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La estética del melodrama

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¿Quién es ese hombre?

Rosa y negro. “Con los buenos sentimientos se hace la peor literatura.” Con los malos también y nuestra época es la prueba: historias de psicópatas, vengadores y toda clase de inescrupulosos mayores y menores, con su clima siniestro de bolsillo, componen juntas el rumor del sordo cosquilleo identificado con la fascinación del lector. Aunque quizás fue siempre así y el concepto puede extenderse a la totalidad del arte. Después de todo, qué son los buenos sentimientos consagrados sino una máscara para los malos o su inversión, “el falso bien que es el verdadero mal”, como ya podía leerse en cualquier novela de Sue o Pitigrilli cuando, alternando los detalles precisos con altisonantes manifestaciones de horror y de condena, estos autores y otros como ellos nos referían lo que el irredimible villano le hacía o se disponía golosamente a hacerle a la virginal heroína. Sin embargo, así como exhibir la virtud con grandes gestos de indignación puede encubrir un regodeo pecaminoso, también las poses y actitudes agresivas son buenas a la hora de tapar debilidades. Nuestra época, que se jacta de haber sustituido una censura por otra –ahora se muestra el acto sexual, pero se corta el cigarrillo de después-, como todas las anteriores muestra a su modo los dos recursos y es difícil leer o ver algo que no caiga bajo una de ambas claves: el sentimentalismo almibarado del bien, con sus novias y enamorados, o la estereotipada dureza del mal, con sus putas y delincuentes. El duro denuncia la falsedad del suave y éste vela la brutalidad del duro; cuando se encuentran, drama de amor y odio en el que el duro tiene ocasión de descubrir su corazón antes de que el suave muestre los dientes y le demuestre que con la vida no se juega. Por algo el estereotipo definitivo es el de la lucha del bien contra el mal, favorito especialmente entre los consumidores del género fantástico. Allí sí que se ve clara la identidad de los contrarios, empezando por el padre de Luke Skywalker: cuando por fin revela quién es, toda la platea acompaña al bueno del hijo en su pánico aunque fugaz, pero definitivo, sentimiento de escándalo. Así también los malos sentimientos son los buenos desenmascarados, es decir, privados de su máscara de bondad. O al revés, como le pasa a Darth Vader. Los Verdurín serán los Guermantes y éstos han sido los Verdurin, ahora, desde siempre y para siempre. Pero lo particular de una época impúdica, sin embargo, es que los malos sentimientos se expresan libremente, es decir, sin arte alguno: sin forma ni máscara ni regla del juego. Ahí tenemos esas confesiones que son ajustes de cuentas, esos reclamos a la dicha ajena, esas casi desnudas fantasías compensatorias. Ahí no, aquí: en la librería. O en Internet, multiplicadas al infinito al ser gratuitas.

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Imaginario popular

La moderna cautiva. “Una mujer forzada a bañarse en un río lleno de peces muertos, que permanece días encadenada a un árbol e incluso se ve obligada a comer en el suelo como un perro…” ¿Un guión del marqués de Sade? No: Oprah Winfrey describiendo las memorias de la secuestrada Ingrid Betancourt, No hay silencio que no termine, y catapultándolas al tope de la lista de los más vendidos. Ya lo dijo Proust: “Casi únicamente el sadismo puede servir de fundamento en la vida a la estética del melodrama.” Adjunto: sólo lo imaginario llama la atención sobre los hechos.

Tribunal inferior. Juicios. Las pruebas se juegan como cartas, lanzadas ante el jurado sobre la mesa del juez por el fiscal y el defensor cada uno a su turno o interrumpiéndose mutuamente de vez en cuando. Procedencia melodramática de este juego de revelaciones sucesivas, que modifican cada vez el punto de vista y conmueven con cada giro la opinión de la audiencia. Fetichismo de la prueba, del objeto como un testigo mudo cuyo silencio está más allá de la palabra y se le impone desde esa dimensión no verbal abierta por la lógica. Ironía del objeto, imparcial, indiferente, interrupción del discurso que obliga a éste a adoptar una forma que, acomodándose a él, lo acomode a su vez en su interior. Pues la razón al fin sigue siendo cuestión de palabras, aunque la victoria no será del que las pronuncie, sino del que logre suspender el sentido de todas ellas, dichas por todos, en la secreta dirección que conduce hacia sus propias y previas conclusiones.

Intérpretes calificados. Rotundidad del adjetivo que no describe sino que sólo califica para situar en el imaginario social y competir por la atención: la mujer “hermosa” sin más, o la “más bella”, o el “mejor” lo que sea de su tiempo, o “el más grande”, o cualquier otro calificativo categórico por el estilo. Los matices aquí nada aportarían, sino que, al contrario, quitarían; pues no se trata en estas historias de individuos que hayan nacido alguna vez, sino sólo de categorías para las que una sombra sería una mancha. Todo personaje plenamente identificado con su función tiene un puesto asegurado en la industria del entretenimiento.

Gesticulismo. Maníaca somatización de los personajes de tantas novelas. En Faulkner siempre es importante lo que el cuerpo sabe o recuerda por sí solo, más acá de la mente, a cuyos ardides y proyectos con prudencia o conocimiento del dolor se resiste, o a la que arrastra una y otra vez detrás de lo que sacia su propio apetito. Esto último, sin embargo, nunca está muy lejos y sobre todo habita siempre dentro de lo perceptible por los sentidos. Saer empieza así uno de sus Argumentos: El cuerpo manda avisos que dicen: “no se olviden, allá arriba”. Pero lo que hacen los novelistas gesticulantes –o gesticulares, o gesticulistas- es exactamente lo contrario: la explotación del cuerpo por una mentalidad afiebrada y paranoica que lo utiliza para expresar sus delirios, liberados justamente de todo límite por la falta de la medida que da el cuerpo. Y de ahí esas metamorfosis inverosímiles, esa porfiada insistencia en sudar, llorar, gritar, temblar o sufrir taquicardias que se apodera de los humanos ficticios en aprietos, apuntalada por la divulgación científica en lo que hace a la precisión y por la experiencia cotidiana adulterada en cuanto a la verosimilitud que la exhibición exige. No hay salvaguarda más económica contra la introspección y sus opacidades que este histrionismo por el que el corazón humano se blinda a los extraños y hace su publicidad.

