Mitología contemporánea

El regreso de los argonautas

El regreso de los argonautas

Guy Debord señaló una particularidad de nuestro tiempo que probablemente se perpetúe en el futuro: dijo que “por primera vez, los dueños de todo lo que se dice son los mismos que los de todo lo que se hace”. Lectores formados por los medios de comunicación y no por la literatura, ni siquiera en su forma más baja o popular, más primaria o menos exigente, son los que conforman el público actual, al igual que el grueso del personal empeñado en hacer circular tanto ficción como no ficción y hasta el de aquellos dedicados a redactar lo que hoy se lleva. Su lenguaje es el de la industria del entretenimiento, una de cuyas formas es la información, y su noción de calidad responde a normas distintas de las que cumplía el objeto artístico para remitir a las que ha de satisfacer la producción orientada al consumo: eficacia, accesibilidad, rendimiento y aun otras definidas por neologismos de origen anglófono como usabilidad, entre tantas semejantes para quien destaque, por sobre su acumulación, su conjunción. Todo esto es lo que funciona mejor o peor mientras se lee cualquier novela que no ofrezca a su lector dificultades diferentes de las que enfrente, digamos, el detective de turno al timón del argumento. Pero la plena satisfacción del consumidor abstracto no es la del lector concreto, cuyo perfil será tanto más evasivo cuanto más literario sea. Literario en el sentido negativo en el que se oye decir, a menudo, en nuestro tiempo, que una novela es demasiado literaria, expresión que alude vaga pero inequívocamente a los perimidos valores de la tradición desplazada por los usos vigentes. Sin embargo, la palabra literatura, dicha así, como concepto, conserva su prestigio. ¿Cómo traspasarlo a las obras nacidas bajo otro paradigma que el de su tradición? Desconociendo ésta, basta reunir el concepto aglutinante con los nuevos contenidos para que la operación se concrete. Pero también estos originales son desbordados por sus copias, que los lectores que pasan a la acción creativa, es decir, los imitadores de la ficción profesional, ponen a circular por todas las vías a su alcance con la esperanza de nivelar todavía más el terreno: oportunidades para todo el mundo en un mundo sin nombres. Eclipse de la literatura en cuanto lengua de la ficción: no una nueva mitología, sino una actualización de la transmisión oral por medios electrónicos, donde se escribe tal como se habla o se cree hablar, como venga, sin mayores requisitos formales que los sugeridos por los modelos de cada género a imitar. Un horizonte de narradores anónimos que se narran los asuntos unos a otros, sin mediación de crítica alguna ni sombra de juicio de valor. Cantidades sin calidades. Al revés que la nave Argos, que en su nombre conservaba unidad e identidad aunque cada uno de los palos, maderas, cuerdas, velas y demás piezas de la embarcación hubieran sido sustituidos en sucesivos calafateados, como una empresa no tiene el corazón en sus productos o en sus marcas sino en el capital que cultiva y defiende celosamente, la ficción así concebida es un material, no una obra ni una tradición, y sólo su reescritura posterior, eventual y derivada a un futuro por ahora invisible, podría hacer de tales fantasías expresión. “La conciencia increada de mi raza”, como escribe en su diario Stephen Dedalus. Así y sólo entonces la tradición literaria recogerá en sus páginas lo que hoy se sueña.

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5 comentarios

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5 Respuestas a “Mitología contemporánea

  1. J.Salavvert

    “Literario en el sentido negativo en el que se oye decir, a menudo, en nuestro tiempo, que una novela es demasiado literaria, expresión que alude vaga pero inequívocamente a los perimidos valores de la tradición desplazada por los usos vigentes.”
    Triste es que se haya llegado a esta situación en la que el vocablo “literario” pueda concebirse como poseedor de connotaciones negativas. Excelente, como siempre, Baduell. Gracias.

    • Gracias a ti. Agregaría que por otra parte es natural esta presión de la actualidad sobre la tradición (y la cultura no deja de ser también, en un sentido positivo, una suma de tradiciones) en un mundo urgido por la imposibilidad de recuperar inversiones ya hechas y pagar las deudas contraídas como es el de nuestra civilización. Lo que impide leer es lo que impide ver: el empeño en buscar la salvación no donde está el riesgo, sino la perdición.

  2. Una reflexión lúcida sobre la masificación de la escritura, comparable a la que se ha producido y se produce en otros ámbitos de la vida cultural. Este párrafo: “Eclipse de la literatura en cuanto lengua de la ficción: no una nueva mitología, sino una actualización de la transmisión oral por medios electrónicos, donde se escribe tal como se habla o se cree hablar, como venga, sin mayores requisitos formales que los sugeridos por los modelos de cada género a imitar”, me ha recordado a la entrevista que leí hace unos días con Cynthia Ozick, en la que aludía al antagonismo entre el lenguaje de comunicación y la prosa literaria. Añadía que el idioma “normal”, nunca contará como literatura y que “el mundo del libro lo disputan dos especies de escritores: los que aplican la prosa de segunda mano y los que no”. Éstos son la mayoría y lo serán para siempre, lo que demuestra una vez más que escribir “literariamente” ha sido, es y será asunto de pocos. Como todo lo que cuesta esfuerzo y exige tiempo. “Todo lo excelso es tan difícil como raro” (Spinoza). Un abrazo, Ricardo

    • Gracias, Jaime. Qué bien que cites a Spinoza, mi filósofo de cabecera. Gran coincidencia. En realidad, lo que me preocupa de esta cuestión no es tanto la misión del artista, que como bien dices siempre ha implicado esta relación de “primera mano” con el lenguaje y por la que cada artista se basta para velar, sino la formación del lector, la cultura, como en un país gobernado por usurpadores, “propietarios de lo que se hace y lo que se dice”. Aun así, continuaremos. Un abrazo para ti.

  3. Es cierto lo que subrayas: sin lectores formados y que al menos distingan un lenguaje de otro y, por tanto, sepan qué están leyendo, no vamos a ninguna parte. Sin formación esos lectores carecerán de discernimiento. Sólo cabe confiar en que los guíen la intuición y la inteligencia natural. Un abrazo

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