El régimen de la ficción

el texto lo atraviesa todo

El objeto ideal de la ficción en nuestro tiempo es un objeto poroso, es decir, un relato en el que lo importante no es ya la disposición de sus claves internas, sino la multiplicación de sus vías de acceso. Semejante construcción, determinada en función de su presencia en el circuito de las comunicaciones, ha de presentar la inconsistencia necesaria para dar paso a cualquier espectador, cualquier lector, cualquier punto de vista, cualquier interpretación. Su exposición no remite a un saber, sino a un silencio enmarcado en el que cada oyente puede hablar con la misma pero nula autoridad. Ante este panorama, los dispersos intelectuales de hoy se ven en igual situación respecto al pueblo que las células revolucionarias de la época de los zares, aunque no pueden remitir al futuro sino ya sólo a la eternidad el valor de las ideas que sostienen. Hay una correspondencia entre el pensamiento débil y la debilidad mental: así como el terrorismo, según lo entendió Hegel, es “la dictadura total del espíritu”, su revés es la impotencia de éste y en ese llano sin fronteras crece lo que antes se vio aterrorizado.

Comunicaciones imaginarias

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7 comentarios

Archivado bajo críticas, lecturas

7 Respuestas a “El régimen de la ficción

  1. Alberto

    Me parece percibir en este post una visión entristecida o escéptica de la literatura de nuestro tiempo. Siempre (es un decir) han existido escritores que se han distinguido, en buena ley, por su singularidad y este hecho, la originalidad de buena factura (podría haberla de mala factura, proveniente del mal o pésimo gusto) ha sido canónicamente señalado como una resaltante cualidad literaria; por ejemplo, creo, Mario Bellatin. Ahora bien, esta clase de escritores, para quienes “la disposición de sus claves internas” sería ciertamente primordial, ¿cómo se sitúan en la panorámica de este post? ¿Serían “los dispersos intelectuales de hoy”?

    ¿Debe entenderse que “el pensamiento débil” es aquel que hace escribir más por un deseo de “éxito” que por la necesidad de expresar un estado de alma, de humanidad en suma? Creo que no podría negarse una auténtica calidad literaria en algunos autores que, fundamentalmente, han querido “triunfar” en la literatura. Y de ahí el problema planteado, creo, por esta tercera pregunta.