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La vida en blanco y negro

El teatro y el mal. Teatralidad del villano: su atuendo, sus carcajadas, sus amenazas, su seducción, sus monólogos a foro explicando sus planes. Frente a él, reducido a pesar de sus parejos atributos a una mayor sobriedad, el héroe se encuentra limitado por su implícito compromiso con la realidad que debe proteger del imaginario que la acosa, encarnado en estado puro por el villano con sus trampas y proyectos. Éste hace gala, frente a la habitual pareja protagónica tan inmortal como él es estéril, de una insistente agresividad viril combinada con un femenino exhibicionismo de su figura, síntesis que distingue igualmente a las villanas. Travestismo teatral y ambigüedad –que no igualdad- de géneros y principios. El escenario así puede girar en cualquier momento.

Lazos de sangre. La relajación de los vínculos debilita el drama. De ahí el esplendor del teatro melodramático en tiempos de un orden familiar fuerte, con su consiguiente represión sexual, y la decadencia general del drama en nuestro tiempo de “ética indolora” (Lipovetsky) y “capital sin burguesía” (Milner). No conmueve lo que se paga con dinero ni el dinero mismo si se lo puede contar: sólo conmueve lo que se paga con sangre y no hay otra garantía que la libra de carne para las deudas contraídas en escena.

Amnesia crónica. ¿Un síntoma de la ignorancia cultivada por el lector al que se dirige la literatura de consumo? El recurso habitual, en thrillers, novelas históricas y otros géneros populares, a un pasado desconocido y determinante que el protagonista deberá investigar. ¿A qué se debe que los héroes contemporáneos y sus seguidores, de quienes se espera que al menos mientras leen sus aventuras se identifiquen con ellos, jamás conozcan lo esencial del pasado o al menos nunca encuentren lo sabido y probado sobre él suficiente o satisfactorio? ¿Y por qué la clave de esa urgencia a la que no pueden renunciar ha de encontrarse una y otra vez en un pasado remoto sobre el cual, si no es a lo sumo por el pecado original, no puede caberles responsabilidad alguna? La compulsión de actualidad que impulsa al consumo permanente de novedades no ofrece una respuesta evidente a estos interrogantes, pero la evidencia de que cualquier fantasía contemporánea sobre el pasado es preferida a lo que sea que se haya escrito durante la época añorada no deja dudas acerca de las prerrogativas de la ficción sobre la realidad. ¿Quién puede hoy con el original del Quijote? Sólo hablándole a la actualidad de sí misma y no de lo que la ignoraba puede el pasado hacerse oír.

Punto límite. El romanticismo es un callejón sin salida al fondo del cual está la mujer.

Prêt-à-porter. Capa y espada para el siglo XIX, piloto y pistola para el XX. La narrativa actual en cambio, saqueando sin cesar los armarios de abuelos y bisabuelos, se parece a la retratada del Portrait d’une femme de Pound: “Nada es suficientemente vuestro / y sin embargo es usted.” Acción, suspenso, intriga y romance, ya con faldas, ya con pantalones, no acaban de encontrar en nuestros días un vestuario a la moda capaz de sugerir que a su hora será clásico.

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Instantáneas retrospectivas

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Un ojo capaz de apartar la mirada

El ojo flotante
En el fluido vértigo de la sucesión, donde todo, en cambio, querría acumularse, la actualidad se vuelve obsesiva para el ojo que flota, amenazado y espoleado en su pupila por cada nueva ola. Una defensa podría ser poner un dique, por más que éste fuera sólo mental. El límite, por ejemplo, que fija un subtítulo: De la toma de la Bastilla a la caída del muro de Berlín (1789-1989). Una historia de la representación, lo que permitiría tratar la gesta de la democracia moderna, o más bien su gestación, si la corriente real del devenir de los escritos consiguiera congelarse entre las fechas señaladas en lugar de, como es natural, alimentarse de las noticias y fenómenos correspondientes a los años en que escribe la mano que frota ese ojo. La intermitencia, propia del órgano que parpadea, impide la composición cronológica aun a posteriori, pues el carácter súbito de cada una de las ventanas que abre, aunque lo haga sobre el mismo paisaje, se encuentra en relación directa, aunque sea opuesta, con la coriácea continuidad de la pintada superficie bajo la que intenta deslizar alguna luz. La necesidad de organizar al menos en un cuadro estas miradas quizás determine, entonces, la concepción de una especie de lente de focos superpuestos al fondo del cual, como el blanco del ojo, el fondo vacío en que se funda aboliría en tiempo real –así lo llaman- todo flujo prepotente de imágenes, quedando en cambio en cada uno de sus filtros tan sólo el matiz pertinente a cada perspectiva.

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El público toma la escena

Crítica del público
Tradicionalmente, la crítica se ocupaba de los objetos de arte que se ofrecían al público y procuraba guiar a éste tanto a la apreciación de aquellos que pasaban su examen como a la condena de los que no. Desde que las voces autorizadas han sucumbido al reinado de la opinión, es decir, desde que el público ha dejado de hacer caso a la crítica para ejercerla él mismo a su manera no especializada, o sea, desde que al haber tantas críticas como críticos la crítica misma casi ha desaparecido por el desprestigio de su función, son más de una las barreras que se han levantado: entre público y artista, al imponerse aquél como razón de ser de éste; entre obra y público, al pasar a ocupar éste el centro de atención; y entre narcisismo individual y colectivo, al no tener aquél más que fundirse en éste para ser aceptado. Los objetos producidos en contexto semejante desalientan la crítica, que prefiere renunciar a interesarse en el arte del aficionado ansioso de reconocimiento. Pero, al faltar su concurso y las líneas divisoras que traza, es finalmente el propio público, siempre igual a sí mismo, el que cumple todos los papeles y ejecuta todas las funciones, tanto de creador que debido a su formación sólo sabe imitar como de admirador que lo es fatalmente para exaltar su propia persona o de “juez último” –democrático crítico absoluto- cuyo veredicto, eximido de toda razón suficiente, es tan ambiguo como inestable y así incapaz de fundar escuela alguna. En esa ausencia de cátedra, librado a sus recursos –interactividad, participación, selfies, redes sociales-, el público toma la escena para intentar hacer de sí mismo el objeto de su deseo. La anulación del circuito por el que éste se desplaza, con sus intérpretes tanto dramáticos como críticos, pues la crítica es interpretación, es el horizonte último de la constante crisis de representación de las sociedades actuales, perseguidas por su condición de referente en su frustrada carrera hacia el rol de significante. Algún crítico francotirador podría intentar lo que no se hace por sistema, o sólo en el campo de la sociología: la crítica no aduladora de este nuevo artista fracasado en su momento triunfal, cuando no queda margen para comentarios entre las obras y las visitas que colman su continua exposición.

