Torturar a la heroína

Del escenario a la página

Es de lo más habitual adaptar narraciones al teatro. Ésta es la trasposición al lenguaje narrativo de un breve melodrama ya publicado en este blog (https://refinerialiteraria.wordpress.com/?s=episodio+fatal). El estilo o jerga de folletín corresponde a esa fuente. El pasaje del presente de indicativo al pretérito indefinido, es decir, del tiempo verbal propio del drama al más común en la narración, subraya el carácter único, que la diferencia de las hipotéticas representaciones anteriores, de la función aquí narrada.

La última vuelta del vals

La última vuelta del vals

EPISODIO FATAL

En el teatro, el secreto del éxito es torturar a la heroína.

(Salacrou)

            Había cada vez lo mismo: la novia en peligro, el villano amenazante y el galán al rescate. Lo que variaba eran las circunstancias. Por ejemplo esa vez, después de que la música habitual anunciara, en la acostumbrada oscuridad, el esperado momento culminante, a nadie sorprendió la blanca aparición, bajo un espectral rayo de luz, de la novia desmayada y caída a tierra como un ángel abatido en pleno vuelo. Sin embargo, a pesar del simultáneo estremecimiento que recompensó a los primeros en advertir la gruesa cadena abrazando el fino tobillo desnudo, ni el más sagaz de los espectadores hubiera sido capaz de anticipar a qué conducirían los pesados eslabones sujetos por su otro extremo a una gran bola negra de presidiario.

            El villano se deslizó en escena sin que nadie se fijara en él, hasta que la cínica sonrisa con que observaba a su cautiva resultó ya intolerable. Todo el mundo contuvo el aliento cuando, ceremoniosamente, extrajo de su chaqueta el encendedor de oro responsable de tantas catástrofes y lo acercó, para horror de los corazones allí apiñados, a la punta de la larga mecha que asomaba, sí, de la cruel bola de hierro a la que estaba encadenada la inconsciente. Después encendió uno de esos cigarros suyos largos y finos cuyo humo solía echar con displicencia a la cara de sus interlocutores y acompañó con su lento consumola febril extinción de la mecha, sin que insultos ni advertencias alcanzaran a perturbar su placer o despertar a su víctima.

            Fue entonces que irrumpió el galán y la acción se precipitó. Disgustado, el villano cambió su cigarro por un látigo que traía bajo la capa. Situado entre el intruso y su amada, sacudiendo el azote a escasos centímetros del rostro idolatrado, los sofocados alaridos femeninos que escapaban de la platea le procuraron un nuevo goce. Pero tampoco esta pantomima podía prolongarse. En alguno de los pasos más aventurados de la ensayada coreografía, el galán consiguió atrapar el látigo al vuelo y de un tirón atraerse a su adversario para derribarlo de un solo puñetazo en la mandíbula. Toda la concurrencia pareció arrojarse junto a él sobre el caído cuando fue a inmovilizarlo en el suelo con una llave de lucha libre.

Quédate conmigo

Quédate conmigo

La novia despertó en ese momento. Sus ojos se posaron en la bomba ya por estallar y no pudo contener un grito. Como movido por un resorte, el galán soltó al villano, corrió hacia ella y logró apagar la mecha justo a tiempo. A sus espaldas, el villano aprovechó para huir. Olvidando a su rival, el galán abrazó a la novia y la besó con toda la pasión que ya había desplegado en la lucha. Como siempre, con el beso acabó el espectáculo. A solas con su partenaire, el silencio pareció despertar al galán.

–Mi salvador… ¿Qué sucede? –indagó ella.

–¡El muy canalla! –dijo él, mirando en torno-. ¡Ha vuelto a escapar!

–¡No lo persigas! ¡No me dejes! –rogó ella, abrazándose a él.

–¿Es que siempre ocurrirá lo mismo? –se dijo él, airado.

            No alcanzó a responderse. Allí estaba su empresario aplaudiéndolos.

–¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡Un éxito pleno! ¡Rotundo! ¡Total!

–¿Se ha vuelto loco? –reaccionó-. ¡Ese rufián continúa en libertad!

El empresario era un firme creyente en la vieja máxima según la cual el secreto del éxito en el espectáculo consiste en torturar a la heroína. Su traje de tres piezas, su reloj con cadena, su gran panza y el grueso cigarro que fumaba testimoniaban la prosperidad que debía a su fe.

¿Es bueno? ¿Es malo?

¿Es bueno? ¿Es malo?

–Comprendo su decepción, joven –se condolió un momento, aunque no tardó en reponerse-. ¡Pero qué espectáculo! ¡Si hubiera visto la sala! Ya sé que se lo tengo prohibido –admitió, para enseguida reemprender sus ditirambos-. ¡Cómo el destino de la pequeña virgen los mantenía en vilo! Todos sentados en la punta de sus butacas. Y a pesar del cartel de localidades agotadas, afuera seguían atropellándose para entrar. ¡Lo que puede la inocencia! –concluyó riendo y sacó una cigarrera dorada-. ¿Un puro, amigo mío?

–Sabe que no fumo.

–Siempre reñido con los placeres mundanos, ¿verdad? –concedió sin rencor el empresario guardándose la cigarrera-. Lo admiro –afirmó-. ¿Pero ha pensado en el futuro? Algún día querrá sentar cabeza. Y entonces se alegrará de tener una suma en el banco. ¿Y sabe a quién deberá agradecer su fortuna, hombre íntegro? ¡A mí! ¡Al que lleva las cuentas!

–No sé cómo puede hablar de dinero en semejante situación. ¡Cuando la vida de una inocente corre peligro!

–¿Peligro? ¡Estamos labrando el bienestar de su novia! ¡Y de sus hijos! Si es que usted, como todo hombre de bien, planea casarse.

–Antes debo asegurarme de que ninguna pesadilla vendrá a enturbiar ese sueño.

–La seguridad de su prometida está asegurada. Y vale la redundancia. ¿Sabe cuánto recaudaremos con su próxima aparición?

–Conozco la esclavitud bajo contrato.

–¡No hay libertad sin libertad económica!

–¡Ni con cadenas en los pies!

–Perdón, es el entusiasmo –se disculpó el empresario sin convicción-. ¡Si hubiera visto cómo el público miraba esta cadena! –añadió, sacando una llave para liberar a la novia-. A propósito, deberíamos reponer la rutina del péndulo. ¡Y la del pozo de serpientes!

–¡Oh, no! –manifestó ella su horror.

            Pero el galán no llegó a escucharla. Ensimismado, debatía en un aparte la cuestión que lo obsesionaba.

La soledad del héroe

La soledad del héroe

–¿Cómo pudo haberse evadido? Lo tenía aquí, aquí mismo, dominado, paralizado con una llave infalible –se decía, de pie en el punto en el que había conseguido, como era habitual, detener al villano-. Cuando, de pronto, se hizo humo. ¡Igual que en el capítulo anterior! ¡Y el anterior! En el preciso momento en que ya lo había vencido. Cuando sólo faltaba entregarlo a la justicia. ¿Pero qué ocurrió entonces? ¿Cómo pudo escapar?

Al empresario no se le escapó el interrogante.

–Está muy nervioso –dijo a la novia-. Te ruego que lo distraigas. Que se calme un poco. Yo volveré en cuanto haya atendido unos asuntos.

Sin dar más explicaciones besó a la novia en la frente y salió llevándose la bomba, que hizo botar un par de veces contra el suelo. Abstraído, el galán ni lo oyó.

–¿Podríamos revisar los capítulos anteriores? –propuso y advirtió que tampoco a él lo oían-. ¿Dónde se metió? –preguntó a la novia.

–Nos dejó a solas –respondió ésta sonriéndole.

