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La estética del melodrama

melodrama

¿Quién es ese hombre?

Rosa y negro. “Con los buenos sentimientos se hace la peor literatura.” Con los malos también y nuestra época es la prueba: historias de psicópatas, vengadores y toda clase de inescrupulosos mayores y menores, con su clima siniestro de bolsillo, componen juntas el rumor del sordo cosquilleo identificado con la fascinación del lector. Aunque quizás fue siempre así y el concepto puede extenderse a la totalidad del arte. Después de todo, qué son los buenos sentimientos consagrados sino una máscara para los malos o su inversión, “el falso bien que es el verdadero mal”, como ya podía leerse en cualquier novela de Sue o Pitigrilli cuando, alternando los detalles precisos con altisonantes manifestaciones de horror y de condena, estos autores y otros como ellos nos referían lo que el irredimible villano le hacía o se disponía golosamente a hacerle a la virginal heroína. Sin embargo, así como exhibir la virtud con grandes gestos de indignación puede encubrir un regodeo pecaminoso, también las poses y actitudes agresivas son buenas a la hora de tapar debilidades. Nuestra época, que se jacta de haber sustituido una censura por otra –ahora se muestra el acto sexual, pero se corta el cigarrillo de después-, como todas las anteriores muestra a su modo los dos recursos y es difícil leer o ver algo que no caiga bajo una de ambas claves: el sentimentalismo almibarado del bien, con sus novias y enamorados, o la estereotipada dureza del mal, con sus putas y delincuentes. El duro denuncia la falsedad del suave y éste vela la brutalidad del duro; cuando se encuentran, drama de amor y odio en el que el duro tiene ocasión de descubrir su corazón antes de que el suave muestre los dientes y le demuestre que con la vida no se juega. Por algo el estereotipo definitivo es el de la lucha del bien contra el mal, favorito especialmente entre los consumidores del género fantástico. Allí sí que se ve clara la identidad de los contrarios, empezando por el padre de Luke Skywalker: cuando por fin revela quién es, toda la platea acompaña al bueno del hijo en su pánico aunque fugaz, pero definitivo, sentimiento de escándalo. Así también los malos sentimientos son los buenos desenmascarados, es decir, privados de su máscara de bondad. O al revés, como le pasa a Darth Vader. Los Verdurín serán los Guermantes y éstos han sido los Verdurin, ahora, desde siempre y para siempre. Pero lo particular de una época impúdica, sin embargo, es que los malos sentimientos se expresan libremente, es decir, sin arte alguno: sin forma ni máscara ni regla del juego. Ahí tenemos esas confesiones que son ajustes de cuentas, esos reclamos a la dicha ajena, esas casi desnudas fantasías compensatorias. Ahí no, aquí: en la librería. O en Internet, multiplicadas al infinito al ser gratuitas.

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Imaginario popular

La moderna cautiva. “Una mujer forzada a bañarse en un río lleno de peces muertos, que permanece días encadenada a un árbol e incluso se ve obligada a comer en el suelo como un perro…” ¿Un guión del marqués de Sade? No: Oprah Winfrey describiendo las memorias de la secuestrada Ingrid Betancourt, No hay silencio que no termine, y catapultándolas al tope de la lista de los más vendidos. Ya lo dijo Proust: “Casi únicamente el sadismo puede servir de fundamento en la vida a la estética del melodrama.” Adjunto: sólo lo imaginario llama la atención sobre los hechos.

Tribunal inferior. Juicios. Las pruebas se juegan como cartas, lanzadas ante el jurado sobre la mesa del juez por el fiscal y el defensor cada uno a su turno o interrumpiéndose mutuamente de vez en cuando. Procedencia melodramática de este juego de revelaciones sucesivas, que modifican cada vez el punto de vista y conmueven con cada giro la opinión de la audiencia. Fetichismo de la prueba, del objeto como un testigo mudo cuyo silencio está más allá de la palabra y se le impone desde esa dimensión no verbal abierta por la lógica. Ironía del objeto, imparcial, indiferente, interrupción del discurso que obliga a éste a adoptar una forma que, acomodándose a él, lo acomode a su vez en su interior. Pues la razón al fin sigue siendo cuestión de palabras, aunque la victoria no será del que las pronuncie, sino del que logre suspender el sentido de todas ellas, dichas por todos, en la secreta dirección que conduce hacia sus propias y previas conclusiones.

Intérpretes calificados. Rotundidad del adjetivo que no describe sino que sólo califica para situar en el imaginario social y competir por la atención: la mujer “hermosa” sin más, o la “más bella”, o el “mejor” lo que sea de su tiempo, o “el más grande”, o cualquier otro calificativo categórico por el estilo. Los matices aquí nada aportarían, sino que, al contrario, quitarían; pues no se trata en estas historias de individuos que hayan nacido alguna vez, sino sólo de categorías para las que una sombra sería una mancha. Todo personaje plenamente identificado con su función tiene un puesto asegurado en la industria del entretenimiento.

Gesticulismo. Maníaca somatización de los personajes de tantas novelas. En Faulkner siempre es importante lo que el cuerpo sabe o recuerda por sí solo, más acá de la mente, a cuyos ardides y proyectos con prudencia o conocimiento del dolor se resiste, o a la que arrastra una y otra vez detrás de lo que sacia su propio apetito. Esto último, sin embargo, nunca está muy lejos y sobre todo habita siempre dentro de lo perceptible por los sentidos. Saer empieza así uno de sus Argumentos: El cuerpo manda avisos que dicen: “no se olviden, allá arriba”. Pero lo que hacen los novelistas gesticulantes –o gesticulares, o gesticulistas- es exactamente lo contrario: la explotación del cuerpo por una mentalidad afiebrada y paranoica que lo utiliza para expresar sus delirios, liberados justamente de todo límite por la falta de la medida que da el cuerpo. Y de ahí esas metamorfosis inverosímiles, esa porfiada insistencia en sudar, llorar, gritar, temblar o sufrir taquicardias que se apodera de los humanos ficticios en aprietos, apuntalada por la divulgación científica en lo que hace a la precisión y por la experiencia cotidiana adulterada en cuanto a la verosimilitud que la exhibición exige. No hay salvaguarda más económica contra la introspección y sus opacidades que este histrionismo por el que el corazón humano se blinda a los extraños y hace su publicidad.

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La vida en blanco y negro

El teatro y el mal. Teatralidad del villano: su atuendo, sus carcajadas, sus amenazas, su seducción, sus monólogos a foro explicando sus planes. Frente a él, reducido a pesar de sus parejos atributos a una mayor sobriedad, el héroe se encuentra limitado por su implícito compromiso con la realidad que debe proteger del imaginario que la acosa, encarnado en estado puro por el villano con sus trampas y proyectos. Éste hace gala, frente a la habitual pareja protagónica tan inmortal como él es estéril, de una insistente agresividad viril combinada con un femenino exhibicionismo de su figura, síntesis que distingue igualmente a las villanas. Travestismo teatral y ambigüedad –que no igualdad- de géneros y principios. El escenario así puede girar en cualquier momento.

Lazos de sangre. La relajación de los vínculos debilita el drama. De ahí el esplendor del teatro melodramático en tiempos de un orden familiar fuerte, con su consiguiente represión sexual, y la decadencia general del drama en nuestro tiempo de “ética indolora” (Lipovetsky) y “capital sin burguesía” (Milner). No conmueve lo que se paga con dinero ni el dinero mismo si se lo puede contar: sólo conmueve lo que se paga con sangre y no hay otra garantía que la libra de carne para las deudas contraídas en escena.

Amnesia crónica. ¿Un síntoma de la ignorancia cultivada por el lector al que se dirige la literatura de consumo? El recurso habitual, en thrillers, novelas históricas y otros géneros populares, a un pasado desconocido y determinante que el protagonista deberá investigar. ¿A qué se debe que los héroes contemporáneos y sus seguidores, de quienes se espera que al menos mientras leen sus aventuras se identifiquen con ellos, jamás conozcan lo esencial del pasado o al menos nunca encuentren lo sabido y probado sobre él suficiente o satisfactorio? ¿Y por qué la clave de esa urgencia a la que no pueden renunciar ha de encontrarse una y otra vez en un pasado remoto sobre el cual, si no es a lo sumo por el pecado original, no puede caberles responsabilidad alguna? La compulsión de actualidad que impulsa al consumo permanente de novedades no ofrece una respuesta evidente a estos interrogantes, pero la evidencia de que cualquier fantasía contemporánea sobre el pasado es preferida a lo que sea que se haya escrito durante la época añorada no deja dudas acerca de las prerrogativas de la ficción sobre la realidad. ¿Quién puede hoy con el original del Quijote? Sólo hablándole a la actualidad de sí misma y no de lo que la ignoraba puede el pasado hacerse oír.

Punto límite. El romanticismo es un callejón sin salida al fondo del cual está la mujer.

Prêt-à-porter. Capa y espada para el siglo XIX, piloto y pistola para el XX. La narrativa actual en cambio, saqueando sin cesar los armarios de abuelos y bisabuelos, se parece a la retratada del Portrait d’une femme de Pound: “Nada es suficientemente vuestro / y sin embargo es usted.” Acción, suspenso, intriga y romance, ya con faldas, ya con pantalones, no acaban de encontrar en nuestros días un vestuario a la moda capaz de sugerir que a su hora será clásico.

