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Teatro de la memoria

espejo

Allá lejos y hace tiempo

La verdadera vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. (Gabriel García Márquez, Vivir para contarla) Pues no: la verdadera vida es la que se olvida y la verdad que ese olvido guarda es a su vez por lo menos doble, ya que reside tanto en el sentido puesto en obra por lo que va ocurriendo al mismo tiempo que esto sucede como en esa revelación que sólo nace del contacto inesperado entre una presencia y una ausencia, cualquier elemento circunstancial y la eventualidad olvidada que en su propia emergencia cobra sentido. Esto último es lo que puso en escena Proust con su fábula de la magdalena, un poco teatral tal vez pero necesaria como invención para hacerse entender en su enmienda de la consideración de la memoria como patrimonio, y el cuestionamiento que Saer lleva a cabo en La mayor a través del repetido no recordar de Tomatis –Otros, ellos, antes, podían. (…) Y yo, ahora, me llevo a la boca, por segunda vez, la galletita empapada en el té y no saco, al probarla, nada, lo que se dice nada-, si por un lado descubre y denuncia el artificio, o al menos advierte que es ya impracticable, confirma también por otro el carácter fortuito del recordar. Ya que a una memoria así, que se presenta cuando menos se la espera, no cabe administrarla como es tradición en las memorias literarias, las redacten escritores, comediantes, deportistas, políticos o celebridades con un poco de ayuda. Los recuerdos, en correspondencia con lo que decía Musil de las ideas respecto al pensamiento, son como piezas embalsamadas de una sustancia viva a las que el tiempo modifica no menos de lo que ellas la apariencia de lo que pasa y no deja de pasar. Los recuerdos son los guardianes de la memoria: de pie ante sus puertas, ya como relato siempre presto a repetirse, fotografía escamoteando sus circunstancias u objeto mudo que asiente a cuanto se diga sobre él, ofrecen la prueba del pasado que homenajean, a la vez que cierran el paso a la conciencia cuyo interior protegen defendiendo su fachada. El monumento se sostiene en su carácter pétreo, aunque sabida es la historia de la estatua que echó a andar.

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Los juegos de la memoria

Turista adolescente en México, recuerdo ahora, si el amable lector me lo permite y tolera esa expresión, la estatuilla con un pie roto cuyo oportuno distribuidor, a causa de mi interés en su mercadería, atribuyó el daño a una leyenda que a su vez no recordaba bien, como si no fuera evidente que la mutilación se debía a un golpe recibido durante alguna maniobra de logística afectando el bien en cuestión. Me quedo satisfecho con mi compra, más de treinta años después, porque volví de mi excursión a las pirámides con un intangible que hasta hoy no se deprecia: la verdad del souvenir. Y admito, evocando la dentadura postiza del gitano que al principio de la novela traía las novedades a Macondo, una parte de verdad en la famosa frase de García Márquez: la verdadera vida es la que se vive durante la narración, de acuerdo, pero no la que en ésta se atribuye al pasado. Pues no se recuerda más que lo que se imagina y el núcleo de la imaginación se constituye mucho antes de que pase lo que sea que cualquiera pueda llegar a recordar. La imaginación de cada uno es más antigua que su memoria y es ella la que sin hacer preguntas distribuye los roles entre las figuras del álbum, que así ya no remiten a un ocasional modelo pretérito sino al jamás nacido intérprete de un teatro privado.

dory

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Los guardianes de la memoria

