El eslabón perdido del Río de la Plata

En busca de Santa María

En busca de Santa María

La luz caía verticalmente del techo y luego de tocar los objetos colocados sobre la mesa los iba penetrando sin violencia. El borde de la frutera estaba aplastado en dos sitios y la manija que la atravesaba se torcía sin gracia; tres manzanas, diminutas, visiblemente agrias, se agrupaban contra el borde, y el fondo de la frutera mostraba pequeñas, casi deliberadas abolladuras y viejas manchas que habían sido restregadas sin resultado. Había un pequeño reloj de oro, con sólo una aguja, a la izquierda de la base maciza de la frutera que parecía pesar insoportablemente sobre el encaje, de hilo, con algunas vagas e interrumpidas manchas, con algunas roturas que alteraban bruscamente la intención del dibujo. En una esquina de la mesa, siempre en el sector de la izquierda, entre el reloj y el borde, encima de la parte luminosa, un poco arrugada, de la carpeta de felpa azul, otras dos pequeñas manzanas amenazaban rodar y caer en el suelo; una oscura y rojiza, ya podrida; la otra, verde y empezando a pudrirse. Más cerca, sobre la alfombra de trama grosera, exactamente entre mis zapatos y el límite de la sombra de la mesa, estaba caída, arrugada, una pequeña faja de seda rosa, con sostenes de goma, ganchos de metal y goma; deformada y blanda, expresando renuncia y una ociosa protesta. En el centro de la mesa, dos limones secos chupaban la luz, arrugados, con manchas blancas y circulares que se iban extendiendo suavemente bajo mis ojos. La botella de Chianti se inclinaba apoyada contra un objeto invisible y en el resto de vino de una copa unas líneas violáceas, aceitosas, se prolongaban en espiral. La otra copa estaba vacía y empañada, reteniendo el aliento de quien había bebido de ella, de quien, de un solo trago, había dejado en el fondo una mancha del tamaño de una moneda.   

Objeto de culto

Objeto de culto

Para el que lo haya leído: parece Robbe-Grillet, ¿no? No: Onetti. Un fragmento, del que seguramente vino el título, del capítulo llamado “Naturaleza muerta” en su novela La vida breve, de 1950, tres años antes de que el bretón publicara su opera prima, Les gommes, nacimiento reconocido del “objetivismo”, Nouveau roman o “école du regard” (a pesar del inicio de Le Voyeur: “Parecía que nadie hubiera oído nada.”) que tanto dio que hablar hace medio siglo. No es raro que se presente a Onetti como el primer existencialista del Río de la Plata o de la literatura latinoamericana, pero menos obvio resulta señalarlo como precursor de la “nueva novela” francesa, cuyo estilo, en una primera mirada, parecería tan alejado del desgarramiento y la intensidad emocional que de acuerdo con sus comentaristas caracterizan la obra del uruguayo. Es más fácil pasar sin escalas del Sartre de La náusea y el Camus de El extranjero a Robbe-Grillet, Sarraute y compañía, lo que no exige cambiar de lengua ni de país además de que ofrece precisiones explícitas como las que el “jefe de fila” de la escuela francesa hace en sus “romanesques” (El espejo que vuelve, Angélica o el encantamiento, Los últimos días de Corinthe) acerca de la impresión dejada en él por el implacable sol de la novela del argelino. ¿Pero qué se nos ha perdido a nosotros, lectores y a veces escribas del siglo XXI, en estos parentescos políticos de mediados del siglo anterior? Un rasgo notable que en su momento llegó a tener valor de causa, como lo ilustra el título de ese libro de Francis Ponge tan elogiado por Sartre y del que el mismo Borges tradujo algo muy pronto para Sur, Le parti pris des choses, De parte de las cosas en una de sus versiones castellanas, y que tanto como consiste en la atención de la conciencia humana a todo lo que no es ella misma y en consecuencia le hace ver lo que ella es, contrasta con el universo de la comunicación en continuado al que nosotros estamos habituados, donde las cosas no tienen peso y la totalidad del espacio es ocupado por las ciegas voces de los cronistas de su propia subjetividad inconsciente, que opina sobre cuanto le propongan pero nada sabe de lo que no es información. O, si esto no es del todo así, es al menos la tendencia difícil de resistir, como pudo haberlo sido en otro tiempo el contenido ideológico como sentido prefijado del relato o el sentido metafísico como prueba de un argumento insostenible. Captar lo mudo en un panorama ensordecedor no es poca cosa: se corre el riesgo de no comunicar en absoluto, de no interesar ni ser entendido. Los poetas lo saben. Pero poco puede oírse en el circuito de las opiniones que no se haya gastado ya hasta no ser más que el eco adulterado de un sonido del que sólo se ha oído hablar.