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Rosa y negro

La vanidad del mal

La vanidad del mal

“Con los buenos sentimientos se hace la peor literatura.” Con los malos también y nuestra época es la prueba: historias de psicópatas, vengadores y toda clase de inescrupulosos mayores y menores, con su clima siniestro de bolsillo, componen juntas el rumor del sordo cosquilleo identificado con la fascinación del lector. Aunque quizás fue siempre así y el concepto puede extenderse a la totalidad del arte. Después de todo, qué son los buenos sentimientos consagrados sino una máscara para los malos o su inversión, “el falso bien que es el verdadero mal”, como ya podía leerse en cualquier novela de Sue o Pitigrilli cuando, alternando los detalles precisos con altisonantes manifestaciones de horror y de condena, estos autores y otros como ellos nos referían lo que el irredimible villano le hacía o se disponía golosamente a hacerle a la virginal heroína. Sin embargo, así como exhibir la virtud con grandes gestos de indignación puede encubrir un regodeo pecaminoso, también las poses y actitudes agresivas son buenas a la hora de tapar debilidades. Nuestra época, que se jacta de haber sustituido una censura por otra –ahora se muestra el acto sexual, pero se corta el cigarrillo de después-, como todas las anteriores muestra a su modo los dos recursos y es difícil leer o ver algo que no caiga bajo una de ambas claves: el sentimentalismo almibarado del bien, con sus novias y enamorados, o la estereotipada dureza del mal, con sus putas y delincuentes. El duro denuncia la falsedad del suave y éste vela la brutalidad del duro; cuando se encuentran, drama de amor y odio en el que el duro tiene ocasión de descubrir su corazón antes de que el suave muestre los dientes y le demuestre que con la vida no se juega. Por algo el estereotipo definitivo es el de la lucha del bien contra el mal, favorito especialmente entre los consumidores del género fantástico. Allí sí que se ve clara la identidad de los contrarios, empezando por el padre de Luke Skywalker: cuando por fin revela quién es, toda la platea acompaña al bueno del hijo en su pánico aunque fugaz, pero definitivo, sentimiento de escándalo. Así también los malos sentimientos son los buenos desenmascarados, es decir, privados de su máscara de bondad. O al revés, como le pasa a Darth Vader. Los Verdurín serán los Guermantes y éstos han sido los Verdurin, ahora, desde siempre y para siempre. Pero lo particular de una época impúdica, sin embargo, es que los malos sentimientos se expresan libremente, es decir, sin arte alguno: sin forma ni máscara ni regla del juego. Ahí tenemos esas confesiones que son ajustes de cuentas, esos reclamos a la dicha ajena, esas casi desnudas fantasías compensatorias. Ahí no, aquí: en la librería. O en Internet, multiplicadas al infinito al ser gratuitas.

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Torturar a la heroína

Del escenario a la página

Es de lo más habitual adaptar narraciones al teatro. Ésta es la trasposición al lenguaje narrativo de un breve melodrama ya publicado en este blog (https://refinerialiteraria.wordpress.com/?s=episodio+fatal). El estilo o jerga de folletín corresponde a esa fuente. El pasaje del presente de indicativo al pretérito indefinido, es decir, del tiempo verbal propio del drama al más común en la narración, subraya el carácter único, que la diferencia de las hipotéticas representaciones anteriores, de la función aquí narrada.

La última vuelta del vals

La última vuelta del vals

EPISODIO FATAL

En el teatro, el secreto del éxito es torturar a la heroína.

(Salacrou)

            Había cada vez lo mismo: la novia en peligro, el villano amenazante y el galán al rescate. Lo que variaba eran las circunstancias. Por ejemplo esa vez, después de que la música habitual anunciara, en la acostumbrada oscuridad, el esperado momento culminante, a nadie sorprendió la blanca aparición, bajo un espectral rayo de luz, de la novia desmayada y caída a tierra como un ángel abatido en pleno vuelo. Sin embargo, a pesar del simultáneo estremecimiento que recompensó a los primeros en advertir la gruesa cadena abrazando el fino tobillo desnudo, ni el más sagaz de los espectadores hubiera sido capaz de anticipar a qué conducirían los pesados eslabones sujetos por su otro extremo a una gran bola negra de presidiario.

            El villano se deslizó en escena sin que nadie se fijara en él, hasta que la cínica sonrisa con que observaba a su cautiva resultó ya intolerable. Todo el mundo contuvo el aliento cuando, ceremoniosamente, extrajo de su chaqueta el encendedor de oro responsable de tantas catástrofes y lo acercó, para horror de los corazones allí apiñados, a la punta de la larga mecha que asomaba, sí, de la cruel bola de hierro a la que estaba encadenada la inconsciente. Después encendió uno de esos cigarros suyos largos y finos cuyo humo solía echar con displicencia a la cara de sus interlocutores y acompañó con su lento consumola febril extinción de la mecha, sin que insultos ni advertencias alcanzaran a perturbar su placer o despertar a su víctima.

            Fue entonces que irrumpió el galán y la acción se precipitó. Disgustado, el villano cambió su cigarro por un látigo que traía bajo la capa. Situado entre el intruso y su amada, sacudiendo el azote a escasos centímetros del rostro idolatrado, los sofocados alaridos femeninos que escapaban de la platea le procuraron un nuevo goce. Pero tampoco esta pantomima podía prolongarse. En alguno de los pasos más aventurados de la ensayada coreografía, el galán consiguió atrapar el látigo al vuelo y de un tirón atraerse a su adversario para derribarlo de un solo puñetazo en la mandíbula. Toda la concurrencia pareció arrojarse junto a él sobre el caído cuando fue a inmovilizarlo en el suelo con una llave de lucha libre.

Quédate conmigo

Quédate conmigo

La novia despertó en ese momento. Sus ojos se posaron en la bomba ya por estallar y no pudo contener un grito. Como movido por un resorte, el galán soltó al villano, corrió hacia ella y logró apagar la mecha justo a tiempo. A sus espaldas, el villano aprovechó para huir. Olvidando a su rival, el galán abrazó a la novia y la besó con toda la pasión que ya había desplegado en la lucha. Como siempre, con el beso acabó el espectáculo. A solas con su partenaire, el silencio pareció despertar al galán.

–Mi salvador… ¿Qué sucede? –indagó ella.

–¡El muy canalla! –dijo él, mirando en torno-. ¡Ha vuelto a escapar!

–¡No lo persigas! ¡No me dejes! –rogó ella, abrazándose a él.

–¿Es que siempre ocurrirá lo mismo? –se dijo él, airado.

            No alcanzó a responderse. Allí estaba su empresario aplaudiéndolos.

–¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡Un éxito pleno! ¡Rotundo! ¡Total!

–¿Se ha vuelto loco? –reaccionó-. ¡Ese rufián continúa en libertad!

El empresario era un firme creyente en la vieja máxima según la cual el secreto del éxito en el espectáculo consiste en torturar a la heroína. Su traje de tres piezas, su reloj con cadena, su gran panza y el grueso cigarro que fumaba testimoniaban la prosperidad que debía a su fe.

¿Es bueno? ¿Es malo?

¿Es bueno? ¿Es malo?

–Comprendo su decepción, joven –se condolió un momento, aunque no tardó en reponerse-. ¡Pero qué espectáculo! ¡Si hubiera visto la sala! Ya sé que se lo tengo prohibido –admitió, para enseguida reemprender sus ditirambos-. ¡Cómo el destino de la pequeña virgen los mantenía en vilo! Todos sentados en la punta de sus butacas. Y a pesar del cartel de localidades agotadas, afuera seguían atropellándose para entrar. ¡Lo que puede la inocencia! –concluyó riendo y sacó una cigarrera dorada-. ¿Un puro, amigo mío?

–Sabe que no fumo.

–Siempre reñido con los placeres mundanos, ¿verdad? –concedió sin rencor el empresario guardándose la cigarrera-. Lo admiro –afirmó-. ¿Pero ha pensado en el futuro? Algún día querrá sentar cabeza. Y entonces se alegrará de tener una suma en el banco. ¿Y sabe a quién deberá agradecer su fortuna, hombre íntegro? ¡A mí! ¡Al que lleva las cuentas!

–No sé cómo puede hablar de dinero en semejante situación. ¡Cuando la vida de una inocente corre peligro!

–¿Peligro? ¡Estamos labrando el bienestar de su novia! ¡Y de sus hijos! Si es que usted, como todo hombre de bien, planea casarse.

–Antes debo asegurarme de que ninguna pesadilla vendrá a enturbiar ese sueño.

–La seguridad de su prometida está asegurada. Y vale la redundancia. ¿Sabe cuánto recaudaremos con su próxima aparición?

–Conozco la esclavitud bajo contrato.

–¡No hay libertad sin libertad económica!

–¡Ni con cadenas en los pies!

–Perdón, es el entusiasmo –se disculpó el empresario sin convicción-. ¡Si hubiera visto cómo el público miraba esta cadena! –añadió, sacando una llave para liberar a la novia-. A propósito, deberíamos reponer la rutina del péndulo. ¡Y la del pozo de serpientes!

–¡Oh, no! –manifestó ella su horror.

            Pero el galán no llegó a escucharla. Ensimismado, debatía en un aparte la cuestión que lo obsesionaba.

La soledad del héroe

La soledad del héroe

–¿Cómo pudo haberse evadido? Lo tenía aquí, aquí mismo, dominado, paralizado con una llave infalible –se decía, de pie en el punto en el que había conseguido, como era habitual, detener al villano-. Cuando, de pronto, se hizo humo. ¡Igual que en el capítulo anterior! ¡Y el anterior! En el preciso momento en que ya lo había vencido. Cuando sólo faltaba entregarlo a la justicia. ¿Pero qué ocurrió entonces? ¿Cómo pudo escapar?

Al empresario no se le escapó el interrogante.

–Está muy nervioso –dijo a la novia-. Te ruego que lo distraigas. Que se calme un poco. Yo volveré en cuanto haya atendido unos asuntos.

Sin dar más explicaciones besó a la novia en la frente y salió llevándose la bomba, que hizo botar un par de veces contra el suelo. Abstraído, el galán ni lo oyó.

–¿Podríamos revisar los capítulos anteriores? –propuso y advirtió que tampoco a él lo oían-. ¿Dónde se metió? –preguntó a la novia.

–Nos dejó a solas –respondió ésta sonriéndole.

–Me pregunto qué se traerá entre manos.

–Siempre logra sorprendernos, ¿verdad?

–¡No puedo tolerar que la utilice como cebo para esa audiencia sedienta de sangre!

–Por favor, no hable así. Me inquieta.

El galán moderó su arrebato.

–Perdóneme. Pero me indigna el trato al que es sometida.

Confía en mí

Confía en mí

–Usted exagera –le reprochó ella suavemente-. ¿Cuándo salí lastimada? Es sólo un juego, un juego excitante pero inofensivo –argumentó.

–Un juego que puede costarle la vida –replicó él.

–No mientras cuente con usted.

Su confianza era conmovedora. Pero no podía compartirla.

–¿Cree que siempre llegaré a tiempo? –preguntó con cautela.

–Sí, lo creo. ¿Por qué no?

–A veces todo esto me parece estar fraguado –confesó.

–¿Fraguado? –preguntó ella intrigada.

–Sí. Como si todos estuvieran de acuerdo: el que la ataca, el que nos paga y los que vienen a mirarnos. ¿Nunca sintió nada parecido?