La verdadera vida es la que se olvida

La verdadera vida es la que se olvida

La verdadera vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. (Gabriel García Márquez, Vivir para contarla) Pues no: la verdadera vida es la que se olvida y la verdad que ese olvido guarda es a su vez por lo menos doble, ya que reside tanto en el sentido puesto en obra por lo que va ocurriendo al mismo tiempo que esto sucede como en esa revelación que sólo nace del contacto inesperado entre una presencia y una ausencia, cualquier elemento circunstancial y la eventualidad olvidada que en su propia emergencia cobra sentido. Esto último es lo que puso en escena Proust con su fábula de la magdalena, un poco teatral tal vez pero necesaria como invención para hacerse entender en su enmienda de la consideración de la memoria como patrimonio, y el cuestionamiento que Saer lleva a cabo en La mayor a través del repetido no recordar de Tomatis –Otros, ellos, antes, podían. (…) Y yo, ahora, me llevo a la boca, por segunda vez, la galletita empapada en el té y no saco, al probarla, nada, lo que se dice nada-, si por un lado descubre y denuncia el artificio, o al menos advierte que es ya impracticable, confirma también por otro el carácter fortuito del recordar. Ya que a una memoria así, que se presenta cuando menos se la espera, no cabe administrarla como es tradición en las memorias literarias, las redacten escritores, comediantes, deportistas, políticos o celebridades con un poco de ayuda. Los recuerdos, en correspondencia con lo que decía Musil de las ideas respecto al pensamiento, son como piezas embalsamadas de una sustancia viva a las que el tiempo modifica no menos que ellas la apariencia de lo que pasa y no deja de pasar. Los recuerdos son los guardianes de la memoria: de pie ante sus puertas, ya como relato siempre presto a repetirse, fotografía escamoteando sus circunstancias u objeto mudo que asiente a cuanto se diga sobre él, ofrecen la prueba del pasado que homenajean a la vez que cierran el paso a la conciencia cuyo interior protegen defendiendo su fachada. El monumento se sostiene en su carácter pétreo, aunque sabida es la historia de la estatua que echó a andar.

Déjame que te cuente

Déjame que te cuente

Turista adolescente en México, recuerdo ahora, si el amable lector me lo permite y tolera esta expresión, la estatuilla con un pie roto cuyo oportuno distribuidor, a causa de mi interés en su mercadería, atribuyó el daño a una leyenda que a su vez no recordaba bien, como si no fuera evidente que la mutilación se debía a un golpe recibido durante alguna maniobra de logística por el bien en cuestión. Me quedo satisfecho con mi compra, más de treinta años después, porque volví de mi excursión a las pirámides con un intangible que hasta hoy no se deprecia: la verdad del souvenir. Y admito, evocando la dentadura postiza del gitano que al principio de la novela traía las novedades a Macondo, una parte de verdad en la famosa frase de García Márquez: la verdadera vida es la que se vive durante la narración, de acuerdo, pero no la que en ésta se atribuye al pasado. Pues no se recuerda más que lo que se imagina y el núcleo de la imaginación se constituye mucho antes de que pase lo que sea que cualquiera pueda llegar a recordar. La imaginación de cada uno es más antigua que su memoria y es ella la que sin hacer preguntas distribuye los roles entre las figuras del álbum, que así ya no remiten a un ocasional modelo pretérito sino al jamás nacido intérprete de un teatro privado.

dioses

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Escribir es decir la verdad

“La verdad, la dura verdad” (Rojo y negro, Stendhal)

Obviamente escribir no es sólo eso. De hecho, hasta en la vida cotidiana la verdad tarde o temprano siempre se revela insuficiente y ése es, precisamente, otro de los motivos por los que algunas personas escriben. Pero el propósito de esta nota, lo que justifica la declaración hecha en el título, es manifestar una reprobación y hacer la oposición correspondiente. Lo reprobado en este caso es esa idea, expuesta como al pasar por distintos escritores entrevistados pero utilizada a menudo para concluir la entrevista, o sea, para definirla o fijarla mediante un sello, supuestamente personalísimo o inefable, que condensaría el carácter y la visión sostenidos por el entrecortado discurso precedente, de que “para escribir hay que saber mentir bien” o de que “un gran escritor es, ante todo, un gran mentiroso”. Este concepto nunca se explica ni da lugar a glosa alguna, sino que, como decíamos, cede enseguida todo el espacio –en blanco, mezcla de todos los colores- a esa rara sobreimpresión del lector sobre el autor por mediación del entrevistador que se produce más allá –o más acá- de las palabras, mediante la proyección de las ganas de creer sobre las de ser creído y la irresistible tendencia de ambas a la fusión. Lo que a su vez da ganas de hablar de la “magia de la literatura” como se habla de la “magia del cine” o de la “magia de la televisión”, y con el mismo desdén: ¿magia o mafia? Connivencia, omertá, silencio a prueba de críticas, todo eso es lo que autoriza la forma aforística o de oráculo conseguida mediante el recurso al sobrentendido nunca explicitado dirigido al lector “cómplice”, paradójicamente empleada en dar un aire sutil de verdad revelada a un equívoco pero seductor elogio del “arte” de mentir. La sonrisa enigmática del autor de turno, aunque no haya fotos, casi se puede ver impresa en la misma página que el comentario y es a ella, por último, tal vez todavía más que a las palabras pronunciadas por la boca sabia, a la que interrogaremos. Procedamos entonces.

