La ficción en la infancia

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Mi amigo invisible

Los recuerdos fragmentados y las premoniciones oscuras se parecen. Ni se entiende a qué aluden esas imágenes y palabras recortadas de todo entorno a las que nos aferramos supersticiosamente, ni es posible extraer de la negrura de una memoria indiferente los fotogramas que completarían el relato vuelto imposible por la evidente desconexión entre los cuadros que conservamos. La reconstrucción de nuestra historia es tan fiable como la restauración de ruinas arqueológicas para dar una idea del pasado irrecuperable. Pero así es como suele aparecer la ficción: como una especie de espacio onírico donde todo lo que de día se esconde bajo la opaca piel de lo cotidiano se muestra por fin libre de límites. Así es posible pasar de un estado a otro, como el agua al vapor o al hielo, pero con la mágica inmediatez del gato Félix a través de los agujeros que saca de su bolsa, prescindiendo del lento proceso durante el cual, con la misma tristeza inseparable del abismo entre un personaje de dibujo animado y su encarnación en comparsa de circo pobre disfrazado para la ocasión, las razones y métodos que permiten el fenómeno le dan explicación y alcance, retrotrayéndolo al universo del que el prodigio nos había apartado. Ese mismo pasadizo es el que comunica a las gemelas protagonistas de Mosqueteros del mar, una vieja película de aventuras de los años 50 donde Pierangeli hace ambos papeles, el de la joven pirata cuya audacia es el mayor desafío para sus compañeros de tripulación y el de la monja de clausura que sufre en carne propia, para sorpresa de las otras religiosas que la creen poseída por demonios, los dolores de los torturas aplicadas a su invulnerable hermana en la mazmorra donde ésta se ríe del gobernador de Maracaibo y su batallón de verdugos. Y es el mismo magma de comienzo del mundo que mezclan, al comienzo del Macbeth de Orson Welles, las brujas en su caldero de barro y niebla entre rocas de cartón, donde aún cada criatura está a tiempo de convertirse en otra y después en otra, tan privadas como libres de identidad y conciencia de sí. Un mundo en el que la creación, todavía inconclusa, impone aún la inestabilidad a todo intento de organización y en el que por eso, angustiosa y felizmente, el principio de realidad no logra arraigar.

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La hermana Barbanegra

Esa ausencia de límites definidos se parece a la vaguedad de los datos precisos contrastada con la intensidad de la marca que puede dejar, en la conciencia, un puñado de imágenes no identificadas a pesar de su persistencia. El título de esta otra película, sus intérpretes, su director, todo esto sigue siendo un misterio para mí: ni siquiera me atrevería a aventurar un juicio estético, a decidir si era una rara obra de arte u otro caprichoso engendro fruto del encuentro, sobre el puente levadizo de un decorado a amortizar, de un director-productor delirante con una troupe de sumisos figurantes desocupados. La base del argumento era la leyenda de San Jorge, que triunfaba al final sobre el dragón delante del castillo en cuya torre esperaba, aferrada a los barrotes, la princesa. Pero mucho más memorable que ese combate o las distintas alternativas que conducían, entre tanta sombra, al rescate feliz, resultaba el dúo, o trío, de personajes secundarios en quienes esta desplegada noche encontraba su definición mejor: los siameses calvos que dentro de una misma túnica con un agujero para cada cabeza hablaban y se movían al unísono, comentando la acción o transmitiendo mensajes como un coro digno de la misma confianza, a pesar de su inocencia, que las brujas escocesas, y la así llamada viuda negra, una hermosa mujer pálida de largos cabellos oscuros que al ser besada mutaba en araña, súbitamente aparecida por arte de montaje en el cuello del ocasional amante, ya muerto en el plano siguiente. El beso o picadura era el sello dejado, en el momento de caer sobre la presa, por la concentración de toda la red de sortilegios suspendida alrededor en un solo punto, final. Aunque después la aventura continuara.