    • Al escribir este texto pensé en describir un estado de cosas y me atuve a ello, lo más objetivamente que pude. De ahí la ambigüedad que permite al menos dos lecturas, ambas en el mismo sentido, que es el abierto por el texto, pero en distinta dirección, como un camino trazado en un mapa. Al releerlo vi primero el que dices, hacia abajo, “escéptico y entristecido”: es verdad que pienso que la literatura y la cultura en general llegaron a una especie de “callejón sin salida” hacia 1980 y que se vive desde entonces en una suerte de “restauración” (como la que siguió a Napoleón en Francia y que tan bien describe Stendhal) cultural, que como justamente no puede contener ya una realidad distinta hace agua por todas partes. Pero este mismo camino también se puede recorrer al revés y en esa dirección el “pensamiento débil” y la “debilidad mental”, como liberación de las grandes ideologías aunque más no sea debido a la impotencia para identificarse con ellas, hasta pueden ser aprovechados por quien, al contrario, no se deje ganar por ellos. Con “pensamiento débil” me refiero a lo propuesto en su momento por Vattimo, que lo define así (cito la Wikipedia): “Frente a una lógica férrea y unívoca, necesidad de dar libre curso a la interpretación; frente a una política monolítica y vertical del partido, necesidad de apoyar a los movimientos sociales trasversales; frente a la soberbia de la vanguardia artística, recuperación de un arte popular y plural; frente a una Europa etnocéntrica, una visión mundial de las culturas”. La incapacidad para alcanzar conceptos totalizadores, para llegar a conclusiones concluyentes, valga la redundancia, a la manera de Hegel, por ejemplo, sería una forma de “debilidad mental”, según empleo yo esta expresión, en consonancia con el “pensamiento débil” de Vattimo, según lo entiendo. Hoy en día es posible, como alternativa al “pensamiento único” bajo sus diferentes formas, cultivar la propia singularidad como lo hacen efectivamente Bellatin y algunos más, con buenos resultados artísticos. Ahora bien, esos ascensos no anulan la perspectiva de la caída ya que son, ni más ni menos, al realizarse cada uno apoyándose ante todo en la propia persona, excepciones. Lo que no les quita su valor: pero, al no poder constituirse, ninguna de ellas, a falta de un pensamiento categórico con que ser medidas y juzgadas por su entorno, plenamente en ejemplos, en relación a la civilización en que se producen quedan situadas en una posición de excentricidad, reflejada en la marginalización del arte en general en nuestra época (si pensamos, por ejemplo, en la importancia y reconocimiento públicos que recibían los escritores hace treinta o cuarenta años, cuando eran tapas de publicaciones de interés general, forma de publicación ahora también atomizada). Al no haber plaza pública, digamos, la caja de resonancia de cada obra es menor: un público -un pueblo- es otra cosa que la suma de sus individualidades. A este nivel se produce la pérdida: como si ya ningún fragmento pudiera ser sinécdoque, lo que permite a cada pieza poner menos cosas en juego. Los “dispersos intelectuales” son todos los dispuestos a pensar -y eventualmente a publicar- en un contexto sin ideologías que les permitan agruparse, situarse y discutir dentro de un marco, una interpretación mayor de la realidad, con referentes más o menos inmediatamente claros para sus lectores o interlocutores. Un contexto que no ofrece a un individuo nada que pueda reconocer para su bien mayor que sí mismo. De este “apocalipsis” colectivo se puede intentar una salvación individual, que puede dejar en su camino muchas obras de gran calidad, pero es su posibilidad de influencia mundana lo que compromete la “debilidad” aludida. No se trata tanto de un problema artesanal o ni siquiera artístico, de una cuestión de calidad literaria, como de poder de representación.

      • Alberto

        Se me escapó totalmente la perspectiva, más honda sin duda, de tu post y aunque nuestros “vectores de igual norma” eran paralelos apuntaban en direcciones opuestas, como bien lo dices con otras palabras. Leí por ahí que la postmodernidad carece de soportes filosóficos tanto para el ateo (su “vector” se aleja de la religión) como para el teísta (su “vector” quiere alejarse de la ciencia) y me parece entender, de modo muy epidérmico, valga la aclaración, que Vattimo es un as en la discusión de estas cosas –asistí a una conferencia de él en la PUCP (Lima) hace algunos años–. De ahí que “pensamiento débil” no fue percibido en nada por mí en el significado, casi de categoría filosófica postmoderna, digamos, que le otorga Vattimo. Hay en Lima un intelectual que en repetidas ocasiones ha sostenido que el hombre contemporáneo está en un proceso de “reanimalización”; pregunto, ¿decir “el hombre contemporáneo” no es incurrir en metafísica?

      • Bueno, yo hablo de “nuestro tiempo”, por ejemplo, para hacerme entender, así que debo incurrir en metafísica tanto como este señor, disperso en Lima. En realidad, como te decía, el segundo sentido o posibilidad de lectura yo lo vi después de escribir el texto y tras una primera impresión parecida a la tuya, así que entiendo tu primera reacción. Creo que el problema que planteo tal vez pueda entenderse mejor si uno piensa en el lugar que ocupa la literatura en general que en cada obra como objeto. La vivacidad de tu reacción ha sido productiva, de todos modos: fijate cómo nos ha hecho escribir. Saludos.

  2. Reblogueó esto en gabinet central de lecturay comentado:
    Muchas gracias por incluirme en vuestro grupo de lecturas. Siguiendo con lo apuntado ayer en la interesante conversación con Rafael Argullol, os remito a un post que también hace referencia a la sustitución de la autoridad por la comunicabilidad como criterio estético.

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