–Me pregunto qué se traerá entre manos.

–Siempre logra sorprendernos, ¿verdad?

–¡No puedo tolerar que la utilice como cebo para esa audiencia sedienta de sangre!

–Por favor, no hable así. Me inquieta.

El galán moderó su arrebato.

–Perdóneme. Pero me indigna el trato al que es sometida.

Confía en mí

Confía en mí

–Usted exagera –le reprochó ella suavemente-. ¿Cuándo salí lastimada? Es sólo un juego, un juego excitante pero inofensivo –argumentó.

–Un juego que puede costarle la vida –replicó él.

–No mientras cuente con usted.

Su confianza era conmovedora. Pero no podía compartirla.

–¿Cree que siempre llegaré a tiempo? –preguntó con cautela.

–Sí, lo creo. ¿Por qué no?

–A veces todo esto me parece estar fraguado –confesó.

–¿Fraguado? –preguntó ella intrigada.

–Sí. Como si todos estuvieran de acuerdo: el que la ataca, el que nos paga y los que vienen a mirarnos. ¿Nunca sintió nada parecido?

La miró. Era evidente que no.

–Junto a usted me siento protegida –volvió a sonreírle.

–Alguna vez no estuve a su lado –insistió él.

Una leve sombra pasajera agregó un matiz a la cara radiante.

–La primera vez. Entonces sí que sentí miedo. Yo estaba atada a la vía del tren, ¿recuerda? Así fue cómo nos conocimos.

¿Había sido así? ¿Qué diferencia había con cualquier otra vez?

–Sólo recuerdo –respondió- que ni bien la tuve en mis brazos apareció un hombre diciendo tenerla bajo contrato. Ahora ese hombre es mi jefe.

Siete vidas tienen los buenos

Siete vidas tienen los buenos

–¡Qué alivio sentí! –exclamó ella feliz al evocarlo-. Desde entonces supe que no tenía nada que temer. Podía confiar en mi protector –agregó con ojos llenos de expectativa-. ¿Recuerda el capítulo siguiente? ¡Estuve a punto de ser partida en dos y apenas pude temblar!

Un claro se hizo en la memoria del galán.

–Ése fue mi primer encuentro con su atormentador –confirmó con rara certeza-. Mientras forcejeaba con él la veía a usted debatirse bajo el péndulo. Pero una vez que la hube liberado, él pareció haberse desvanecido en el aire. ¿No recuerda tal vez cómo huyó? –inquirió esperanzado.

–Sólo recuerdo cómo me besó usted.

            La cabeza del villano se asomó a espiarlos por detrás de una cortina. Sonreía perversamente, como si alguno de sus planes estuviera por cumplirse.

            El galán se acercó a la novia.

–Querría besarla ahora –dijo tomándole la mano, pero el contacto hizo que ella retrocediera-. ¿Tiene miedo? ¿Miedo de mí?

–Por favor. Sabe que tenemos prohibido besarnos en privado.

–Precisamente cuando nadie nos ve –respondió él dulcemente-. ¿Quién nos delataría?

Ninguno oyó la cavernosa risita del villano.

–¿Usted no se lo dirá a nadie?

–¿Por qué iba a hacerlo?

–Y si llega a saberse, ¿me protegerá?

El galán la abrazó. Qué diferente hubiera sido ese beso de los que se daban ante todos al acabar cada episodio. Pero antes de que sus labios se atrevieran a tocarse la cabeza del villano desapareció tras la cortina y entró el empresario con un nuevo libreto.

–¡Todo el mundo a su puesto y dispuesto a trabajar! ¡Comenzamos otro capítulo! –anunció.

Cautiva de su imagen

Cautiva de su imagen

La novia se arrancó de brazos del galán. Sacando de su bolso un lápiz labial y un espejo de mano, se concentró en retocar su maquillaje.