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Una ventana en el cuarto oscuro

La realidad no requiere ser creída, pero ésta es una sobrenaturaleza: por eso admite esa intensidad que los objetos no acogen, frente a lo cual la desvaída normalidad a menudo pierde sus contornos, como algo que no se recuerda bien o una vaguedad. Sus elementos, aislados como por una linterna en una noche cerrada, quedan fijados precisamente en razón de su incompatibilidad con ese mundo limitado pero a la vez en intercomunicación e interpenetración continua que llamamos realidad. Agujeros en el conjunto, que éste más que tapar oculta pues son necesarios para respirar, para que cada criatura respire. Así, aunque los monstruos huyan de la naturaleza, siempre lo hacen acompañados al menos por una mirada y por eso siempre retoman el tour: el lagarto antropomórfico que repetidamente intenta o consigue escaparse del zoológico al que regresa al final de cada capítulo, los vampiros y semejantes que renacen de sus cenizas, el científico o el villano visionario perseguidos por la justicia tradicional, y hasta esos enmascarados por causas nobles saltando de un lado a otro de su máscara a riesgo de caer para siempre de cualquiera de los dos, invariablemente cazados en mitad de la aventura y cazadores en el desenlace, todos ellos orbitan sin cesar en torno a un abismo central del que nadie vuelve y que por eso todos evitan, escondiéndose y reapareciendo periódicamente en cambio como tanto les gusta hacer a los niños muy pequeños en uno de sus primeros juegos.

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Un artista del escape

Cliffhanger: antiguo nombre dado a ese género de aventura cuyo punto culminante, donde la narración se interrumpe y produce su imagen rotunda y memorable, su “gestus” brechtiano, coincide con ese colgar en el vacío aludido por la definición americana, instante eterno tras el cual el tiempo se reanuda, como el relato en el episodio siguiente, y devuelve héroes, heroínas y villanos a la superficie donde habrán de seguir girando hasta el próximo pico de tensión. Es una rueda en la que lo esencial es entrar y salir a tiempo, pero cuya móvil continuidad depende de que en realidad no hay salida, sino sólo luz y sombra: la ausencia de peligro que llama al peligro y su presencia que pide socorro. Es precisamente la continuidad del sistema lo que está en juego, la reproducción simbolizada en la heroína, quien rescatada conserva a la vez su condición de virgen y potencial madre. El héroe es quien acepta la postergación, lo que no significa que el villano pueda eludirla; al contrario, cada trampa de la que se ausenta dejando a la novia presa del mecanismo que ocupa su lugar –bomba de tiempo, péndulo o sierra, tren arrollador o silla eléctrica programada- es un aparato de postergación conteniendo su propio antídoto. Un mago, Houdini, el más grande de los artistas del escape, un especialista que conocía todos los trucos del escamoteo y la sustitución, cuando intentó prolongar más allá de la muerte el trato con su inolvidable madre fue víctima de espiritistas a los que desenmascaró; su lucidez no le impidió seguir desafiando esa barrera, que al fin se cerró sobre él antes de que escapara por enésima vez de la pecera que él mismo había llenado.

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El fugitivo de la sociedad

Ser atrapado, ser descubierto, escapar, enmascararse: con esas cuatro alternativas y todas sus combinaciones, sus variaciones, sobre todo, de disfraz y decorado, alcanza para completar un imaginario que no quiere salir de allí. El tablero puede ser recorrido de arriba abajo y de izquierda a derecha, de cara al frente y en diagonal, pasando una y otra y otra vez por los mismos casilleros acribillados de huellas, con una excitación creciente como la del público ante el conflicto dramático que se agrava sin resolverse, espoleando sabiamente el ambiguo deseo en torno al cuadrilátero de que el contendiente gane y pierda a la vez. Sin embargo, hay un límite: poco a poco, la escena esencial, siempre la misma, va agotándose; los intérpretes son reconocidos demasiado pronto cada vez bajo sus disfraces. Antes de que la aventura se convierta en su propia parodia, género bajo el que podría, tal vez, ser recuperada rentablemente en otro momento pero no en éste, es necesario volver a velarla: que caiga el telón, por el momento, de una vez por todas. Hay que saber acabar: desaparecer, a la manera de los ídolos cuyas carreras son largas, para resurgir de un olvido en el que haya habido tiempo para que la nostalgia fermente. Así cada episodio de la serie, así cada serie entera en relación al modelo que encarna. Los maestros de esta rutina son los sacerdotes, ya que las religiones duran siglos.

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