La miró. Era evidente que no.

–Junto a usted me siento protegida –volvió a sonreírle.

–Alguna vez no estuve a su lado –insistió él.

Una leve sombra pasajera agregó un matiz a la cara radiante.

–La primera vez. Entonces sí que sentí miedo. Yo estaba atada a la vía del tren, ¿recuerda? Así fue cómo nos conocimos.

¿Había sido así? ¿Qué diferencia había con cualquier otra vez?

–Sólo recuerdo –respondió- que ni bien la tuve en mis brazos apareció un hombre diciendo tenerla bajo contrato. Ahora ese hombre es mi jefe.

Siete vidas tienen los buenos

Siete vidas tienen los buenos

–¡Qué alivio sentí! –exclamó ella feliz al evocarlo-. Desde entonces supe que no tenía nada que temer. Podía confiar en mi protector –agregó con ojos llenos de expectativa-. ¿Recuerda el capítulo siguiente? ¡Estuve a punto de ser partida en dos y apenas pude temblar!

Un claro se hizo en la memoria del galán.

–Ése fue mi primer encuentro con su atormentador –confirmó con rara certeza-. Mientras forcejeaba con él la veía a usted debatirse bajo el péndulo. Pero una vez que la hube liberado, él pareció haberse desvanecido en el aire. ¿No recuerda tal vez cómo huyó? –inquirió esperanzado.

–Sólo recuerdo cómo me besó usted.

            La cabeza del villano se asomó a espiarlos por detrás de una cortina. Sonreía perversamente, como si alguno de sus planes estuviera por cumplirse.

            El galán se acercó a la novia.

–Querría besarla ahora –dijo tomándole la mano, pero el contacto hizo que ella retrocediera-. ¿Tiene miedo? ¿Miedo de mí?

–Por favor. Sabe que tenemos prohibido besarnos en privado.

–Precisamente cuando nadie nos ve –respondió él dulcemente-. ¿Quién nos delataría?

Ninguno oyó la cavernosa risita del villano.

–¿Usted no se lo dirá a nadie?

–¿Por qué iba a hacerlo?

–Y si llega a saberse, ¿me protegerá?

El galán la abrazó. Qué diferente hubiera sido ese beso de los que se daban ante todos al acabar cada episodio. Pero antes de que sus labios se atrevieran a tocarse la cabeza del villano desapareció tras la cortina y entró el empresario con un nuevo libreto.

–¡Todo el mundo a su puesto y dispuesto a trabajar! ¡Comenzamos otro capítulo! –anunció.

Cautiva de su imagen

Cautiva de su imagen

La novia se arrancó de brazos del galán. Sacando de su bolso un lápiz labial y un espejo de mano, se concentró en retocar su maquillaje.

–Muy bien, querida. Más ancha esa sonrisa –aprobó y corrigió al pasar el empresario-. Y usted, joven –censuró dirigiéndose al galán-, abandone esa expresión de abatimiento. El público viene a verlo triunfar.

Luego, ante los ojos incrédulos de su estrella masculina, abrió el libreto y se dispuso a leer.

–Veamos lo que les espera –dijo pensando en voz alta, y fue ojeando las  páginas con creciente satisfacción-. Siniestro… Soberbio… ¡Diabólico!

Fue demasiado para el galán.

–¡Exijo saber qué es lo que se planea!

–Usted no está en posición de exigir nada –respondió el empresario sin alzar siquiera la vista del libreto-. Relea su contrato.

–¡Se aprovecha de mi situación!

–Su situación es la de un enamorado. Aténgase a las consecuencias.

–¡Pero es que no las pago yo, sino ella!

–¿Y acaso ella se queja? –retrucó el empresario harto mientras cerraba el libreto con fastidio-. Mírela. ¿Qué es lo que ve? –interrogó, dirigiendo su propia mirada hacia la novia que cepillaba su pelo con diligencia y esmero-. Le diré lo que yo veo: a una auténtica profesional. Fíjese cómo ensaya. Con qué ahínco. Hasta qué punto conoce su papel –ilustrando sus palabras, como si las oyera, la novia ensayaba unas muecas en su espejo de mano: sobresalto, beso, alarido-. ¿Por qué no procura usted cumplir el suyo?

Procuró a su vez seguir leyendo, pero el galán no se dio por satisfecho.

–Es lo que intento –dijo, lleno de buena voluntad-. ¿Pero puedo ofrecer protección contra un peligro que ignoro? ¿Puedo garantizar mi triunfo si no sé a qué me enfrento? ¿Puedo mostrar firmeza en semejante incertidumbre?

–Usted se comprometió a tolerar el suspenso. O al menos eso firmó.

La mano en la sombra

La mano en la sombra

–¡Yo no le hablo de papeles sino de realidades! ¿No ve la diferencia? ¡Al menos míreme cuando le hablo! –exasperado, intentó arrebatarle el libreto pero el empresario eludió el manotazo y se alejó sin querer saber nada-. ¿Es que no comprende que la expone a riesgos cada vez mayores? –le recriminó él pegándose a sus talones-. ¿Que las trampas de ese criminal son cada noche más crueles? –insistió sin conmoverlo-. ¿Que el público espera crueldades aún más refinadas? –señaló sin advertir la reaparición del villano a espaldas de la novia, ahora sola e indefensa-. ¿Que pronto no habrá manera de apagar su sed de crimen? –denunció sin ver a su acusado tapar la boca de su defendida para arrastrarla al próximo escenario-. ¿Que un simple abuso más podría traer la catástrofe definitiva? ¿Se lo ha dicho a su estrella? ¡Dígaselo ahora! –lanzó el desafío, pero al volverse hacia su compañera para confrontar al empresario con ella como éste antes lo había hecho con él sólo encontró el vacío.

–La situación resulta familiar, ¿no le parece? –observó el empresario.

–¡Se la ha llevado! ¡En nuestras narices! ¡Y sin dejar un solo indicio!

–En eso se equivoca –dijo a sus espaldas el empresario sacándose un papel del bolsillo-. Mire lo que he encontrado.

–¡Una nota de rescate! –exclamó el galán-. “Socorro, amor mío” –leyó en voz alta-. ¡Es su letra! –alzó unos ojos desesperados.

–Y lleva su firma –confirmó el empresario.

–Ha vuelto a ocurrir. ¡Y por su culpa! –tronó el galán-. ¿No le advertí lo que sucedería? ¿No le pedí que me informara cuando aún estábamos a tiempo de prevenir este desastre? ¡Ahora quién sabe dónde la tiene a su merced!

–En la vieja fábrica abandonada junto a los muelles.

–¡Ahora es demasiado tarde! –gritó el galán, tomándolo de las solapas.

–Así es –dijo empresario sin alzar la voz-. No tiene tiempo que perder.

–¿Cree que no me doy cuenta de lo que pasa?

–Si no volvemos a verla, la culpa será suya.

El galán se midió con el cínico. Por fin, lo soltó.

–Muy bien. Me tiene en sus manos. ¡Pero sepa que antes de que acabe la función, también yo habré atrapado a mi presa!

El empresario siguió a su empleado con la mirada mientras éste salía lleno de brío. Una vez a solas, se acomodó la ropa. No pudo evitar sonreírse al recordar lo que acababa de volver a suceder. Consultó su reloj. Ya era hora. Miró la platea. La sala estaba llena. Midió la expectativa. Dio una orden y todo quedó a oscuras. Cuando una elaborada luz siniestra devolvió al fin la vista al público, éste descubrió sólo a la novia atada a una silla. El villano fue puntual. Traía algo pesado colgando de su brazo y sonreía como siempre.

El momento culminante

El momento culminante

–¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me persigue? –empezó la novia-. ¿Qué va a hacer conmigo? Por favor, déjeme ir –suplicó-. ¿Qué se propone esta vez? ¿Decapitarme? ¿Estrangularme? ¿Clavarme una estaca en el corazón? –como no hubo respuesta, se contestó a sí misma mientras el villano instalaba lo que fuera que había traído bajo su silla-. ¡No! ¡Déjeme adivinar! ¡Usted nunca se repite! ¡Seguramente es una prueba más cruel la que me tiene destinada! ¡Lo sé! ¡Su deseo es empujarme más allá de mis fuerzas! ¿Con qué derecho? –el villano se encogió de hombros-. ¿Por qué se ensaña conmigo? ¿Cree que se saldrá siempre con la suya? ¿Que nadie le dará su merecido? ¡Contésteme!

Sin decir una palabra, el villano alzó a la cara de la novia una máscara de gas, conectada por un tubo a una garrafa ahora evidente bajo la silla. Todo quedó espantosamente claro. La novia abrió la boca para expresar su rechazo, gritar su horror o tomar un último aliento, pero fue imposible saberlo pues de inmediato el villano fijó la máscara sobre su cara; después abrió la llave de la garrafa y con el gas pareció brotar la consabida música, que todo lo envolvió mientras él, llevándose a la nariz la flor que traía en el ojal, se deleitaba con el perfume ante los ojos desorbitados de su víctima. No tardó en aparecer el galán ni el villano en cambiar su flor por una afilada navaja, pero por mucho que hizo oír su risa cruel sus embestidas no rozaron al héroe, que atrapándolo al fin por la muñeca lo obligó a soltar el arma y le dobló el brazo a la espalda. Entonces la novia, liberando sus pies, comenzó frenética a golpear la garrafa con sus tacones, pero esta vez, en lugar de precipitarse en su ayuda, el galán sacó un par de esposas.

–¿Creías que era el momento de escapar, verdad? –dijo al villano que seguía riendo-. Cuando yo corriera a rescatarla. Pero esta vez invertiremos la rutina. Primero te pondré a buen recaudo –explicó poniéndole las esposas- y ahora la pondré a salvo a ella –concluyó dirigiéndose hacia la novia que, como la música, había dejado de hacerse oír-. ¡Amiga mía, somos libres! –exclamó quitándole la máscara, pero su propio rostro palideció-. ¡No puede ser! –gritó abrazándola-. ¡Está muerta!

–¡Imbécil! –se oyó la voz del empresario y con asombro el público lo vio irrumpir en escena cubierto de harapos-. ¡Me ha arruinado! –culpó al galán-. Está despedido, ¿me oye? ¡Despedido!