Ejercicio de lectura: ¿dónde está la sombra de Onetti, el rasgo personal que contamina la pureza de un objetivismo intuido pero aun no reglamentado ni dotado de una teoría? En la segunda parte del pasaje, que copio a continuación, es mucho más notoria que antes. Se aceptan y se agradecen comentarios:

Misteriosa Buenos Aires

Misteriosa Buenos Aires

A mi derecha, al pie del marco de plata vacío, con el vidrio atravesado por roturas, vi un billete de un peso y el brillo de monedas doradas y plateadas. Y además de todo lo que me era posible ver y olvidar, además de la decrepitud de la carpeta y su color azul contagiado a los vidrios, además de los desgarrones del cubremantel de encaje que registraban antiguos descuidos e impaciencias, estaban junto al borde de la mesa, a la derecha, los paquetes de cigarrillos, llenos e intactos, o abiertos, vacíos, estrujados; estaban además los cigarrillos sueltos, algunos manchados con vino, retorcidos, con el papel desgarrado por la hinchazón del tabaco. Y estaba, finalmente, el par de guantes de mujer forrados de piel, descansando en la carpeta como manos abiertas a medias, como si las manos que se habían abrigado se hubieran fundido grado a grado dentro de ellos, abandonando sus formas, una precaria temperatura, el olor a fósforo del sudor que el tiempo gastaría hasta transformarlo en nostalgia. No había nada más, no había tampoco ningún ruido reconocible en la noche ni en el edificio.

guantes  

 

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3 comentarios

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3 Respuestas a “El eslabón perdido del Río de la Plata

  1. Luis

    Muy interesante. Sugestiva esta metafórica tesis del eslabón perdido y muy concienzuda y certera su selección de (dos) extractos en su defensa. Es cierto lo de “que tanto dio que hablar” y quiero aquí referirme a cierta “habladuría” en contra del objetivismo que por entonces se daba. Los izquierdistas radicales de entonces, que en verdad practicaban un marxismo religioso de dogmas inflexibles, (hablo por supuesto de personas en contacto con la cultura y uso el término “religioso” en peyorativo a pesar mío) atacaban irracionalmente no sólo a los “partidarios” del Nouveau Roman sino también a los nuevos filósofos y al antiteatro, de tal forma que, por ejemplo, Althusser era respetable y veraz pero Bernard-Henry Lévy era un idiota divagador, Gorki y Ostrovski eran grandes novelistas pero Robbe-Grillet y Michel Butor decadentes sin trascendencia y lacayos del imperialismo (era “evidente” que Butor “comulgaba” con el imperialismo, si hasta escribió una pieza, 6 810 000 litros de agua por segundo, cuya acción transcurría en la frontera de EE UU y Canadá, en las cataratas del Niágara), Brecht era casi un dios pero el genial Ionesco un pobre diablo negativo. Y así muchas cosas más, en perfecta analogía con el fanatismo de Girolamo Savonarola, por ejemplo bastaba comprarse una bonita camisa para “ser” un burgués, etc, etc. Ahora los que quedan de esos “religiosos” se han “laicizado”, algunos con harto provecho oenegero subvencionado nada menos que por los imperialistas.

    Sé que Onetti admiraba al Che Guevara y que escribió en el semanario izquierdista Marcha (Periquito el aguador era uno de sus seudónimos) pero también escribió en la revista Sur, de Victoria Ocampo (a quien Cabrera Infante llamara con sorna Derrota Ocampo), exenta en total de todo izquierdismo. Estuvo incluso preso durante un corto tiempo junto a marxistas de Marcha. Pero sería un disparate suponer que Onetti haya caído alguna vez en los extremos cucufatos antedichos. En todo caso, ante una pregunta sobre el rol del intelectual en la sociedad respondió “No desempeña ninguna tarea de importancia social. Le corresponde tener talento”.

    • Lo que es interesante del objetivismo, me parece, es cómo corre a CUALQUIER ideología al lado del abismo al poner de manifiesto la ambigüedad de las cosas en sí. Eso está en Butor, pero también en Sartre, en su percepción de base. Lo que pasa es que cuando la ideología dominante es la muy reconocible de derechas y de la burguesía, hacerla patinar contra la realidad de las cosas resulta muy ortodoxamente revolucionario, además de serlo realmente. Marx logra el mismo efecto cuando confronta el discurso con la realidad económica. El problema se da vuelta cuando esa ambigüedad se confronta con el aparato ideológico opuesto. Tomándolo seriamente se pueden escribir grandes tragedias de izquierdas, como hizo Heiner Müller, que enfrenta justamente esa crisis. Pero también es un tema histórico, porque así como tuvimos la invasión de nuestra conciencia por los objetos en el siglo veinte, hoy tenemos la disolución de los objetos y de lo concreto en la circulación de lo intangible a través de los datos y la información en continuado. Así que el tema, como advierto mientras te escribo, da aún para mucho más. Gracias por tu extenso comentario. Saludos

  2. Luis

    Eres en verdad sumamente culto. Voy a leer con atención tu primera entrega del género que cultivara Balzac en sus comienzos y también después, al parecer para aliviar en algo sus apremiantes y numerosas deudas. La “ojeé” ligeramente por falta de concentración y tiempo, y pensé en el consejo de Unamuno a los escritores “No escriba, describa”, lo cual representaría una cierta “objeción” que, por cierto, no la estoy dando conscientemente. Como te repito, no he leído con atención suficiente lo que haré. Pensándolo bien, o creyendo hacer porque podría equivocarme, los objetivistas sí “escribían” desobedeciendo a Unamuno.

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