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Perseguidos por buenas razones

Vanguardias en fuga
“¿No soy acaso timonel?”, preguntaba al sentirse cuestionado un personaje de Kafka. Al que podría responder, con otra pregunta, un agudo “dardo” de Nietzsche: “¿Tú precedes? ¿Precedes como pastor o como excepción? Podría darse un tercer caso, que sería aquél en que precedes como fugitivo…” Hubo un Gran Timonel durante el siglo XX que fue, en su momento, la bandera agitada también en occidente por los espíritus más dispuestos a ligar acción y estética, arte y política, deriva estrellada contra el acantilado del triunfo del capital. Pero antes de esto, durante el camino que llevó a ese rumbo, surgió, entre la escena y la platea, un controvertido personaje mestizo nacido para la polémica: el artista comprometido, no necesariamente intelectual, cuya sombra, como figura, sobrevolaba el espectro artístico de la época y creaba tantos más malentendidos, estimulantes, eso sí, cuanto más aquellos que podían caber bajo su paraguas radicalizaban su propuesta y la volvían incompatible con cualquier orden programático o institucional. Todos estos pequeños timoneles no siempre asumidos, como Dylan en los 60, por poner un ejemplo célebre, aunque no haya sido el único flautista de Hamelin desbordado por la ilusión de sus seguidores, lo que cuenta también la ópera Tommy de los Who, dejaron cada uno, a pesar suyo tal vez en algunos casos, una estela que, antes de disolverse bajo las nuevas olas de la iniciativa conservadora, señaló, de manera todavía documentada por diversas y desiguales obras, un horizonte cuyo crepúsculo, al contrario, no basta para demostrar su irrealidad. El conformismo rechaza las consecuencias de la estética y así desliga la política del arte. La evocación de aquellos militantes a menudo involuntarios que, parafraseando precisamente a Dylan, “no prestaron sus servicios como soldados, sino como desertores”, permite reanudar ese lazo universal, a pesar del incierto devenir de los pronósticos que una vez se hicieron con tanto entusiasmo.

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Crepúsculos en serie

De ocaso en ocaso
Puede que todo en la civilización actual tenga un aire de cosa fraguada y en especial sus confesiones, más orientadas hacia la simpatía del juez que hacia la verdad, pero aun así se impone admitir el origen autobiográfico de cierta idea crepuscular en cuanto a la época recibida, consistente en la impresión de haber llegado a todo cuando ya se acababa, una y otra vez, aunque estos finales sucesivos no fueran más que los demorados ecos de uno solo, básicamente, el del período triunfal de la anarquía representada por el arte popular en su momento de máximo esplendor y de desborde de sus fronteras tradicionales, antes de la transformación de ese éxito en programada comercialización masiva desde la misma concepción de cada muestra. No habrá sido ni será, presumiblemente, la última edad de oro del deseo a punto de unirse a su verdadero objeto, considerado imposible, pero nada más ajeno a tal pasión comulgante que la satisfacción ofrecida por la cultura de las pantallas, fundada en la distancia necesaria para acceder virtualmente a todas partes al mismo tiempo, en la simulación cada vez más perfecta y en una infinita posibilidad de combinaciones y desplazamientos laterales diametralmente opuesta a la única y exclusiva implícita en el propósito declarado por Rimbaud de llegar a “poseer la verdad en un alma y un cuerpo”. En el plano de lo virtual, invirtiendo una vieja fórmula, todo está permitido, pero nada es verdad; no, al menos, con la antigua trascendencia mortal asociada a esta palabra.

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Jeff Beck al timón

‘Cause we’ve ended as lovers
Con la desgarrada elegancia de la guitarra de Jeff Beck en este clásico de su repertorio, en el que aquélla encuentra a cada vuelta otro matiz con el que prolongar su queja y elevar su voz postergando el final una y otra vez hasta que el último hilo cede, podemos acompañar la escena de la ruptura y el movimiento de separación entre esos viejos amantes, el arte y el pueblo, en un mundo con demasiados mediadores como para que puedan encontrarse otra vez. Pero, si el melodrama nos hace reír, no deberíamos olvidar que su función es servir de canal de lágrimas. Dios cuenta las de las mujeres; lo inolvidable, cuya herida permanece siempre abierta, vuelve por el mismo fluido involuntario cada vez que el centinela se duerme y su proa separa inequívoca el oro de su reflejo.

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Historias de amor

Ébano y marfil

Ébano y marfil

Blanco y negro
Otelo, tragedia íntima y cósmica, pública y privada: algo que ya está en Shakespeare, pero que la música de Verdi se apropia y desarrolla muy bien, plenamente dentro de su cultura, patriótica y melodramática, como los himnos, las banderas y la idea de morir por la patria. Público y privado: lo determinante es la raza de Otelo, que pone en conflicto ambos mundos, la escena pública en la que es tolerado como general y el nivel íntimo en el que se lo odia como extraño que se salta el escalafón y conquista lo que los locales no. Si la dicha, el ascenso al paraíso se da en Shakespeare a través del cambio, de la transformación que es resurrección, como la del árbol en el Cuento de invierno, en Otelo en cambio la transformación es lo imposible, o al menos éste es el principio de realidad que Iago pone en acción: la transformación ha sucedido, Desdémona ama a Otelo, pero pronto volverá al orden de la realidad, del mundo: Otelo no puede volverse blanco ni creer en el pasaje de blanco a negro y de negro a blanco que se da en el amor o en la trasformación que se da en el canto.

Don
Aunque cualquiera puede servir de mediador, la dicha no viene del prójimo, también mortal, sino de Dios: divino azar. El amor, así las cosas, no es la gracia aunque venga por ella, y todavía más: resistir la comparación es una prueba que se le impone.

Quid pro quo
El romanticismo aparece cuando Aldonza, oyendo hablar de Dulcinea, cree que es ella a quien se refieren y empieza así a convertirse en la otra, precipitando en el lugar que deja vacío y por eso se transforma en escenario una tragedia hasta entonces reservada a las heroínas del mundo antiguo.

Punto límite
El romanticismo es un callejón sin salida al fondo del cual está la mujer.