Avergonzado, el galán bajó la cabeza. Se apagaron las luces, estalló en la oscuridad la carcajada del villano y esta historia ya no pudo continuar.

FIN

Un mundo en orden

Un mundo en orden

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Episodio fatal

Peligros con rescate garantizado

Rescate garantizado

Continuación del capítulo anterior. Telón abierto en la oscuridad.

Piano melodramático. Música de momento culminante.

Luz sobre la NOVIA, desmayada en una punta del escenario.

Luz sobre el VILLANO, que sonriendo perversamente la contempla desde el centro de la escena.

Pantomima. Coreografía.

El VILLANO saca su encendedor y enciende la mecha de una bomba en forma de negra bola de hierro, unida al tobillo de la NOVIA por una gruesa cadena.

Luego enciende un cigarro largo y fino que fuma con enorme placer mientras mira la mecha correr hacia la NOVIA.

Pero irrumpe por la otra punta el GALÁN al rescate.

Disgustado, el VILLANO arroja su cigarro y con un látigo se interpone entre el GALÁN y su amada.

A latigazos en el aire mantiene al GALÁN a raya, dominando y gozando de la situación.

Hasta que el GALÁN consigue arrebatarle el látigo y lo derriba de un puñetazo en la mandíbula.

El GALÁN sujeta al VILLANO en el suelo con una llave, pero en ese momento la NOVIA despierta y, al ver la bomba ya por estallar, lanza un grito.

El GALÁN suelta al VILLANO, deja caer el látigo, se precipita hacia la NOVIA y apaga la mecha justo a tiempo.

A sus espaldas, el VILLANO recupera su látigo y aprovecha para huir.

El GALÁN abraza a la NOVIA, que llora en sus brazos. Luego ella lo mira con los labios entreabiertos y él la besa. El beso dura lo que tarda en apagarse el acorde final del piano. Mientras tanto, detrás de ellos, se cierra el telón.

El silencio parece despertar al GALÁN.

El despertar de una soñadora

El despertar de una soñadora

NOVIA: Mi salvador… ¿Qué sucede?

GALÁN (mirando en torno): ¡El muy canalla! ¡Ha vuelto a escapar!

NOVIA (abrazándose al GALÁN): ¡No lo persigas! ¡No me dejes!

GALÁN: ¿Es que siempre ocurrirá lo mismo?

Entra el EMPRESARIO aplaudiéndolos. Viste un traje de tres piezas, lleva un reloj con cadena, tiene una gran panza y fuma un grueso cigarro. Rebosa prosperidad.

EMPRESARIO: ¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡Un éxito pleno! ¡Rotundo! ¡Total!

GALÁN: ¿Se ha vuelto loco? ¡Ese rufián continúa en libertad!

EMPRESARIO: Comprendo su decepción, joven. ¡Ah, qué espectáculo! ¡Si hubiera visto la sala! Ya sé que se lo tengo prohibido. ¡Cómo el destino de la pequeña virgen los mantenía en vilo! Todos sentados en la punta de sus butacas. Y a pesar del cartel de localidades agotadas, afuera seguían atropellándose con sus billetes en la mano. ¡Lo que puede la inocencia! (Saca una cigarrera dorada.) ¿Un puro, amigo mío?

GALÁN: Sabe que no fumo.

EMPRESARIO (guardándose la cigarrera): Siempre reñido con los placeres mundanos, ¿verdad? Lo admiro. ¿Pero ha pensado en el futuro? Algún día querrá sentar cabeza. Y entonces se alegrará de tener una suma en el banco. ¿Y sabe a quién deberá agradecer su fortuna, hombre íntegro? ¡A mí! ¡Al que lleva las cuentas!

GALÁN: No sé cómo puede hablar de dinero en semejante situación. ¡Cuando la vida de una inocente corre peligro!

EMPRESARIO: ¿Peligro? ¡Estamos labrando el bienestar de su novia! ¡Y de sus hijos! Si es que usted, como todo hombre de bien, planea casarse.

GALÁN: Antes debo asegurarme de que ninguna pesadilla vendrá a enturbiar ese sueño.

EMPRESARIO: La seguridad de su prometida está asegurada. Y vale la redundancia. ¿Sabe cuánto recaudaremos con su próxima aparición?

GALÁN: Conozco la esclavitud bajo contrato.

EMPRESARIO: ¡No hay libertad sin libertad económica!

GALÁN: ¡Ni con cadenas en los pies!

EMPRESARIO: Perdón, es el entusiasmo. (Se agacha junto a la NOVIA.) ¡Si hubiera visto cómo el público miraba esta cadena! (Saca una llave para liberarla.) A propósito, deberíamos reponer la rutina del péndulo. ¡Y la del pozo de serpientes!

NOVIA (con horror): ¡Oh, no!

GALÁN (ensimismado): ¿Cómo pudo haberse evadido? Lo tenía aquí, aquí mismo, dominado, paralizado con una llave infalible. Cuando, de pronto, se hizo humo. ¡Igual que en el capítulo anterior! ¡Y el anterior! En el preciso momento en que ya lo había vencido. Cuando sólo faltaba entregarlo a la justicia. Y entonces… Justo entonces… ¿Qué ocurrió entonces?

EMPRESARIO (a la NOVIA): Está muy nervioso. Te ruego que lo distraigas. Que se calme un poco. Yo volveré en cuanto haya atendido unos asuntos.

Complicidades y traiciones

La gallina de los huevos de oro

El EMPRESARIO da a la NOVIA un beso en la frente y sale llevándose bomba y cadena, que no le pesan nada. Antes de salir hace picar la bomba un par de veces contra el suelo, como si fuera una pelota de básquet.

GALÁN (al EMPRESARIO, pues no lo ha visto salir): ¿Podríamos revisar los capítulos anteriores? (Al no encontrarlo.) ¿Dónde se metió?

NOVIA (sonriéndole): Nos dejó a solas.

GALÁN: Me pregunto qué se traerá entre manos.

NOVIA: Siempre logra sorprendernos, ¿verdad?

GALÁN: ¡No puedo tolerar que la utilice como cebo para esa audiencia sedienta de sangre!

NOVIA: Por favor, no hable así. Me inquieta.

GALÁN: Perdóneme. Pero me indigna el trato al que es sometida.

NOVIA: Usted exagera. ¿Cuándo salí lastimada? Es sólo un juego, un juego excitante pero inofensivo…

GALÁN: Un juego que puede costarle la vida.

NOVIA: No mientras cuente con usted.

GALÁN: ¿Cree que siempre llegaré a tiempo?

NOVIA: Sí, lo creo. ¿Por qué no?

GALÁN: A veces todo esto me parece estar fraguado.

NOVIA: ¿Fraguado?

GALÁN: Sí. Como si todos estuvieran de acuerdo: el que la ataca, el que nos paga y los que vienen a mirarnos. ¿Nunca sintió nada parecido?

NOVIA: No sé. Junto a usted me siento protegida.

GALAN: Alguna vez no estuve a su lado.

NOVIA: La primera vez. Entonces sí que sentí miedo. Yo estaba atada a la vía del tren, ¿recuerda? Así fue cómo nos conocimos.

GALAN (intentando recordar): ¿Cómo acerté a pasar por allí? No lo sé. Sólo recuerdo que en cuanto la tuve en mis brazos apareció un hombre que dijo tenerla bajo contrato. Ahora ese hombre es mi jefe.

NOVIA: ¡Qué alivio sentí! Desde entonces supe que no tenía nada que temer. Podía confiar en mi protector. ¿Recuerda el capítulo siguiente? ¡Estuve a punto de ser partida en dos y apenas pude temblar!

GALÁN: Ése fue mi primer encuentro con su atormentador. Mientras forcejeaba con él la veía a usted debatirse bajo el péndulo. Pero una vez que la hube liberado, él pareció haberse desvanecido en el aire. ¿No recuerda tal vez cómo huyó?

NOVIA: Sólo recuerdo cómo me besó usted.

Pausa. De atrás del telón se asoma la cabeza del VILLANO, que sonríe perversamente mientras los espía.

La amenaza de las sombras

La amenaza de las sombras

GALÁN (acercándose a la NOVIA): Querría besarla ahora. (Le toma la mano, pero ella retrocede.) ¿Tiene miedo? (La NOVIA no responde.) ¿Miedo de mí?

NOVIA (apartando la mirada): Por favor. Sabe que tenemos prohibido besarnos en privado.

GALÁN (sonriéndole, dulcemente): Precisamente cuando nadie nos ve. ¿Quién nos delataría?

Risita cavernosa del VILLANO.

NOVIA (mirando al GALÁN): ¿Usted no se lo dirá a nadie?

GALÁN (paternal): ¿Por qué iba a hacerlo?

NOVIA: Y si llega a saberse, ¿me protegerá?

El GALÁN la abraza. Beso inminente. De pronto, la cabeza del VILLANO desaparece tras el telón.  Entra el EMPRESARIO con un nuevo libreto.

EMPRESARIO: ¡Todo el mundo a su puesto y dispuesto a trabajar! ¡Comenzamos un nuevo episodio! (La NOVIA se arranca de los brazos del GALÁN y, sacando de su bolso un espejito y un lápiz labial, empieza a retocar su maquillaje.) Muy bien, querida. Más ancha la sonrisa. (Al GALÁN.) Y usted, joven, abandone esa expresión de abatimiento. El público viene a verlo triunfar. (Abriendo el libreto.) Veamos lo que les espera… (Pasando páginas con creciente satisfacción.) Siniestro… Soberbio… ¡Diabólico!

GALÁN: ¡Exijo saber qué es lo que se planea!

EMPRESARIO (sin alzar la vista del libreto): Usted no está en posición de exigir nada. Relea su contrato.

GALÁN: ¡Se aprovecha de mi situación!

EMPRESARIO: Su situación es la de un enamorado. Aténgase a las consecuencias.

GALÁN: ¡Pero es que no las pago yo, sino ella!

EMPRESARIO (cerrando el libreto): ¿Y acaso ella se queja? Mírela. ¿Qué es lo que ve? (Ambos miran a la NOVIA, que se peina.) Le diré lo que yo veo: a una auténtica profesional. Fíjese cómo ensaya. Con qué ahínco. Hasta qué punto conoce su papel. (La NOVIA ensaya unas muecas en su espejito: sobresalto, beso, alarido.) ¿Por qué no procura usted cumplir el suyo? (Abre el libreto y sigue leyendo.)