–Muy bien, querida. Más ancha esa sonrisa –aprobó y corrigió al pasar el empresario-. Y usted, joven –censuró dirigiéndose al galán-, abandone esa expresión de abatimiento. El público viene a verlo triunfar.

Luego, ante los ojos incrédulos de su estrella masculina, abrió el libreto y se dispuso a leer.

–Veamos lo que les espera –dijo pensando en voz alta, y fue ojeando las  páginas con creciente satisfacción-. Siniestro… Soberbio… ¡Diabólico!

Fue demasiado para el galán.

–¡Exijo saber qué es lo que se planea!

–Usted no está en posición de exigir nada –respondió el empresario sin alzar siquiera la vista del libreto-. Relea su contrato.

–¡Se aprovecha de mi situación!

–Su situación es la de un enamorado. Aténgase a las consecuencias.

–¡Pero es que no las pago yo, sino ella!

–¿Y acaso ella se queja? –retrucó el empresario harto mientras cerraba el libreto con fastidio-. Mírela. ¿Qué es lo que ve? –interrogó, dirigiendo su propia mirada hacia la novia que cepillaba su pelo con diligencia y esmero-. Le diré lo que yo veo: a una auténtica profesional. Fíjese cómo ensaya. Con qué ahínco. Hasta qué punto conoce su papel –ilustrando sus palabras, como si las oyera, la novia ensayaba unas muecas en su espejo de mano: sobresalto, beso, alarido-. ¿Por qué no procura usted cumplir el suyo?

Procuró a su vez seguir leyendo, pero el galán no se dio por satisfecho.

–Es lo que intento –dijo, lleno de buena voluntad-. ¿Pero puedo ofrecer protección contra un peligro que ignoro? ¿Puedo garantizar mi triunfo si no sé a qué me enfrento? ¿Puedo mostrar firmeza en semejante incertidumbre?

–Usted se comprometió a tolerar el suspenso. O al menos eso firmó.

La mano en la sombra

La mano en la sombra

–¡Yo no le hablo de papeles sino de realidades! ¿No ve la diferencia? ¡Al menos míreme cuando le hablo! –exasperado, intentó arrebatarle el libreto pero el empresario eludió el manotazo y se alejó sin querer saber nada-. ¿Es que no comprende que la expone a riesgos cada vez mayores? –le recriminó él pegándose a sus talones-. ¿Que las trampas de ese criminal son cada noche más crueles? –insistió sin conmoverlo-. ¿Que el público espera crueldades aún más refinadas? –señaló sin advertir la reaparición del villano a espaldas de la novia, ahora sola e indefensa-. ¿Que pronto no habrá manera de apagar su sed de crimen? –denunció sin ver a su acusado tapar la boca de su defendida para arrastrarla al próximo escenario-. ¿Que un simple abuso más podría traer la catástrofe definitiva? ¿Se lo ha dicho a su estrella? ¡Dígaselo ahora! –lanzó el desafío, pero al volverse hacia su compañera para confrontar al empresario con ella como éste antes lo había hecho con él sólo encontró el vacío.

–La situación resulta familiar, ¿no le parece? –observó el empresario.

–¡Se la ha llevado! ¡En nuestras narices! ¡Y sin dejar un solo indicio!

–En eso se equivoca –dijo a sus espaldas el empresario sacándose un papel del bolsillo-. Mire lo que he encontrado.

–¡Una nota de rescate! –exclamó el galán-. “Socorro, amor mío” –leyó en voz alta-. ¡Es su letra! –alzó unos ojos desesperados.

–Y lleva su firma –confirmó el empresario.

–Ha vuelto a ocurrir. ¡Y por su culpa! –tronó el galán-. ¿No le advertí lo que sucedería? ¿No le pedí que me informara cuando aún estábamos a tiempo de prevenir este desastre? ¡Ahora quién sabe dónde la tiene a su merced!

–En la vieja fábrica abandonada junto a los muelles.

–¡Ahora es demasiado tarde! –gritó el galán, tomándolo de las solapas.