Un sueño realizado

Un sueño realizado

Contrapunto dramático
Ensayo melo-histórico: Senso. Lo admirable, el combo de melodrama e historia realizado plenamente en cada escena, en cada movimiento de cámara, en cada orquestación audiovisual, viene de Verdi, de esa mezcla entre íntimo y político, cuerpo y sociedad, revolución y resurrección que Verdi plasma en música y en escena y de la que extrae a su vez la extraordinaria energía que despliega. En Otelo, Iago al contrario aplica una especie de mortífero principio de realidad que afirma la imposibilidad de que cuanto contradiga una separación evidente pueda unirse o que lo originariamente distinto pueda devenir semejante. En Senso también triunfa la muerte, agazapada en la tentación de contrariar a un destino no querido por los dioses, sino determinado por una formación socio-histórica. Analizar los dos dramas trágicos, el de Otelo, el moro de Venecia, y el de Livia, la veneciana traidora, sin perder de vista su condición de ciudadanos en guerra con un enemigo extranjero que se revuelven a su vez contra los suyos o contra su ley. Tanto Otelo como Livia acaban matando lo que aman y cada uno, a su modo, presa de la locura en un mundo envenenado.

Erótica
Eros, por fuerte que sea, no es invulnerable. Todo hiere al amor, todo puede debilitarlo. Puede ser causa pero no fundamento; inquieto, como el sentido, se desplaza. La explotación de estas nociones hace la fortuna de Iago.

Dialéctica
Si cada conocimiento es una violencia infligida a la conciencia, el amor a la materia transforma esa violencia en energía y esa energía transforma el mundo. Principio de redención materialista.

Extraña pareja

Extraña pareja

Bajo el séptimo velo
Si él llega a ver en ella un teatro sin drama,
ella llegará a ser un drama sin teatro.

El águila de dos cabezas
Así describe Robert Musil al súbdito austríaco del Imperio austrohúngaro: un austriaco más un húngaro menos ese húngaro. Así es también el hombre casado, según cierta idea del matrimonio: un hombre más una mujer menos esa mujer. Lo curioso, como en el primer caso, es cómo la falta de otro individuo particular y no de una categoría es lo que define la identidad. Lo curioso o lo preciso. O lo inasible, pues es la figura evasiva la que define a la que da la cara, a la vez que le arrebata no la mitad de su corona, sino de su frente.

Contemplación y atravesamiento
Entre esos primeros planos suspendidos sobre el vacío de Monica Vitti o Anna Karina rodados por Antonioni o Godard y los retratos de Marie-Thérèse Walter o Dora Maar pintados por Picasso hay la distancia de una estocada, lanzada sobre el abismo abierto entre mirada y piel, que atravesando la imagen alcanza la nada a sus espaldas y separa el misterio de la duda.

A joy for ever

A joy for ever

Risa en la oscuridad
Lo que dice la burla femenina, con su gesto alerta, su sonrisa irónica, su vivaz expectativa, es, por supuesto sin palabras, al ser la página ofrecida al discurso, lo siguiente: “Pruébame que es cierto”. Ya que tal puesta en duda sigue siempre a alguna afirmación que, sin mayor realidad que su argumento, haya tomado en el diálogo, a pesar suyo o más bien de quien la haya hecho, la función y la forma de una anunciación. El trueno anuncia la lluvia; abierto el oído por la voz, la piel se dispone al tacto. El encantamiento durará lo que dure y una vez desvanecido el hechizo lo demostrado parecerá tan irreal como el pasado, pero su huella no quedará en la memoria sino debajo, como un tesoro antiguo en el que nadie cree hasta que alguien lo encuentra y vuelve a poner sus monedas en circulación, aunque su valor se rija ya por otra escala que en su origen. “Así que era verdad”. Ahora surge la risa franca, entera al darse sin medida, pero no por gracia divina ni por humor humano, es decir, no por uno u otro interviniendo a su debido tiempo, sino por su precisa conjunción en esa felicidad, grande y pequeña por súbita y efímera, debida a una sorpresa que, en el momento de producirse, se descubre esperada.

Refutación de un epigrama
Ernesto Cardenal escribe: “yo podré amar a otras como te amaba a ti / pero a ti no te amarán como te amaba yo”. Pero, si de veras la amaba, es más probable lo segundo que lo primero. Decir que un objeto es precioso es casi un lugar común, pero ¿se ha oído hablar jamás de un sujeto precioso?

Historias de amor
El amor no quiere tener una historia, sino culminar en un momento infinito que no se deja definir. Eso indefinido circula a través de toda su historia, hecha de las aproximaciones sucesivas a esa imposible culminación que es como el fantasma inaprensible del imaginario cuerpo que se tiene en común. Por eso la historia sólo puede registrar y medir los fallos, las faltas, la progresiva incisión de la mortalidad, acabe como acabe ese amor, en el deseo y en lo deseado. Lo infinito está más allá de la historia y ahí se queda.

venus&adonis

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Torturar a la heroína

Del escenario a la página

Es de lo más habitual adaptar narraciones al teatro. Ésta es la trasposición al lenguaje narrativo de un breve melodrama ya publicado en este blog (https://refinerialiteraria.wordpress.com/?s=episodio+fatal). El estilo o jerga de folletín corresponde a esa fuente. El pasaje del presente de indicativo al pretérito indefinido, es decir, del tiempo verbal propio del drama al más común en la narración, subraya el carácter único, que la diferencia de las hipotéticas representaciones anteriores, de la función aquí narrada.

La última vuelta del vals

La última vuelta del vals

EPISODIO FATAL

En el teatro, el secreto del éxito es torturar a la heroína.

(Salacrou)

            Había cada vez lo mismo: la novia en peligro, el villano amenazante y el galán al rescate. Lo que variaba eran las circunstancias. Por ejemplo esa vez, después de que la música habitual anunciara, en la acostumbrada oscuridad, el esperado momento culminante, a nadie sorprendió la blanca aparición, bajo un espectral rayo de luz, de la novia desmayada y caída a tierra como un ángel abatido en pleno vuelo. Sin embargo, a pesar del simultáneo estremecimiento que recompensó a los primeros en advertir la gruesa cadena abrazando el fino tobillo desnudo, ni el más sagaz de los espectadores hubiera sido capaz de anticipar a qué conducirían los pesados eslabones sujetos por su otro extremo a una gran bola negra de presidiario.