GALÁN: Es lo que intento. ¿Pero puedo ofrecer protección contra un peligro que ignoro? ¿Puedo garantizar mi triunfo si no sé a qué me enfrento? ¿Puedo mostrar firmeza en semejante incertidumbre?

EMPRESARIO: Usted se comprometió a tolerar el suspenso. O al menos eso firmó.

Un héroe para las damas

Un héroe para las damas

GALÁN: ¡Yo no le hablo de papeles sino de realidades! ¿No ve la diferencia? (Intentando arrebatarle el libreto.) ¡Al menos míreme cuando le hablo! (El EMPRESARIO elude el manotazo del GALÁN y se aleja de él, pero el GALÁN lo sigue.) ¿Es que no comprende que la expone a riesgos cada vez mayores? ¿Que las trampas de ese criminal son cada noche más crueles? ¿Que el público espera crueldades aún más refinadas? (A espaldas de la NOVIA, que se ha quedado sola, de atrás del telón se asoma el VILLANO.) ¿Que pronto no habrá manera de apagar su sed de crimen? (Tapándole la boca, el VILLANO se lleva a la NOVIA detrás del telón.) ¿Que un simple abuso más podría traer la catástrofe definitiva? ¿Se lo ha dicho a su estrella? ¡Dígaselo ahora! (Se vuelve señalándola, pero la NOVIA no está allí.)

EMPRESARIO (sonriéndose): La situación resulta familiar, ¿no le parece?

GALÁN (yendo hacia donde estaba la NOVIA): ¡Se la ha llevado! ¡En nuestras propias narices! ¡Y sin dejar un solo indicio!

EMPRESARIO (sacándose un papel del bolsillo a espaldas del GALÁN): En eso se equivoca. Mire lo que he encontrado. (Va hacia él y le tiende el papel.)

GALÁN (recibiendo el mensaje): ¡Una nota de rescate! (Lee.) “Socorro, amor mío”. (Alza la vista.) ¡Es su letra!

EMPRESARIO: Y lleva su firma.

GALÁN (guardándose la nota): Ha vuelto a ocurrir. (Al EMPRESARIO.) ¡Y la culpa es suya! ¿No le advertí lo que sucedería? ¿No le pedí que me informara cuando aún era tiempo de prevenir este desastre? ¡Ahora quién sabe dónde la tiene a su merced!

EMPRESARIO: En la vieja fábrica abandonada junto a los muelles.

GALÁN (tomándolo de las solapas, fuera de sí): ¡Ahora es demasiado tarde!

EMPRESARIO: Así es. No tiene tiempo que perder.

GALÁN: ¿Cree que no me doy cuenta de lo que pasa?

EMPRESARIO: Si no volvemos a verla, la culpa será suya.

GALÁN (soltándolo): Muy bien. Me tiene en sus manos. ¡Pero sepa que antes de que acabe la función, también yo habré atrapado a mi presa! (Sale.)

El EMPRESARIO lo mira salir y se sonríe. Luego, a solas, se acomoda la ropa. Después consulta su reloj. Cuando a su juicio ha llegado la hora, se dirige al borde del escenario.

Quítate tú para ponerme yo

Quítate tú para ponerme yo

EMPRESARIO (al público): Damas y caballeros, ¿qué piensan ustedes? ¿Llegará nuestro héroe a tiempo de rescatar a su amada? ¿Logrará arrancarla intacta de las garras de su mortal enemigo? ¿Será por fin capaz de atrapar al perverso que tanto lo ha burlado? ¿Podrán ustedes tolerar el suspenso sin que les dé un vuelco el corazón? ¡Hagan sus apuestas, damas y caballeros, y no se pierdan el desenlace de esta clásica aventura que ahora mismo recomienza! (Indicando con un gesto abrir el telón, sale de escena.)

Se abre el telón, descubriendo a la NOVIA atada a una silla.

Entra el VILLANO, trayendo una garrafa y una máscara de gas.

NOVIA (al VILLANO, que camina hacia ella): ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me persigue? ¿Qué va a hacer conmigo? (El VILLANO se detiene junto a ella, clavándole la mirada.) Por favor, déjeme ir. Se lo suplico. (El VILLANO sonríe cruelmente.) ¿Qué se propone esta vez? ¿Decapitarme? ¿Estrangularme? ¿Clavarme una estaca en el corazón? (El VILLANO acomoda la garrafa bajo la silla.) ¡No! ¡Déjeme adivinar! ¡Usted nunca se repite! ¡Seguramente es una prueba más cruel a la que me tiene destinada! ¡Lo sé! (El VILLANO se pone de pie con la máscara de gas en la mano.) ¡Su deseo es empujarme más allá de mis fuerzas! ¿Con qué derecho? (El VILLANO se encoge de hombros.) ¿Por qué se ensaña conmigo? ¿Cree que siempre se saldrá con la suya? ¿Que nunca nadie le dará su merecido? ¡Contésteme! (El VILLANO le muestra la máscara, conectada a la garrafa por un tubo.) ¡No! ¡No se me acerque! ¡No me toque! ¡No…! (El VILLANO le pone la máscara y abre la llave de la garrafa.)

La historia sin fin

La historia sin fin

Vuelve a sonar la música del comienzo.

Mirando al VILLANO con ojos suplicantes, la NOVIA forcejea inútilmente con sus ligaduras.

El VILLANO se saca la flor que lleva en el ojal y se deleita con su perfume ante los ojos desorbitados de la NOVIA.

Pero una vez más irrumpe el GALÁN.

El VILLANO tira la flor y saca una navaja, cerrándole el paso.

En vano el GALÁN intenta sortearlo. Dominando la situación, el VILLANO ríe cruelmente. Pasa al ataque, pero el GALÁN elude cada una de sus embestidas.

Hasta que, atrapándolo por la muñeca, lo obliga a soltar el arma, le dobla el brazo a la espalda y, con una zancadilla, lo pone boca abajo contra el suelo.

En ese momento la NOVIA, que ha logrado soltar sus pies de la silla, comienza a patear frenéticamente la garrafa con sus tacones para atraer la atención.

Pero esta vez, en lugar de correr en su ayuda, el GALÁN saca un par de esposas.

GALÁN (al VILLANO): ¿Creías que era el momento de escapar, verdad? (Aun vencido, el VILLANO ríe.) Cuando yo corriera a rescatarla. (La NOVIA deja de patear la garrafa.) Pero esta vez invertiremos la rutina. (La NOVIA queda inerte en la silla.) Primero te pondré a buen recaudo… (Pone las esposas al VILLANO.) …y ahora la pondré a salvo a ella. (Va hacia la NOVIA y con el acorde final del piano le quita la máscara.) ¡Amiga mía, somos libres! (Mientras se extingue la música, mira asombrado la cara de la NOVIA.) ¡No puede ser! ¡Está muerta! (La abraza.)

Entra el EMPRESARIO, cubierto de harapos.

EMPRESARIO (al GALÁN): ¡Imbécil! ¡Me ha arruinado! (El GALÁN lo mira.) Está despedido, ¿me oye? ¡Despedido!

Avergonzado, el GALÁN baja la cabeza.

Apagón.

Estalla en la oscuridad la carcajada del VILLANO.

NO CONTINUARÁ

villano

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Del folletín al thriller

Hierba mala nunca muere

Del melodrama al cinismo.

Del continuado al tiempo real.

Del misterio al secreto, de la fe a las pruebas.

De la lentitud del suspenso al vértigo de la acción.

Del crédito al contado, de la ilusión a la alucinación.

De la inflación retórica a la paranoia informativa.

Del justiciero enmascarado al asesino serial.

De la revolución inminente al capitalismo explosivo.

De la monarquía decapitada a la democracia acéfala.

De la obsesión del reconocimiento al consumo compulsivo.

De la potencia al acto, de la impostura al fraude.

De la novela popular a la novela comercial.

¿Y ahora quién podrá ayudarme?

Pues, parafraseando a Kafka, ¡cómo ha cambiado la vida sin haber cambiado en el fondo! ¡Y qué distinto es su reflejo! ¡Qué diferentes aquellos locos aventureros de estos investigadores científicos, aquellas armas de guerra o duelo de estos gadgets de infinitas prestaciones, aquellas damas desvalidas de estas heroínas colmadas de recursos! Y a la vez, ¡qué parecido es todo! ¡Cuán reconocibles los planteos, las situaciones, los conflictos, los personajes y todas sus relaciones! ¡Qué prefabricados hasta los más retorcidos nudos de la trama, qué falto de sorpresa aun el más imprevisible desenlace!

Podríamos retroceder hasta Andrómeda y Perseo, San Jorge y el dragón, las novelas de caballería que enloquecieron a Don Quijote o los relatos anónimos que con mayor razón, al abrigo de la falta de firma, no tenían por qué aspirar a originalidad o distinción alguna y podían ser producidos tranquilamente en la oscuridad y de memoria por el plagio o la imitación; después de todo, no toda tradición es grande. Pero nos quedaremos en el último par de siglos, de manera de poder remontarnos hasta un ancestro identificable: el folletín, bisabuelo del thriller, al que tomaremos como fundador, aunque como todos los fundadores sea también un heredero o expoliador, de esta dinastía que tal vez tenga en la novela negra su eslabón perdido.

Un héroe de nuestro tiempo

Sin embargo, evitaremos la genealogía. Demasiado larga y abierta a digresiones, detalles que nos apartarían de lo que es nuestro propósito en esta nota: señalar, del modo más concentrado posible, el quiebre en la sucesión, lo que distingue al folletín del thriller o, mejor, lo que separa al thriller del folletín, marcados ya su raíz común y los elementos que comparten. Pero bastará una sinopsis: como tal separación se ha producido en el tiempo, su desarrollo es una historia; siendo así, tiene planteo, nudo y desenlace. No deja de ser curioso que se hable de nudo para referirse a la parte menos apretada y más extendida de los relatos.

Establecimos al comienzo una serie de pasajes entre dos polos. Glosemos ahora los principios que los definen. Situémoslos históricamente. A pesar de los siglos transcurridos, de las circunstancias multiplicadas, del tiempo que estas cosas se han tomado para suceder, el movimiento a describir no es tan largo: se trata del pasaje del crédito al contado, con la particularidad de que en este caso el crédito ha prescrito sin que la deuda fuera cubierta, sin que toda la sangre derramada ni el esfuerzo intelectual producido pudieran convertirse en el capital necesario para saldar la cuenta, pero también sin que ésta tuviera manera de recuperar lo invertido. Los recursos para sobrevivir han tenido que venir de otra parte, pero esta fuente cae fuera de nuestro campo y tendremos que arreglárnoslas sin ella; podríamos repetir aquello tan repetido de que todo ocurre en la historia primero como tragedia y después como farsa pero, considerando que el folletín surgió de una restauración, parece que habrá que encontrar otros argumentos.