Ave, Gabo

La adivinación de esa sonrisa es lo contrario de su imitación. De lo que no podemos menos que felicitarnos, habida cuenta de lo que encontraremos detrás de ella al develarla: esa autocomplacencia y esa satisfacción consigo mismo, fingidas por conveniencia promocional o no, manifiestas antes en el tono que en el contenido de las palabras pronunciadas, del autor reconocido que invita al lector conocedor a compartir su vanidad. Y no es que a estos autores les falte talento o incluso lucidez: valga el más famoso de ellos como ejemplo. Pero hay en su visión de la humanidad, y por tanto en la literatura que producen, un  conocimiento comparable al que tiene el artista de variedades de su público o el gitano Melquíades de los primitivos habitantes de Macondo, deslumbrados por la súbita sonrisa de la boca que conocieron desdentada. Éste es, efectivamente, el conocimiento que exige el arte de mentir, inseparable del espectáculo y del comercio en la medida en que ni una calidad superior por parte del objeto anunciado exime al anunciante de agradar, complacer, persuadir y seducir al público objetivo en el curso de su exposición. Sin embargo a ningún lector, especializado o anónimo, digamos, lo satisface el verse considerado tan sólo como consumidor o receptor pasivo. ¿Qué hacer entonces? ¿Procurar por todos los medios mantenerlo clavado a su butaca o cuestionarlo para que se levante, mire más allá de la imagen y, justamente, lea?

(El punto de vista de este artículo no deja de ser un tanto iconoclasta o luterano, lo reconozco. Es una voz que se alza contra el tráfico de imágenes, en este caso entre el autor y el lector, como en otro tiempo entre el Papa y los fieles. Parece que toda cultura de la imagen, católica o global –señalo al pasar, con todas sus diferencias, la vocación universalista de ambas-, tarde o temprano, o desde su  mismo comienzo hasta su ocaso, ha de levantar voces en su contra. Estas voces son ingenuas, también la mía, pero a la vez irreprimibles, como inexpugnable es el castillo de la imagen. Siga pues este ataque o asalto dirigido, quizás más exactamente que a la imagen, al “semblante”, como dicen los franceses.)

La voz y la imagen: Eco y Narciso

Un autor es una imagen. Un escritor es una voz. Como lo sabe cualquiera que haya visto una película sonora, de la adecuada sincronización de la imagen y el  sonido depende la impresión o ilusión de realidad que produce, o el logro de ésta. Pero hay en la literatura, o en la mera escritura, un carácter fatalmente póstumo, que es precisamente lo que el recurso a la imagen y el sojuzgamiento de la voz procuran conjurar: una mala noticia permanente. Pues lo escrito, al fin y al cabo, siempre está fuera de sincro: o se adelanta, proféticamente, para ser negado o postergado, o llega tarde y ya es historia a la espera de una improbable resurrección. O aun si algo llega a ser escrito al mismo tiempo que se produce en el mundo como acto, o aun si el acto es la propia escritura, el tiempo en el que un texto es escrito y el tiempo en el que es leído no son el mismo ni son tampoco  simultáneos: así como “no hay relación sexual” (Lacan), no hay encuentro entre el autor y el lector, por más ferias del libro que se celebren en todo el globo, y el circuito de interactividad sostenido por la vigilia continuada de la comunicación es sólo un sustituto ilustrativo de ese ideal o sueño común inalcanzable desde la “caída en el tiempo” (Ciorán). (Cito porque devengo: muchos me preceden y lo sé, aunque jamás nos hayamos encontrado ni vayamos a hacerlo.)