            El villano se deslizó en escena sin que nadie se fijara en él, hasta que la cínica sonrisa con que observaba a su cautiva resultó ya intolerable. Todo el mundo contuvo el aliento cuando, ceremoniosamente, extrajo de su chaqueta el encendedor de oro responsable de tantas catástrofes y lo acercó, para horror de los corazones allí apiñados, a la punta de la larga mecha que asomaba, sí, de la cruel bola de hierro a la que estaba encadenada la inconsciente. Después encendió uno de esos cigarros suyos largos y finos cuyo humo solía echar con displicencia a la cara de sus interlocutores y acompañó con su lento consumola febril extinción de la mecha, sin que insultos ni advertencias alcanzaran a perturbar su placer o despertar a su víctima.

            Fue entonces que irrumpió el galán y la acción se precipitó. Disgustado, el villano cambió su cigarro por un látigo que traía bajo la capa. Situado entre el intruso y su amada, sacudiendo el azote a escasos centímetros del rostro idolatrado, los sofocados alaridos femeninos que escapaban de la platea le procuraron un nuevo goce. Pero tampoco esta pantomima podía prolongarse. En alguno de los pasos más aventurados de la ensayada coreografía, el galán consiguió atrapar el látigo al vuelo y de un tirón atraerse a su adversario para derribarlo de un solo puñetazo en la mandíbula. Toda la concurrencia pareció arrojarse junto a él sobre el caído cuando fue a inmovilizarlo en el suelo con una llave de lucha libre.

Quédate conmigo

Quédate conmigo

La novia despertó en ese momento. Sus ojos se posaron en la bomba ya por estallar y no pudo contener un grito. Como movido por un resorte, el galán soltó al villano, corrió hacia ella y logró apagar la mecha justo a tiempo. A sus espaldas, el villano aprovechó para huir. Olvidando a su rival, el galán abrazó a la novia y la besó con toda la pasión que ya había desplegado en la lucha. Como siempre, con el beso acabó el espectáculo. A solas con su partenaire, el silencio pareció despertar al galán.

–Mi salvador… ¿Qué sucede? –indagó ella.

–¡El muy canalla! –dijo él, mirando en torno-. ¡Ha vuelto a escapar!

–¡No lo persigas! ¡No me dejes! –rogó ella, abrazándose a él.

–¿Es que siempre ocurrirá lo mismo? –se dijo él, airado.

            No alcanzó a responderse. Allí estaba su empresario aplaudiéndolos.

–¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡Un éxito pleno! ¡Rotundo! ¡Total!

–¿Se ha vuelto loco? –reaccionó-. ¡Ese rufián continúa en libertad!

El empresario era un firme creyente en la vieja máxima según la cual el secreto del éxito en el espectáculo consiste en torturar a la heroína. Su traje de tres piezas, su reloj con cadena, su gran panza y el grueso cigarro que fumaba testimoniaban la prosperidad que debía a su fe.

¿Es bueno? ¿Es malo?

¿Es bueno? ¿Es malo?

–Comprendo su decepción, joven –se condolió un momento, aunque no tardó en reponerse-. ¡Pero qué espectáculo! ¡Si hubiera visto la sala! Ya sé que se lo tengo prohibido –admitió, para enseguida reemprender sus ditirambos-. ¡Cómo el destino de la pequeña virgen los mantenía en vilo! Todos sentados en la punta de sus butacas. Y a pesar del cartel de localidades agotadas, afuera seguían atropellándose para entrar. ¡Lo que puede la inocencia! –concluyó riendo y sacó una cigarrera dorada-. ¿Un puro, amigo mío?

–Sabe que no fumo.

–Siempre reñido con los placeres mundanos, ¿verdad? –concedió sin rencor el empresario guardándose la cigarrera-. Lo admiro –afirmó-. ¿Pero ha pensado en el futuro? Algún día querrá sentar cabeza. Y entonces se alegrará de tener una suma en el banco. ¿Y sabe a quién deberá agradecer su fortuna, hombre íntegro? ¡A mí! ¡Al que lleva las cuentas!

–No sé cómo puede hablar de dinero en semejante situación. ¡Cuando la vida de una inocente corre peligro!

–¿Peligro? ¡Estamos labrando el bienestar de su novia! ¡Y de sus hijos! Si es que usted, como todo hombre de bien, planea casarse.

–Antes debo asegurarme de que ninguna pesadilla vendrá a enturbiar ese sueño.

–La seguridad de su prometida está asegurada. Y vale la redundancia. ¿Sabe cuánto recaudaremos con su próxima aparición?

–Conozco la esclavitud bajo contrato.

–¡No hay libertad sin libertad económica!

–¡Ni con cadenas en los pies!

–Perdón, es el entusiasmo –se disculpó el empresario sin convicción-. ¡Si hubiera visto cómo el público miraba esta cadena! –añadió, sacando una llave para liberar a la novia-. A propósito, deberíamos reponer la rutina del péndulo. ¡Y la del pozo de serpientes!

–¡Oh, no! –manifestó ella su horror.

            Pero el galán no llegó a escucharla. Ensimismado, debatía en un aparte la cuestión que lo obsesionaba.

La soledad del héroe

La soledad del héroe

–¿Cómo pudo haberse evadido? Lo tenía aquí, aquí mismo, dominado, paralizado con una llave infalible –se decía, de pie en el punto en el que había conseguido, como era habitual, detener al villano-. Cuando, de pronto, se hizo humo. ¡Igual que en el capítulo anterior! ¡Y el anterior! En el preciso momento en que ya lo había vencido. Cuando sólo faltaba entregarlo a la justicia. ¿Pero qué ocurrió entonces? ¿Cómo pudo escapar?

Al empresario no se le escapó el interrogante.

–Está muy nervioso –dijo a la novia-. Te ruego que lo distraigas. Que se calme un poco. Yo volveré en cuanto haya atendido unos asuntos.

Sin dar más explicaciones besó a la novia en la frente y salió llevándose la bomba, que hizo botar un par de veces contra el suelo. Abstraído, el galán ni lo oyó.

–¿Podríamos revisar los capítulos anteriores? –propuso y advirtió que tampoco a él lo oían-. ¿Dónde se metió? –preguntó a la novia.

–Nos dejó a solas –respondió ésta sonriéndole.

–Me pregunto qué se traerá entre manos.

–Siempre logra sorprendernos, ¿verdad?

–¡No puedo tolerar que la utilice como cebo para esa audiencia sedienta de sangre!

–Por favor, no hable así. Me inquieta.

El galán moderó su arrebato.

–Perdóneme. Pero me indigna el trato al que es sometida.