El matrimonio del cielo y el infierno

Aunque la situación argumental básica es la misma. Se trata, tanto en el folletín como en el thriller, de la conspiración. En el folletín, típicamente, de la trama en torno a una heredera cuya inocencia llega al extremo de no reconocerse como tal hasta que el héroe forzado a operar fuera o más allá de la ley logra restituirle no sólo el pleno derecho a la fortuna de la que sus enemigos procuran privarla por la calumnia, el robo, el secuestro, el chantaje, la malversación o llegado el caso el asesinato, entre otras amenazas, sino también su identidad, o sea la posición social que le corresponde en el espacio donde se distribuyen y usufructúan los nombres. En el thriller, tópicamente, de una intriga internacional en la que la sociedad entera ocupa el lugar de la heroína y la pareja protagonista colabora de manera equilibrada, en sociedad a su vez, para librar a la especie cuya célula básica interpreta de la peste programada por aquellos que prefieren proponerse como virus. No es que un planteo sea menos paranoico, estereotipado y pertinaz que el otro pero, además de las consecuencias que cada lector puede extraer de la extrapolación que representa el segundo respecto al primero, cabe señalar un rasgo notable que los distingue, mucho más extrínseco que intrínseco al no ser una variación debida a la matriz imaginativa de ninguno de los dos, sino un solo y mismo aspecto considerado a la luz de un entorno histórico cambiante. La sinopsis anunciada es la de esa historia paralela a la ficción.

Los misterios de París

Como todo el mundo sabe, el folletín surge en Francia durante la monarquía de Luis Felipe, cuyo antecedente inmediato y revelador es el período llamado de la restauración, dramáticamente revelado en lo esencial por Stendhal en su novela Rojo y negro. El gran novelista de la “monarquía de julio” será Balzac, a quien siempre se puede recurrir para saber lo que en el fondo sucedía por entonces, lo que no quiere decir que no abundaran los elementos folletinescos en sus obras: Ferragus, jefe de los Devoradores, por ejemplo, que abre una trilogía, se centra en una conspiración, justamente, aunque también podría leerse toda la Comedia Humana como una serie de conspiraciones cuyo objetivo es saquear al prójimo por vías legales. En este sentido, Balzac ilustraría el reverso del folletín: detrás del delirio colectivo acerca de villanos, heroínas, crímenes y tesoros escondidos, las transacciones y movimientos económicos masivos que en ese momento de transformación social brutal día a día determinaban destinos y posiciones bajo la impotente mirada de condena que podía dirigírseles desde el trono o el altar postergados. Pero en todo caso vemos cómo el primer modelo conspirativo se daba en una situación marcada por al menos dos revoluciones que presagiaban todavía otras, con sus promesas de liberación y cambio de suerte basadas sin embargo menos en la igualdad y la fraternidad que en la ilusión traída por el reconocimiento del derecho común a un destino singular y por eso protagónico. Cualquiera podía, según tales argumentos, reconocerse de la noche a la mañana legítimo heredero de una corona tan alta como la de cualquier cabeza cortada, sin por eso tener que perder la suya o permitiéndose incluso perderla durante la lectura. Así se forjó más de una conciencia.

El tren de la historia

También es sabido lo que en teoría pensaban las masas revolucionarias del individuo burgués, cabeza de turco a cercenar en nombre de la higiene popular durante la toma del poder por el proletariado en el siglo veinte, y cómo esas masas gigantescas laboriosamente sindicadas se disgregaron en los individuos desclasados que hoy procuran emerger de la errante multitud desocupada pero no liberada de sus cargas que puebla nuestras ciudades. ¡Uf! Larga frase para resumir muy largas décadas, durante las cuales mucho se ha alzado y caído pero el modelo narrativo instaurado por la literatura popular del siglo veinte no ha hecho más que extenderse a todas las áreas de la ficción, irresistible hasta para las tecnologías que ni Julio Verne se atrevió a soñar. Y aun para las antiguas vanguardias, que después de tanto reivindicar o subvertir la cultura popular se vieron devoradas o apartadas por ella según su utilidad para el espectáculo en continuado contemporáneo, mejor dicho quizás para la industria internacional del entretenimiento encargada de distraer nuestros ocios y mantener dentro de la circulación organizada los pensamientos que tienden a extraviarse. Nada como una buena conspiración para redirigir todas las atenciones hacia el centro, desde donde, apiñadas, acechar ansiosas el impenetrable entorno a la espera de la próxima revelación.

“¡Juntos, frente al sollozo!” (Neruda)

¿O no tan ansiosas? Quizás tan sólo excitadas. Y quizás, a falta de expectativa, por alguna otra clase de estímulo más insistente y aun trivial, como corresponde a la cultura del entretenimiento vigente, donde no son el saber ni la verdad las promesas a cumplir. Porque éste es el punto en el que el modelo conspirativo de nuestros días difiere del que emplearon Dumas y Sue: el de un encuentro que en estos tiempos no mesiánicos tampoco habrá de producirse, ni en su variante religiosa ni en la política, ni como renacer ni como revuelta, ya que de acuerdo con la percepción actual del tiempo nadie ha de volver del pasado ni venir del futuro. Y de este modo, por más que al virus de la conspiración se oponga el antídoto del orden que la pareja estelar siempre logra acabar administrándole a la sociedad que defiende, la cura no conduce a transformación o renacimiento alguno, que ciertamente nadie espera, sino a una continuidad, la supervivencia, tanto si es un niño como el mundo entero lo que es salvado. Las más recientes fantasías apocalípticas del cine y la literatura ilustran también esta percepción: no el estallido del mundo, sino la ausencia de todo futuro o más bien la infinita continuidad del presente ocupando ese vacío. Los avances tecnológicos, muy al contrario que en tiempos de Verne, ya no parecen provenir del futuro sino en cambio sumarse como una serie de probabilidades cumplidas a las que sólo les faltaba tiempo para manifestarse, como un objeto puede requerir espacio. Las proyecciones, estimados y presupuestos no son de la misma naturaleza que la profecía. Tal vez el thriller, bisnieto del folletín, nos parece estéril por idénticas causas a las que estropean nuestro imaginario del porvenir. Pero esa entropía es la que habita ahora el conjunto de la cultura popular, expansiva, invasiva y sin embargo, hasta donde se ve, privada de descendencia. Nueva tierra baldía. Del folletín al thriller hay una historia, pero la historia del thriller, desde hace más de un par de décadas, al igual que la canción sigue siendo la misma por más que suene cada vez más fuerte. En el folletín solía tratarse de hijos: extraviados, recuperados, desaparecidos, reaparecidos, sustituidos, falsificados, escondidos, enmascarados y descubiertos. En el thriller se trata de clones: cada thriller es el clon de otro y no responde a una madre, sino a una matriz, y es por esto que ninguno puede trascender la muerte implícita en su propio desenlace.

Has recorrido un largo camino, muchacha

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La literatura como espectáculo

Shakespeare fantaseado

Cuando predomina lo audiovisual. El esfuerzo de leer un libro es mayor que el de mirar una película. Lo demuestra la proporción inversa entre los lectores que también son espectadores y aquellos de éstos que a su vez son lectores: la primera intersección apenas deja margen a un lado y la segunda, en cambio, deja uno enorme al otro mientras que es difícil decidir si ella misma es mayor o menor que el primer conjunto; el espectador iletrado constituye mayoría, aunque tampoco puede asegurarse que la minoría alfabética conforme una élite. La ventaja del libro, de todos modos, es que puede acompañarte todo el día; el problema es que los jóvenes, que aunque ya se hacen mayores conservan sus hábitos y porque ya se hacen mayores consolidan sus tendencias, en general prefieren la música, o los reproductores de música, por su suministro de éxtasis en continuado y su poder de disolver preocupaciones. O los sucedáneos del cine, por su incomparable capacidad de sustituir cuanto vive.  Así es: el melómano no quiere despertar y se lee con los ojos abiertos; el cinéfilo del siglo XXI, disuelta su conciencia de sí del mismo modo que el alguna vez llamado séptimo arte en la multiplicación de los medios de circulación de la imagen, deja la lectura de ésta a sus aparatos y concentra su atención en la nuca que reclina contra el cabezal de su butaca, punto en el que cesa toda letra.

Salida de artistas. Crisis de la ficción: por un lado, vivimos rodeados de pequeñas ficciones a modo de entretenimiento; por el otro, ya no es el mito sino la ciencia lo que explica el mundo, por más que el mundo aparezca recubierto de ficciones. La ficción, de este modo, tiende a volverse lo contrario de lo que fue en tiempos en que era rara y los cómicos llegaban rara vez al pueblo: omnipresente e insignificante. Lo que obliga al lector inquieto a desplazarse él mismo ya que ahora el espectáculo, al ser en continuado, forzosamente se repite; la repetición está en el orden del día. En consecuencia, en cada función, nadie puede no reconocerlo, con lo que a cada uno le cabe la responsabilidad de evitarlo, si está en busca de novedades o se le ocurre que podría haberlas. Puesto que, si el espectáculo debe continuar, por otra parte sólo queda seguir el propio camino. Siendo así, es el apego a sí mismo el mejor ejemplo que el espectáculo jamás podrá darte. Y como en cada función se repite, no hay manera de que no puedas repasar la lección.

Público. Un lector está solo.