–Así es –dijo empresario sin alzar la voz-. No tiene tiempo que perder.

–¿Cree que no me doy cuenta de lo que pasa?

–Si no volvemos a verla, la culpa será suya.

El galán se midió con el cínico. Por fin, lo soltó.

–Muy bien. Me tiene en sus manos. ¡Pero sepa que antes de que acabe la función, también yo habré atrapado a mi presa!

El empresario siguió a su empleado con la mirada mientras éste salía lleno de brío. Una vez a solas, se acomodó la ropa. No pudo evitar sonreírse al recordar lo que acababa de volver a suceder. Consultó su reloj. Ya era hora. Miró la platea. La sala estaba llena. Midió la expectativa. Dio una orden y todo quedó a oscuras. Cuando una elaborada luz siniestra devolvió al fin la vista al público, éste descubrió sólo a la novia atada a una silla. El villano fue puntual. Traía algo pesado colgando de su brazo y sonreía como siempre.

El momento culminante

El momento culminante

–¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me persigue? –empezó la novia-. ¿Qué va a hacer conmigo? Por favor, déjeme ir –suplicó-. ¿Qué se propone esta vez? ¿Decapitarme? ¿Estrangularme? ¿Clavarme una estaca en el corazón? –como no hubo respuesta, se contestó a sí misma mientras el villano instalaba lo que fuera que había traído bajo su silla-. ¡No! ¡Déjeme adivinar! ¡Usted nunca se repite! ¡Seguramente es una prueba más cruel la que me tiene destinada! ¡Lo sé! ¡Su deseo es empujarme más allá de mis fuerzas! ¿Con qué derecho? –el villano se encogió de hombros-. ¿Por qué se ensaña conmigo? ¿Cree que se saldrá siempre con la suya? ¿Que nadie le dará su merecido? ¡Contésteme!

Sin decir una palabra, el villano alzó a la cara de la novia una máscara de gas, conectada por un tubo a una garrafa ahora evidente bajo la silla. Todo quedó espantosamente claro. La novia abrió la boca para expresar su rechazo, gritar su horror o tomar un último aliento, pero fue imposible saberlo pues de inmediato el villano fijó la máscara sobre su cara; después abrió la llave de la garrafa y con el gas pareció brotar la consabida música, que todo lo envolvió mientras él, llevándose a la nariz la flor que traía en el ojal, se deleitaba con el perfume ante los ojos desorbitados de su víctima. No tardó en aparecer el galán ni el villano en cambiar su flor por una afilada navaja, pero por mucho que hizo oír su risa cruel sus embestidas no rozaron al héroe, que atrapándolo al fin por la muñeca lo obligó a soltar el arma y le dobló el brazo a la espalda. Entonces la novia, liberando sus pies, comenzó frenética a golpear la garrafa con sus tacones, pero esta vez, en lugar de precipitarse en su ayuda, el galán sacó un par de esposas.

–¿Creías que era el momento de escapar, verdad? –dijo al villano que seguía riendo-. Cuando yo corriera a rescatarla. Pero esta vez invertiremos la rutina. Primero te pondré a buen recaudo –explicó poniéndole las esposas- y ahora la pondré a salvo a ella –concluyó dirigiéndose hacia la novia que, como la música, había dejado de hacerse oír-. ¡Amiga mía, somos libres! –exclamó quitándole la máscara, pero su propio rostro palideció-. ¡No puede ser! –gritó abrazándola-. ¡Está muerta!

–¡Imbécil! –se oyó la voz del empresario y con asombro el público lo vio irrumpir en escena cubierto de harapos-. ¡Me ha arruinado! –culpó al galán-. Está despedido, ¿me oye? ¡Despedido!

Avergonzado, el galán bajó la cabeza. Se apagaron las luces, estalló en la oscuridad la carcajada del villano y esta historia ya no pudo continuar.

FIN

Un mundo en orden

Un mundo en orden

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