Confía en mí

Confía en mí

–Usted exagera –le reprochó ella suavemente-. ¿Cuándo salí lastimada? Es sólo un juego, un juego excitante pero inofensivo –argumentó.

–Un juego que puede costarle la vida –replicó él.

–No mientras cuente con usted.

Su confianza era conmovedora. Pero no podía compartirla.

–¿Cree que siempre llegaré a tiempo? –preguntó con cautela.

–Sí, lo creo. ¿Por qué no?

–A veces todo esto me parece estar fraguado –confesó.

–¿Fraguado? –preguntó ella intrigada.

–Sí. Como si todos estuvieran de acuerdo: el que la ataca, el que nos paga y los que vienen a mirarnos. ¿Nunca sintió nada parecido?

La miró. Era evidente que no.

–Junto a usted me siento protegida –volvió a sonreírle.

–Alguna vez no estuve a su lado –insistió él.

Una leve sombra pasajera agregó un matiz a la cara radiante.

–La primera vez. Entonces sí que sentí miedo. Yo estaba atada a la vía del tren, ¿recuerda? Así fue cómo nos conocimos.

¿Había sido así? ¿Qué diferencia había con cualquier otra vez?

–Sólo recuerdo –respondió- que ni bien la tuve en mis brazos apareció un hombre diciendo tenerla bajo contrato. Ahora ese hombre es mi jefe.

Siete vidas tienen los buenos

Siete vidas tienen los buenos

–¡Qué alivio sentí! –exclamó ella feliz al evocarlo-. Desde entonces supe que no tenía nada que temer. Podía confiar en mi protector –agregó con ojos llenos de expectativa-. ¿Recuerda el capítulo siguiente? ¡Estuve a punto de ser partida en dos y apenas pude temblar!

Un claro se hizo en la memoria del galán.

–Ése fue mi primer encuentro con su atormentador –confirmó con rara certeza-. Mientras forcejeaba con él la veía a usted debatirse bajo el péndulo. Pero una vez que la hube liberado, él pareció haberse desvanecido en el aire. ¿No recuerda tal vez cómo huyó? –inquirió esperanzado.

–Sólo recuerdo cómo me besó usted.

            La cabeza del villano se asomó a espiarlos por detrás de una cortina. Sonreía perversamente, como si alguno de sus planes estuviera por cumplirse.

            El galán se acercó a la novia.

–Querría besarla ahora –dijo tomándole la mano, pero el contacto hizo que ella retrocediera-. ¿Tiene miedo? ¿Miedo de mí?

–Por favor. Sabe que tenemos prohibido besarnos en privado.

–Precisamente cuando nadie nos ve –respondió él dulcemente-. ¿Quién nos delataría?

Ninguno oyó la cavernosa risita del villano.

–¿Usted no se lo dirá a nadie?

–¿Por qué iba a hacerlo?

–Y si llega a saberse, ¿me protegerá?

El galán la abrazó. Qué diferente hubiera sido ese beso de los que se daban ante todos al acabar cada episodio. Pero antes de que sus labios se atrevieran a tocarse la cabeza del villano desapareció tras la cortina y entró el empresario con un nuevo libreto.

–¡Todo el mundo a su puesto y dispuesto a trabajar! ¡Comenzamos otro capítulo! –anunció.

Cautiva de su imagen

Cautiva de su imagen

La novia se arrancó de brazos del galán. Sacando de su bolso un lápiz labial y un espejo de mano, se concentró en retocar su maquillaje.

–Muy bien, querida. Más ancha esa sonrisa –aprobó y corrigió al pasar el empresario-. Y usted, joven –censuró dirigiéndose al galán-, abandone esa expresión de abatimiento. El público viene a verlo triunfar.

Luego, ante los ojos incrédulos de su estrella masculina, abrió el libreto y se dispuso a leer.

–Veamos lo que les espera –dijo pensando en voz alta, y fue ojeando las  páginas con creciente satisfacción-. Siniestro… Soberbio… ¡Diabólico!

Fue demasiado para el galán.

–¡Exijo saber qué es lo que se planea!

–Usted no está en posición de exigir nada –respondió el empresario sin alzar siquiera la vista del libreto-. Relea su contrato.

–¡Se aprovecha de mi situación!

–Su situación es la de un enamorado. Aténgase a las consecuencias.

–¡Pero es que no las pago yo, sino ella!

–¿Y acaso ella se queja? –retrucó el empresario harto mientras cerraba el libreto con fastidio-. Mírela. ¿Qué es lo que ve? –interrogó, dirigiendo su propia mirada hacia la novia que cepillaba su pelo con diligencia y esmero-. Le diré lo que yo veo: a una auténtica profesional. Fíjese cómo ensaya. Con qué ahínco. Hasta qué punto conoce su papel –ilustrando sus palabras, como si las oyera, la novia ensayaba unas muecas en su espejo de mano: sobresalto, beso, alarido-. ¿Por qué no procura usted cumplir el suyo?

Procuró a su vez seguir leyendo, pero el galán no se dio por satisfecho.

–Es lo que intento –dijo, lleno de buena voluntad-. ¿Pero puedo ofrecer protección contra un peligro que ignoro? ¿Puedo garantizar mi triunfo si no sé a qué me enfrento? ¿Puedo mostrar firmeza en semejante incertidumbre?

–Usted se comprometió a tolerar el suspenso. O al menos eso firmó.

La mano en la sombra

La mano en la sombra

–¡Yo no le hablo de papeles sino de realidades! ¿No ve la diferencia? ¡Al menos míreme cuando le hablo! –exasperado, intentó arrebatarle el libreto pero el empresario eludió el manotazo y se alejó sin querer saber nada-. ¿Es que no comprende que la expone a riesgos cada vez mayores? –le recriminó él pegándose a sus talones-. ¿Que las trampas de ese criminal son cada noche más crueles? –insistió sin conmoverlo-. ¿Que el público espera crueldades aún más refinadas? –señaló sin advertir la reaparición del villano a espaldas de la novia, ahora sola e indefensa-. ¿Que pronto no habrá manera de apagar su sed de crimen? –denunció sin ver a su acusado tapar la boca de su defendida para arrastrarla al próximo escenario-. ¿Que un simple abuso más podría traer la catástrofe definitiva? ¿Se lo ha dicho a su estrella? ¡Dígaselo ahora! –lanzó el desafío, pero al volverse hacia su compañera para confrontar al empresario con ella como éste antes lo había hecho con él sólo encontró el vacío.

