ansiedad que exige una respuesta el vacío que le permite avanzar y crecer a la manera de un fuego por un territorio, me simpatiza y me atrae hacia él. Por el contrario Assange, alto, rubio y con sus dos zapatos negros bien calzados, revestido fatalmente de un aire patricio que exuda riqueza, poder y dominio, como un villano de Bond pero con ideales libertarios en lugar de imperiales y sin embargo manifestando en todo momento un control de sí mismo y de una situación, social como aquella en la que se encuentra, a la que me parece permanecer más atento que al desarrollo de cualquier idea, en fin, Assange, con su liderazgo asumido bien propio de un jefe, de esa presencia central que sosiega a la tribu reunida a su alrededor, me aburre. Es más: como el héroe de los melodramas que irrumpe e interrumpe la acción conflictiva pero conjunta del villano y la heroína, restaurando el orden allí donde una brecha se había abierto –por más que los medios y los EEUU le adjudiquen justo el papel contrario-, no sólo me impacienta y fastidia, sino que reconozco en él, en su alta figura, al catalizador del orden, al margen de que lo sea o no, y al tótem en torno al cual todos coinciden y se ponen de acuerdo: el garante de mi aburrimiento.    

Firma. Otros saben lo que quieren. Yo quiero lo que sé.

guante

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La vocación suspendida

editor

El editor es la estrella

Durante los últimos cuatro o cinco años, que en el futuro serán considerados como los primeros del siglo todavía, han ido apareciendo distintos testimonios de intelectuales o profesionales de la cultura abjurando en cierto modo de su vocación, aunque siempre dentro de cierta hipotética retrospectiva sujeta al modo subjuntivo, mediante el comentario de que en los tiempos actuales, tan distintos a aquellos en los que iniciaron su actividad, hace tres o cuatro o cinco décadas, en lugar de dedicarse a la edición o a la crítica, por ejemplo, preferirían tal vez hacer otra cosa. Declaraciones semejantes se le han oído a editores como Jorge Herralde, al cabo de una carrera que no es aventurado calificar de exitosa, pero también a muy reputados críticos cinematográficos tanto estadounidenses como británicos y europeos después de décadas de estudios de una disciplina tomada cada vez más en serio. Y eso, en mucho más de un caso, no sólo debido a la consabida y creciente presión del mercado del entretenimiento sobre las artes y el pensamiento, su producción y comunicación, sino también, lo que es más preocupante por el aguzado nihilismo que implica por parte de todas las partes, a causa de lo insatisfactorio de los objetos estéticos a considerar, es decir, los libros, las películas y demás creaciones en sí mismas, una tras otra en general demasiado poco estimulantes como para dedicar una carrera o una vida a su apreciación. Con este juicio sobre un número demasiado elevado de novelas, en especial primeras novelas, sometidas a su consideración justificada y fatalmente negativa, cerraba hace unos años, todavía antes de la crisis de ventas, una serie de colaboraciones en el suplemento Babelia del diario El País un crítico que para ese cese no argumentaba otro motivo que su propia expectativa una y otra vez defraudada. Los griegos vieron la muerte de la tragedia y el público londinense la decadencia del teatro isabelino, de modo que no habría por qué suponer que,  por el solo hecho de que el ingrato fenómeno vaya a ser contemporáneo nuestro,  al esplendor de un arte no pueda seguir su deslucimiento. Pero, aun teniendo en cuenta no sólo la aparición de numerosas editoriales independientes que dan fe de la existencia de nuevas vocaciones sino también la edad de la mayoría de los que declaran su falta de entusiasmo por el presente, tanto si es éste un período de mutación o de agonía, lo que resulta singular es la interrupción, aunque tal vacilación no dure más que un momento, interrumpido a su vez por la urgencia de los asuntos cotidianos, de la corriente de identificación habitualmente fuerte entre quienes se acercan al retiro y quienes se inician en una profesión, más allá de ocasionales diferencias ideológicas y de los obvios factores generacionales. Cabe interrogarse entonces acerca del temblor de una figura o de una silueta, de un ejemplo a seguir en el espejo donde cada profesional proyecta su carrera o a sí mismo, y de aquello que desdibuja su contorno, amenazando su forma. Y la primera respuesta que surge, aunque podrían darse otras, acerca el problema al de la literatura misma frente al imperio de la comunicación y el entretenimiento en el que hoy vive o sobrevive. Pues así como la exigencia de inmediatez impone un imaginario ya en circulación y una lengua bien masticada al diálogo supuesto entre autor y lector, el marketing estratégico homologa la actividad editorial al conjunto de las industrias y negocios dejando poco margen, en el cumplimiento de una función, a la expresión más personal de quien la ejerza, y con la misma política de empresa, lógicamente seguida por los lectores cuya forma de leer homologue lo adviertan o no la lectura a un consumo, se topará el crítico que al opinar olvide su rol forzoso de publicitario encubierto. Ya que éste, como los otros, no depende de su elección, sino de la capacidad de interpretación de los que accedan a sus distintas manifestaciones y de lo que puedan deducir de ellas: entre las cosas más fáciles de entender en nuestro mundo, aunque el mensaje no ponga el acento en ella, está la incitación a la compra. Marcas y nombres, en tal contexto, tienden a perder valor continuamente: como si ya no significaran lo que antaño, signos antes poderosos que ya nadie toma en serio. Y sin embargo, como señales, todavía determinan elecciones y actos, cada uno de poco valor tal vez, sobre todo en el fondo a ojos de quienes los realizan, pero de utilidad al ser aquél multiplicado por la cantidad de sus ejecutantes y repeticiones. A un nivel, es suficiente. Pero a otro, precisamente a ése donde las ideas de bien común y beneficio propio, si coinciden, pueden determinar una vocación y lanzar una carrera, no. Calidad y cantidad no equivalen. Los miles y millones de ejemplares vendidos o espectadores reunidos pueden dar una idea del éxito pero no de la realización, pues es en la diferencia entre oferta y demanda, no en la adecuación de una a la otra, que una identidad se expresa. ¿Narcisismo? En el peor de los casos. Todo lo contrario de los mejores, cuya excepción constituida en ejemplo, al romper el círculo de la entropía, abre para cada generación cuando menos un pequeño paso.