De modo que es una ilusión, como en el cine, esa coincidencia de la imagen y la voz, del autor que vemos, nos muestran o se muestra y el escritor que leemos o cuya obra leemos. Y si en general son los novelistas o autores de ficción los escritores más reconocidos, aquellos a quienes se identifica como “artistas” o “creadores” –la poesía es un caso aparte-, la causa de esto quizás no haya que buscarla tanto en su calidad intrínseca como en el cine mental que facilitan a sus lectores, ya que ¿cuántos novelistas escriben mejor que críticos como Benjamin o Barthes, cuyos análisis aventajan en intensidad y singularidad a la mayoría de los textos de ficción? Quien no sabe leer, no sabe mirar, y en consecuencia se cree cuanto le muestran; quien no sabe mirar, no sabe leer, y en consecuencia se cree cuanto le cuentan.

Yo miento, pero mi voz no miente (Drama, Caetano Veloso)

Escribir, sin embargo, aunque se trate de ficción, no es mentir, del mismo modo que actuar no es fingir, aunque hasta practicantes virtuosos como Olivier hayan repetido en ocasiones esta idea frívola. Se engaña quien crea esto: lo engaña su propia vanidad, si es que lo hace creerse capaz de engañar a nadie a quien valga la pena engañar, beneficios económicos aparte. Quizás también se engañe en su soberbia quien suponga que puede realmente captar la verdad y transmitirla, pero entonces habrá que recordar que la verdad no preexiste y en cambio se la elabora por aproximaciones, aproximaciones sucesivas, de igual manera que se ajustan, por ejemplo –y a propósito-, la imagen y el sonido. Arriesgo, pues, mi definición personal: escribir, que es también interpretar, consiste en hacer de una intuición una evidencia. En tal acción, que procura a esa primera aparición justamente las palabras que le faltan para poder reaparecer o comparecer ante el lector, o sea, para poder en adelante ser llamada, el movimiento que define la forma y el pensamiento que aclara el contenido, por así decirlo, son uno y el mismo. La serie de elecciones necesaria para consumar esta jugada, operación o ecuación anula de por sí la escisión entre mentira y verdad al colocar la decisión en el punto de partida y trasladar la imprevista conclusión, como una fatalidad que acaeciera por sí sola, al final de la pendiente, más allá de la previa opinión de autor y lector, y en rigor al sitio que le corresponde como última definición alcanzada. Se trata de una especie de inocencia estratégica, pero no es tanto el escritor el que lleva a cabo el procedimiento como éste el que hace al escritor. Aquí no hay mentira que valga porque no hay lector ingenuo al que engañar, ya que el proceso de convertir una intuición en evidencia determina una igualdad de condiciones entre el que escribe y el que lee, frente a la misma noche ambos. La simulación implícita en este proceso supone un arte de mentir, pero que haya un arte supone un dominio y no una servidumbre como la que el mentiroso, grande o pequeño, ejerce con su vicio. El arte no consiste, pues, en hacer pasar lo verosímil por verdadero, sino en ofrecer un símil de lo verdadero que lo haga verosímil. Un gran artista lo es precisamente porque no miente.

Escribí lo anterior con el ánimo de contestar una noción demasiado repetida, creída y poco analizada. Concluyo con la aceptación de un concepto similar, cuya primera argumentación convincente he encontrado al final de los Escritos críticos de Roland Barthes: el de la búsqueda o el deseo de amor como causa de la escritura, enunciado en diversas encuestas a escritores mediante la frase, engañosamente confesional, “escribo para que me quieran”. Escribe Barthes lo siguiente: Se escribe para ser amado, se es leído sin poder serlo, y es sin duda esta distancia la que constituye al escritor. Esta distancia, si no me equivoco, es la que media inevitablemente entre autor y lector, es decir, entre los momentos de sus respectivas acciones, pero es también análoga a la que existe entre autor y escritor, imagen y sonido, semblante y voz, reunidos una y otra vez para cada encuentro, eso sí, pero en una unidad cuya complejidad resulta, como sea y cada una de esas veces, aunque una forma lograda permita su captación inmediata, irreductible. Hay una falla, como se dice en geología, esencial en todo territorio que hace de cada continente un archipiélago y sólo la distancia del observador a lo observado le permite enmarcarlo en un paisaje coherente; pero es el abismo abierto por la división interna intrínseca a toda composición lo que hace posible penetrarla y volverla inteligible.

La distancia que constituye al escritor (Barthes)

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