–La situación resulta familiar, ¿no le parece? –observó el empresario.

–¡Se la ha llevado! ¡En nuestras narices! ¡Y sin dejar un solo indicio!

–En eso se equivoca –dijo a sus espaldas el empresario sacándose un papel del bolsillo-. Mire lo que he encontrado.

–¡Una nota de rescate! –exclamó el galán-. “Socorro, amor mío” –leyó en voz alta-. ¡Es su letra! –alzó unos ojos desesperados.

–Y lleva su firma –confirmó el empresario.

–Ha vuelto a ocurrir. ¡Y por su culpa! –tronó el galán-. ¿No le advertí lo que sucedería? ¿No le pedí que me informara cuando aún estábamos a tiempo de prevenir este desastre? ¡Ahora quién sabe dónde la tiene a su merced!

–En la vieja fábrica abandonada junto a los muelles.

–¡Ahora es demasiado tarde! –gritó el galán, tomándolo de las solapas.

–Así es –dijo empresario sin alzar la voz-. No tiene tiempo que perder.

–¿Cree que no me doy cuenta de lo que pasa?

–Si no volvemos a verla, la culpa será suya.

El galán se midió con el cínico. Por fin, lo soltó.

–Muy bien. Me tiene en sus manos. ¡Pero sepa que antes de que acabe la función, también yo habré atrapado a mi presa!

El empresario siguió a su empleado con la mirada mientras éste salía lleno de brío. Una vez a solas, se acomodó la ropa. No pudo evitar sonreírse al recordar lo que acababa de volver a suceder. Consultó su reloj. Ya era hora. Miró la platea. La sala estaba llena. Midió la expectativa. Dio una orden y todo quedó a oscuras. Cuando una elaborada luz siniestra devolvió al fin la vista al público, éste descubrió sólo a la novia atada a una silla. El villano fue puntual. Traía algo pesado colgando de su brazo y sonreía como siempre.

El momento culminante

El momento culminante

–¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me persigue? –empezó la novia-. ¿Qué va a hacer conmigo? Por favor, déjeme ir –suplicó-. ¿Qué se propone esta vez? ¿Decapitarme? ¿Estrangularme? ¿Clavarme una estaca en el corazón? –como no hubo respuesta, se contestó a sí misma mientras el villano instalaba lo que fuera que había traído bajo su silla-. ¡No! ¡Déjeme adivinar! ¡Usted nunca se repite! ¡Seguramente es una prueba más cruel la que me tiene destinada! ¡Lo sé! ¡Su deseo es empujarme más allá de mis fuerzas! ¿Con qué derecho? –el villano se encogió de hombros-. ¿Por qué se ensaña conmigo? ¿Cree que se saldrá siempre con la suya? ¿Que nadie le dará su merecido? ¡Contésteme!

Sin decir una palabra, el villano alzó a la cara de la novia una máscara de gas, conectada por un tubo a una garrafa ahora evidente bajo la silla. Todo quedó espantosamente claro. La novia abrió la boca para expresar su rechazo, gritar su horror o tomar un último aliento, pero fue imposible saberlo pues de inmediato el villano fijó la máscara sobre su cara; después abrió la llave de la garrafa y con el gas pareció brotar la consabida música, que todo lo envolvió mientras él, llevándose a la nariz la flor que traía en el ojal, se deleitaba con el perfume ante los ojos desorbitados de su víctima. No tardó en aparecer el galán ni el villano en cambiar su flor por una afilada navaja, pero por mucho que hizo oír su risa cruel sus embestidas no rozaron al héroe, que atrapándolo al fin por la muñeca lo obligó a soltar el arma y le dobló el brazo a la espalda. Entonces la novia, liberando sus pies, comenzó frenética a golpear la garrafa con sus tacones, pero esta vez, en lugar de precipitarse en su ayuda, el galán sacó un par de esposas.

–¿Creías que era el momento de escapar, verdad? –dijo al villano que seguía riendo-. Cuando yo corriera a rescatarla. Pero esta vez invertiremos la rutina. Primero te pondré a buen recaudo –explicó poniéndole las esposas- y ahora la pondré a salvo a ella –concluyó dirigiéndose hacia la novia que, como la música, había dejado de hacerse oír-. ¡Amiga mía, somos libres! –exclamó quitándole la máscara, pero su propio rostro palideció-. ¡No puede ser! –gritó abrazándola-. ¡Está muerta!

–¡Imbécil! –se oyó la voz del empresario y con asombro el público lo vio irrumpir en escena cubierto de harapos-. ¡Me ha arruinado! –culpó al galán-. Está despedido, ¿me oye? ¡Despedido!

Avergonzado, el galán bajó la cabeza. Se apagaron las luces, estalló en la oscuridad la carcajada del villano y esta historia ya no pudo continuar.

FIN

Un mundo en orden

Un mundo en orden

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Pasiones modernas

Un llamado a la comunidad

Un llamado a la comunidad

Vía pública. En literatura, como en la vida, los que tienen poco que decir a menudo gritan. La condena de esta conducta es universal pero, además de que en general esa condena no hace sino redoblar el grito y en dos sentidos, ya que es un grito en sí que habitualmente no obtiene más respuesta que la repetición del grito original, eso no impide que, a juzgar por los objetos de su atención, el gran público suela mostrarse más sensible al grito que a la palabra. El discurso que aspire a un alto impacto ha de saber resumirse en un grito, como lo prueba ese clásico de la publicidad en que consiste el slogan de la campaña presidencial de Eisenhower –I like Ike- y no ignoraban los propagandistas que en Taxi Driver discutían en qué sílaba del suyo –We are the people- debían hacer caer el acento. Las largas lecturas no se hacen en masa, ni aun cuando se trate de éxitos de masas; leídos con la ilusión de sintonizar una onda sobrecargada, su transmisión no depende del sentido en que se dirijan, sino de que localicen ese punto preciso del dial donde se abre una boca vacía.

Superficie. Todo naufraga en el mar de la generalidad.

Aventuras filosóficas. Toda historia se construye poniendo en serie unos momentos privilegiados, pero lo que motiva a la persona detrás del autor no es el tendido del hilo argumental sino el ajuste del nudo significativo. En éste la relación no es lineal ni tampoco una cosa lleva a otra, sino que se trata más bien de un contrapunto: resonancias y correspondencias, a la manera de Baudelaire, en lugar de causa y consecuencia según el modelo dialéctico del guionista profesional. Sin embargo, de la misma manera que en las comedias de Oscar Wilde el argumento avanza callando entre las réplicas de los personajes, no es posible llegar a conclusión alguna sin una lógica lineal bien empleada. Sólo así puede medirse alguna vez el peso y el valor del conjunto. Una aventura con la filosofía de esa aventura al mismo tiempo: en estos términos definía Godard sus propósitos narrativos. Sin un desenlace cabal, no hay manera de que la proyección recomience.