La mirada de un hombre de pluma

El fantasma del escritor. Qué difícil resulta creer en la existencia, en la realidad, por no hablar de la verdad, del personaje cinematográfico del escritor; tan improbable como, en la mayor parte de las películas, comprobar imagen a imagen, en plano general y en primer plano, el amor que según el argumento se tienen los seres encarnados por el primer actor y la primera actriz. Como no se ve el amor, tampoco se ve el trabajo literario y las secuencias de las noches sin dormir aporreando el teclado de alguna máquina o arañando el papel con la pluma a la luz de una temblorosa vela resultan tan estereotipadas como las escenas de sexo musicalizadas o los paseos tomados de la mano por parques radiantes y playas crepusculares; por no hablar de las caracterizaciones, tanto da si el escritor es biografiado o ficticio, donde el perfil singular depende mucho más de un sombrero, de un bigote o de cualquier atributo pintoresco con que el entorno pueda disfrazarlo, es decir, de todo cuanto pueda oponerse a la creación, que de aquello que efectivamente la favorece o de los efectos del proceso singular por el que llega a producirse. ¿Una excepción? Para variar, Mastroianni. Su personaje en La noche, de Antonioni, es escritor; inmerso en el clima cultural de la época, con un perfil existencialista en absoluto dependiente de moda parisina alguna, atravesado por toda una serie de disyuntivas tan poco satisfactorias unas como otras, dudando razonablemente de cada respuesta espontánea que encuentra, precipitándose de vez en cuando a dar fe de lo que apenas puede negar que no se sostiene, no lo vemos escribir en toda la película; pero, cada vez que se trata de literatura, reacciona vivamente, desde una oscura fe más profunda que sus cuestionadas creencias, en abierto contraste con la indecisión que marca su tránsito entre los interrogantes por los que es enfrentado. Con eso le basta, alcanza con eso, para legitimar la condición de escritor del personaje y poner de manifiesto, Sartre aparte, el compromiso del que depende su capacidad de respuesta, el fondo de seriedad que lo afecta en cada secuencia y aun cuando bromea. No se trata de genio ni de maestría, sino de un inconformismo ejemplar, elegido, que a cualquiera cabe emular.

La comedia de la creación. La exhibición de los autores pertenece al mismo orden que el estereotipo del bien y el mal o los tipos de la comedia del arte en los que pueden reconocerse principios semejantes, basados siempre en una mutua oposición por la que el ser tiene horror a reconocerse en el no ser, al que aporta sin embargo más de la mitad de su nombre. Que el creador se muestre es una obsesión de creaturas, como lo testimonian tantas historias sostenidas por diversos cultos religiosos. Pero estas otras apariciones no pueden tomarse en serio: algunos textos tal vez sobrevivan a sus firmantes, pero ni fotos ni filmaciones los harán revivir. Hasta el momento de su desaparición definitiva, sin embargo, entran y salen de escena como si así realizaran ese pasaje de un mundo a otro similar al que conduce de la oscuridad a la fama. Un autor es una imagen, un escritor es una voz, pero así como estas dos nociones se equilibran en un doble registro, conflictivo pero no necesariamente inarmónico, si a veces disonante, la vida literaria oscila entre los polos del intercambio solidario y el deseo de brillo individual, cuya inevitable consecuencia es la a menudo ciega voluntad de eclipsarse mutuamente, con los choques entre astros y estrellas implícitos. Cada uno, al salir de escena, después de sufrir las consecuencias, podrá hacer de lo vivido una comedia y recuperar así su lugar de trabajo, escribiendo lo que no llegó a decir o suceder para quedar por fin a salvo detrás de esas líneas.

Las aventuras de Henry Miller

Síndrome de Karmazínov. Quienes hayan leído Los demonios (Dostoievski) se acordarán de Karmazinov, el escritor eslavo abierto a las corrientes europeístas de su tiempo que, al cabo de una gloriosa carrera literaria, su literaria carrera a la gloria, se despide por fin de sus innumerables lectores en un “cotillón”, como llama Dostoievski a esa reunión de admiradores selectos, donde lee un poema simbólico-autobiográfico, vida de héroe, con el que él mismo procede a su propia consagración. Si alguien quiere hacerse una idea del poema, o más bien de su intención última, puede imaginarlo –en la novela es sarcásticamente resumido y comentado- de acuerdo con la descripción que del estilo del autor ofrece el anónimo narrador testigo algunos cientos de páginas antes (así es: estamos en una novela rusa del siglo diecinueve). “Todo en el artículo tendía al lucimiento del autor”, condena este personaje que sabe todo de quienes lo rodean y apenas cuenta nada de sí. Y al explicarse remeda lo que Karmazinov se ha cuidado bien de no escribir en el reportaje sobre un naufragio que ha publicado en un periódico: “No reparéis en la joven madre con su hijo al pecho bajo las olas, en los esforzados marineros maniobrando para salvar la embarcación. ¡Fijaos en mí! ¿Cuál sería mi aspecto en aquel trance?” A una vieja amiga actriz le gustaba mucho esta última frase y solía emplearla en improvisaciones. Efecto cómico seguro, efecto patético casi garantizado. Pero fuera de las tablas las cosas no son tan evidentes. Volvamos a la novela. Karmazínov es algo más que un personaje: es un autor. Y es algo más que un autor: es un autor que también es personaje. Nadie nunca se identifica con él porque en esta novela, desde la primera vez que alguien menciona su nombre, es persistentemente cubierto de ridículo: si a alguien le han cumplido la amenaza de “sacarlo en una sátira”, que tanto circula en El idiota, es a él. Pero cuánto se le parece ese lector que a toda costa quiere identificarse, que si no se trata de él –o de ella- no se interesa, que sin descanso se busca entre los seres de las ficciones que devora y si no se encuentra abandona la lectura. Un lector de lo más normal, por otra parte: bajo la máscara de su anonimato, con la anuencia del autor, estará muy contento de identificarse con los puntos de vista de éste a la vez que con el héroe o la heroína que le muestran. Karmazínov secreto: aquél que se identifica con el héroe que el autor identifica consigo mismo. Síndrome de Karmazínov: la multiplicación del fenómeno por la cantidad de ejemplares vendidos. El lector enmascara su narcisismo con la vanidad del autor que se exhibe y éste justifica su presencia con el reconocimiento que la equilibra.

Onda corta. Adaptándose, ajustándose uno al otro, emisor y receptor reafirman sus defectos. Estilo anticuado del autor, nostalgia indefinida del lector. Tiempo perdido, años en redondo. Cópula estéril no transmite herencia alguna.

Literatura de evasión. Aplicada a la representación, la lógica comercial produce sin cesar, de inmediato y en forma automática, el estereotipo. La ficción de género es un producto cuyo canal de distribución ya está abierto; por eso resulta rentable, o se la considera así de antemano. Para que la producción o, digamos, la cosecha de determinado período creativo también lo sea, debe encontrar su tipificación y devenir a su vez una especie de género: romanticismo, naturalismo, modernismo, neorrealismo, nouveau roman, realismo mágico, realismo sucio, autoficción, etcétera. La obra fuera de género debe viajar por los caminos de la distribución como polizonte o abrir otros nuevos, aunque lo más probable es que a su paso, como el Mar Rojo, el pasadizo vuelva a cerrarse. Pero es también así como escapa a su época.

Las dos caras de Virginia

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El folletín mediático

Eugène Sue (1804-1857)

Hubo una vez, en París, un hombre de imaginación afiebrada capaz de contagiarla a los demás. En aquel hormiguero de actividad, aquella jungla de intrigas e intereses que era París bajo la monarquía constitucional de Luis Felipe, un pueblo hambriento de novedades se precipitaba cada día sobre los periódicos en busca de sucesos: crímenes escalofriantes, veredictos escandalosos, fortunas escamoteadas, víctimas inocentes, genios del crimen y justicieros clandestinos eran el tipo de material que por entonces multiplicaba las ventas. Pero lo que el hombre de prensa Eugenio Sue publicaba en los diarios, aquellos sucesos en los que criadas, comerciantes y artesanos buscaban fielmente el reflejo de sus temores y expectativas, no eran noticias sino ficciones: las novelas por entregas conocidas como folletines, cuyo estilo parecerá hoy anticuado hasta el ridículo pero cuyos motivos y situaciones resisten firmes en el imaginario popular. Pues obras como El Judío Errante o Los Misterios de París establecieron no sólo una literatura, sino también un modelo de comunicación.

Mayo de 2002. Leo un artículo de Loïc Wacquant: En las grandes cadenas de televisión francesas, los informativos de las ocho de la tarde se han transformado en crónicas de los sucesos judiciales, que proliferan de pronto y nos amenazan por todas partes. Los semanarios están llenos de reportajes que revelan las “verdaderas cifras”, los “hechos ocultos” y otros “informes explosivos” sobre la delincuencia, donde el sensacionalismo pugna con la moralina, sin olvidarse de levantar periódicamente la terrible cartografía de los “barrios prohibidos” y de desgranar los “consejos prácticos” indispensables para hacer frente a unos peligros que han sido decretados como omnipresentes y multiformes. En efecto, ¿cuál es el estilo en que se dan las noticias hoy? ¿Qué estado de conciencia crean? ¿En qué mitología se apoya la imagen del mundo y de la sociedad que transmiten? Las historias de la vida real que nos ofrecen los medios guardan más de un parecido con las aventuras en continuado de los intrépidos héroes y dolientes heroínas de Sue. ¿Es que acaso la realidad tiene formato de melodrama?

La poesía hecha por todos

En la confección del folletín era esencial la relación con el lector. Esta relación no se establecía una vez terminada la obra, como ocurre con las novelas que se publican en volumen independiente, sino que avanzaba paralelamente a la redacción del texto, del que cada día se publicaba un capítulo en el periódico. Al igual que ocurre hoy con las telenovelas, era posible medir diariamente el impacto alcanzado; y el interés del público, manifiesto en la cantidad de ejemplares vendidos, influía directamente sobre el devenir de la obra. Una fluida relación triangular, paralela al correr de las semanas, se establecía entre autor, personajes y lectores. De esta manera, por descabellado que fuera el relato y aunque a menudo transcurriera en algún siglo anterior, poco a poco llegaba a ser un delirio inmerso en la cotidianeidad de todos los involucrados, lo que daba a esta literatura popular una relación con el tiempo quizá más propia de los medios de comunicación que del arte. Este delirio, construido día a día por autor y lector, tenía en relación con sus vidas mucho más de sintomático que de reflexivo; del mismo modo, cada página no era juzgada a posteriori sino de inmediato. Los argumentos de Sue no admiten distanciamiento, como podemos comprobar hoy, pero funcionan precisamente a partir de la identificación.