El gesto de Bogart

A la manera de Bogart

Vuelta adelante. La realización es una reintroducción del pasado en el futuro. La vocación, tanto más cuanto más clara, cuando por fin se manifiesta de manera positiva lo hace por lo general a través de una imagen que suscita la emulación, de un modelo cuya perfecta encarnación, por otra parte, ya se ha dado a ojos del que mira en un tiempo anterior, en la carrera, la obra o la figura del que querría para sí como predecesor que sin embargo ya ha consumado la tarea con su ejemplo. Para su tiempo. Quien siguiendo esas huellas busca un camino propio, y no ser la farsa de aquella tragedia, descubre pronto el aspecto trágico de su propia situación: la falta del contexto, histórico, social y político, en que la forma elegida como guía pudo trazar su contorno. Pero es justo esa falta la que le indica el vacío por el que puede avanzar, y sí: el presente suele ser árido. Pues mientras vamos hacia cada día siguiente preocupados por los frutos que el árbol todavía no da, lo que deseamos del mañana no es nada nuevo sino, aunque sea en secreto u olvidado, la resurrección, la redención, la revolución o aun la revuelta, presentes en cada reivindicación resucitada. Quien desea ir más allá de lo que cada día le pone en el plato, entonces, se vuelve hacia el ayer. Pero ésta no es una vuelta atrás, sino la vuelta adelante de lo que fue abandonado.

el lenguaje de las flores

Cuando predomina lo intelectual

Pasión intelectual. Ana Muñoz Merino, jefa del antidopaje español: “Mi pasión es sobre todo intelectual. Necesito sentir respeto intelectual a mi jefe para poder trabajar. Quizás por eso a veces me dicen lo de díscola o rebelde, porque cuando pierdo ese respeto lo digo y me tengo que ir de donde estoy.” Escrito con la mayor simpatía, bajo presunción de respetabilidad: quizás ése sea el destino de toda pasión intelectual en relación con el entorno social o el establishment donde vive y fatalmente crece. Pues la pasión intelectual siempre acaba por atravesar su objeto, provisorio, y en el proceso va royendo hasta destruirlo por el análisis el pedestal del semblante, de la apariencia, de la persona, de la máscara, del disfraz que por fin se le aparece al desnudo y a partir de entonces permanece vaciado, incapaz de despertar la emoción valorativa que llamamos respeto. Es el precio que paga la razón por su constancia, en el fondo una pulsión.

"Usted nunca ha visto algo así"

“Usted nunca había visto algo así”

Crítica de la crítica. Park Chan-wook, Stoker: ¿por qué lo que “no se parece a nada que usted haya visto antes” ha de ser “un ejercicio de manierismo en el alambre del exceso”? Esto es lo que dice la crítica de esta película, cuyas imágenes por otra parte no me parecen tan irreconocibles en la cartelera. Pero la cuestión es otra: ¿hay algún descubrimiento o sólo variaciones, manipulaciones de lo ya dado, en estos casos de renovación por la forma, de formalismo extremo al menos según se lo suele considerar? Los momentos de desembarco de la historia del cine, Lumiere o Griffith, Ford o Renoir, el neorrealismo o la nouvelle vague, se nos aparecen en cambio como simplificaciones, como aperturas de una vía muy simple hacia una realidad más compleja precisamente por los nuevos elementos que estos enfoques más desprejuiciados hacían aparecer. En el viejo cine se trataba de una luz que penetraba en una cámara oscura; hoy se hace evidente que el espacio no es un lugar sino un concepto, pero nadie salta fuera de su propia sombra.

Invitación al baile. ¿Cómo evitar la parálisis generada por el consenso? Cuando en un grupo a partir de una fórmula todos estén por ponerse de acuerdo, retirar una silla.

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