Lo que la ciudad esconde

Sue, hijo rebelde de un cirujano militar favorito de Napoleón que a su muerte le dejó una fortuna, comenzó a escribir folletines para pagar las deudas contraídas mientras gastaba su herencia. El dandy cuyo modelo era Lord Byron se dedicó, en su novela Los Misterios de París, a presentar los bajos fondos de la ciudad como un mundo de miserias debidas a las crueldades del capitalismo, donde las mayores iniquidades eran posibles. Así, a la prédica socialista y a la declaración de propósitos virtuosos podía unir la prolija y morbosa descripción de todo tipo de maldades, peligros y complicados sufrimientos. Su héroe, Rudolphe, Príncipe de Geroldstein, nos lleva gracias a su título a visitar los más altos círculos de la sociedad, a la vez que gracias a su proteica habilidad para disfrazarse nos introduce en los más bajos; su heroína, Fleur-de-Marie, tras padecer durante cientos de páginas entre malvivientes de toda especie, es rescatada del malvado notario Jacques Ferrand por Rudolphe para que al fin sea revelada su verdadera identidad de hija del Príncipe. Esta novela, a la que siguió toda una ola de libros que exploraban los “secretos” de las metrópolis (Los Miserables de Víctor Hugo, Los Misterios de Londres de Paul Feval), fue celebrada tanto por la prensa progresista como por la burguesía cuya caridad santificaba. Por su siguiente obra, El Judío Errante, Sue recibió del periódico El Constitucional, que durante la publicación aumentó su circulación de 5.944 a 24.771 ejemplares, 100.000 francos que establecieron su tarifa standard para los próximos 14 años. Este excelente negocio haría de él uno de los escritores mejor pagos de Francia y le permitiría llegar a convertirse en una suerte de magnate mediático de la época, propietario de varios periódicos en toda Europa. Tras la caída de Luis Felipe, ya diputado socialista, Sue sería tachado de perezoso por sus compañeros de partido. Sin embargo, una anécdota ilustra el grado de fervor popular que era capaz de despertar: cierta vez, en los años difíciles, encarcelado por deudas, Sue suspendió la publicación de su folletín. El clamor del lector no se hizo esperar: fueron cientos los que pidieron su liberación, y muy pronto nuestro autor estuvo de regreso en su buhardilla, soñando nuevos abusos y reparaciones.

Pegan a un ciudadano

En nuestros días, los competidores de Sue se han multiplicado; es más, se han sindicado. Posiblemente hoy el puesto del autor hubiera sido cubierto antes de que nadie notara su ausencia, o la cadena de TV y los anunciantes hubieran pagado su fianza antes de que ningún espectador tuviera que abandonar su sofá para sumarse a la protesta. Las reglas del folletín forman parte a tal punto del imaginario colectivo que actualmente basta el oficio donde alguna vez hizo falta algo de genio. Esa “paradoja de locura infantil y habilidad consumada” que es para Edgar Allan Poe el estilo de Sue nos llega hoy diluida y graduada en forma de series, películas, novelas de bolsillo y dibujos animados, pero también de diarios, noticieros, semanarios, programas de entretenimientos, concursos musicales, talk-shows y reality-shows. Episodios melodramáticos, con los mismos elementos que caracterizan las novelas de Sue, encontraremos con sólo hacer un poco de zapping. Reconoceremos personajes y situaciones: el hombre perseguido, la mujer engañada, el niño abandonado, organizaciones malignas, sospechosos de guante blanco, crímenes y venganzas, abusos, denuncias, injusticias; también tendremos nuevas alternativas a diario y un amplio surtido de caracteres con los que ejercitar la identificación. Pero, a diferencia de los capítulos de Sue, estos momentos de variado patetismo no tejerán una trama ni hallarán resolución alguna. Pues no sólo nosotros hacemos zapping: también los medios lo hacen, es un aspecto estructural de su narrativa. La atención del espectador, conquistada a base de golpes y efectos de melodrama, no puede ser sostenida hasta un fin del que los medios, como la realidad, carecen. Tenemos, precisamente, los medios sin el fin. El folletín mediático, aún confeccionado con los mismos elementos que el de Sue, presenta una diferencia fundamental con éste, una falta que es tal vez una falta de perspectiva, de la perspectiva que hace posible un relato continuo. Hemos perdido, en la confusión de relatos, una palabra clave: continuará.

Intrigas de ayer, de hoy y de siempre

La historia esencial que sirve como hilo conductor a prácticamente la totalidad de los folletines, enlazando sus distintas situaciones y permitiéndoles el máximo despliegue, es un cuento muy viejo que el siglo 19 puso en escena a su modo. Se trata del mito del expósito y el bastardo, cuyo tema es la lucha por la legitimidad y el reconocimiento de un destino acorde con ella. Cada una de estas novelas ofrece sus variaciones del esquema básico: Fleur-de-Marie es reconocida por su padre el Príncipe Rudolph y rescatada así de la miseria; Lagardere, protagonista de El Jorobado de Paul Feval, adquiere por el reconocimiento de sus méritos los títulos de caballero y conde; su amada Aurora de Nevers, amenazada durante toda la obra por quienes desean arrebatarle definitivamente su herencia, al fin logra probar su verdadera identidad de condesa, que la hará rica y en el futuro duquesa. ¿Qué son todas estas aventuras sino otras tantas metáforas de un ascenso social basado en el surgimiento a la luz de una verdad oculta hasta entonces por intereses espurios o por una sospechosa fatalidad? Legitimistas se llamaban entonces los partidarios de la monarquía destituida; paralelamente, como si buscaran también legitimarse en la divinidad, aún si condenaban iglesia y religión los adeptos a las reivindicaciones sociales solían adoptar un tono de prédica virtuosa: la moralina que acompaña las narraciones de Sue puede ser un buen ejemplo. En aquel período de irrevocables cambios políticos, la ficción delirante del folletín ofrecía la ilusión de una nueva identidad que haría justicia a héroes, heroínas y lectores, a la vez que cumplía sus deseos más postergados: señoras soñándose raptadas por bandidos honestos, criadas soñándose condesas desposeídas o burócratas soñándose líderes de organizaciones al margen de la ley encarnan diversas formas de compensación psíquica de una vida oprimida de modo nuevo, cuya liberación se busca en la apropiación de un pasado ajeno que nunca podría coincidir con el propio porvenir y sin embargo guarda el germen de un mañana distinto.

El marqués en nuestros días

En contraposición con esto, ya Sade en el siglo anterior había roto la ilusión democrática de redención para la naturaleza humana. Las atroces intrigas y emboscadas de sus novelas prohibidas, tan folletinescas, rompen con el mundo del folletín en la medida en que no hay en estas ficciones reconocimiento final que restituya orden legítimo alguno. En las populares novelas por entregas, al contrario, lo que está en suspenso a lo largo de los sucesivos continuará que interrumpen cada capítulo es precisamente este reconocimiento, que da sentido a la obra y cumple la expectativa del lector. Ahora bien, si habitamos un mundo en el que este reconocimiento es imposible, ya que no hay nadie capaz de otorgarlo, si entonces no puede establecerse genealogía alguna que legitime a nadie, si así la transformación soñada es una quimera insostenible, si el humor, como dijo Kant, es la espera de algo que acaba en nada, no debe sorprendernos que el melodrama hoy nos cause risa. Cartas escritas con sangre, súbitos reencuentros de parientes, estigmas que identifican a un heredero, son cosas en cuya verdad no podemos creer. Imposturas de la ficción. ¿Se debe a esto el creciente interés por las historias de la vida real, reality-shows incluidos? Aunque los incidentes varíen, los presupuestos del folletín se mantienen: los modelos de identificación se conservan y tanto da si las lágrimas que nos salpican pertenecen a una huérfana desheredada o a un expulsado del reality-show. La diferencia es que en los medios los capítulos son simultáneos o se suceden sin enlazarse; y su brevedad, así como la rapidez con que se salta de uno a otro y la facilidad con que intercambian sus lugares, se encuentra en razón directa al absurdo que los reúne, oculto en la velocidad del zapping y la multiplicidad de canales. El interés del espectador depende del impacto inmediato, no de la satisfacción de una expectativa que en el fondo sabe que no se va a producir. Nada de importancia será revelado al cabo de la intriga, ya que el hacer sin consecuencias del espectáculo, su ininterrumpido hablar sin llegar a decir nada, es al fin y al cabo puro entretenimiento, pasatiempo. Si la compaginación en continuado de distintos momentos en clave de folletín resulta absurda, no por ello nos deja perplejos: comprendemos de inmediato cada instante, sólo que falta entre ellos el secreto que, en un folletín, daría sentido al conjunto: la filiación restituida.

Susan Smith

Pues la ruptura de la genealogía implica la pérdida, repetida con cada corte, del sentido de la historia. La falta de relación entre los hechos que se suceden en los medios conforma un desorden afín al del universo del folletín hasta el momento de su desenlace, cuando se restablece la genealogía correcta y, así como los hijos encuentran a sus padres, los herederos encuentran sus fortunas y los nobles reciben sus títulos. Nosotros ya no esperamos, no creemos en estos finales felices. Tampoco en una súbita transformación del mundo o de nuestras vidas. Y sin embargo, por ejemplo, cuando en 1994 Susan Smith encubre el asesinato de sus hijos detrás de un supuesto secuestro llevado a cabo por un enmascarado igual a los de las series policiales, su pueblo y su país le creen y rastrillan el estado buscando al culpable. Cuando la realidad se parece a la ficción, aumenta a menudo la impresión de realidad y no es raro que el público se sienta llamado a escena, ni que acuda poseído por una esperanza obtusa. Desconfiamos de los discursos moralizantes como aquellos con que los autores de folletines sublimaban sus escabrosas ficciones, pero aceptamos la “sobria objetividad”, igualmente afectada, con que los medios masivos nos presentan sus pruebas. Creemos en un verosímil. ¿Por qué? Quizás la expectativa, aunque vaciada, sigue siendo la misma, y la perspectiva de un territorio en el que ningún reconocimiento nos reivindicará resulte demasiado árida; de esta manera, irracionalmente, algo en nosotros responde cada vez que se lo interpela a la manera del folletín, algo que no quiere renunciar a un pasado que, tal vez, suponía un destino. Pero ese impulso no tarda en tropezar con nuestro propio y moderno nihilismo, que niega su fe a las revelaciones y pronto nos recuerda el control remoto en nuestra mano: el episodio no continuará; quebrado está el árbol genealógico que, para lectores de otro siglo, aunaba vida y verdad.

¿Historia o leyenda? ¿Realidad o ficción?

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