La pasión de saber

La pasión de saber

Rara avis. La educación formal no produce eruditos. La erudición, por el contrario, es el producto de un ansia de saber comparable a una bestia hambrienta y feroz que, atravesados los barrotes de su jaula o rota la correa del paseo, se lanza en todas direcciones inventándose un rumbo. El autodidacta, derribadas las paredes del aula por su propia curiosidad, no tiene maestro que le ponga límites ni tutor que lo guíe; animal imprevisto, su permanencia entre los humanos resultará siempre sospechosa. Concluida su estancia, reconstruir su recorrido resulta apasionante por la increíble distancia entre las huellas que deja.

El teatro y el mal. Teatralidad del villano: su atuendo, sus carcajadas, sus amenazas, su seducción, sus monólogos a foro explicando sus planes. Frente a él, reducido a pesar de sus parejos atributos a una mayor sobriedad, el héroe se encuentra limitado por su implícito compromiso con la realidad que debe proteger del imaginario que la acosa, encarnado en estado puro por el villano con sus trampas y proyectos. Éste hace gala, frente a la habitual pareja protagónica tan inmortal como él es estéril, de una insistente agresividad viril combinada con un femenino exhibicionismo de su figura, síntesis que distingue igualmente a las villanas. Travestismo teatral y ambigüedad –que no igualdad- de géneros y principios. El escenario así puede girar en cualquier momento.

Lazos de sangre. La relajación de los vínculos debilita el drama. De ahí el esplendor del teatro melodramático en tiempos de un orden familiar fuerte, con su consiguiente represión sexual, y la decadencia general del drama en nuestro tiempo de “ética indolora” (Lipovetsky) y “capital sin burguesía” (Milner). No conmueve lo que se paga con dinero ni el dinero mismo si se lo puede contar: sólo conmueve lo que se paga con sangre y no hay otra garantía que la libra de carne para las deudas contraídas en escena.

El extraño retorno de Diana Salazar

El extraño retorno de Diana Salazar

Amnesia crónica. ¿Un síntoma de la ignorancia cultivada por el lector al que se dirige la literatura de consumo? El recurso habitual, en thrillers, novelas históricas y otros géneros populares, a un pasado desconocido y determinante que el protagonista deberá investigar. ¿A qué se debe que los héroes contemporáneos y sus seguidores, de quienes se espera que al menos mientras leen sus aventuras se identifiquen con ellos, jamás conozcan lo esencial del pasado o al menos nunca encuentren lo sabido y probado sobre él suficiente o satisfactorio? ¿Y por qué la clave de esa urgencia a la que no pueden renunciar ha de encontrarse una y otra vez en un pasado remoto sobre el cual, si no es a lo sumo por el pecado original, no puede caberles responsabilidad alguna? La compulsión de actualidad que impulsa al consumo permanente de novedades no ofrece una respuesta evidente a estos interrogantes, pero la evidencia de que cualquier fantasía contemporánea sobre el pasado es preferida a lo que sea que se haya escrito en la época no deja dudas acerca de las prerrogativas de la ficción sobre la realidad. ¿Quién puede hoy con el original del Quijote? Sólo hablándole a la actualidad de sí misma y no de lo que la ignoraba puede el pasado hacerse oír.

Prêt-à-porter. Capa y espada para el siglo XIX, piloto y pistola para el XX. La narrativa actual en cambio, saqueando sin cesar los armarios de abuelos y bisabuelos, se parece a la retratada del Portrait d’une femme de Pound: “Nada es suficientemente vuestro / y sin embargo es usted.” Acción, suspenso, intriga y romance, ya con faldas, ya con pantalones, no acaban de encontrar en nuestros días un vestuario a la moda capaz de sugerir que a su hora será clásico.

Yo acuso

Yo acuso

El mal pastor. El conductor, anfitrión o animador, televisivo por definición, en su esencia, hoy tantas veces elevado a tribuno. Antes, en la vieja tele, como se ve en las viejas emisiones guardadas en archivo, aparecía como un representante más serio o más benévolo, según la ocasión, de la autoridad no elegida: un administrador, falsamente neutral, parapetado detrás de su corbata. Hoy, aunque se muestre interrogante, amigable, informal, el semejante y hermano de todo televidente, su posición no es más vulnerable (aunque su situación en el canal pueda serlo): sólo que su respaldo más inmediato lo constituye un nuevo tapizado, hecho de la piel de aquellos a quienes se dirige o dirige el espejo donde espera captarlos, con lo que ahora se hace eco de sus voces, de sus palabras y giros de lenguaje, que imita, ordena, congrega y procura armonizar. El amigo del pueblo es buen contertulio: si la comunicación se interrumpe en cualquier punto, jamás por allí  pasará un ángel; él vela. De la represión por encargo a la reivindicación fingida no hay más distancia de la que separa la instrucción del entretenimiento.

Reloj de sal. El futuro que viene del pasado es lo que llamábamos revolución. El presente llama futuro a la resistencia a ese pasado. El obsoleto procura restablecer su dignidad mediante una conservadora adhesión al progreso. El precursor mira adelante ignorando las huellas que deja.

ojotas 

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El guante de la amargura

desafío

Un clásico espera

Desaire. Un buen libro es un desafío a las costumbres de los lectores. Habitualmente éstos no lo recogen: ni el desafío, ni el libro.

Ruido blanco. “Que tus palabras sean dignas del silencio que rompen.” La baja calidad del silencio característico de la conciencia del televidente modélico ha hecho la fortuna de los medios.

Sin gracia. Hay accidentes afortunados, pero el orden nunca lo es. Y ni siquiera cuando es feliz. O, más bien, esta felicidad hay que encontrarla hecha para poder hablar de suerte, de fortuna: un orden ya instalado que favorece a quien se lo encuentra, como en el caso del heredero de unos padres sabios, ricos y afables. Lo extraño en estos casos es ese empeño tan común en reencontrar el desorden, el azar sin privilegios que los ahorros de los mayores le han ahorrado al descendiente, que no halla mejor manera de confirmar su destino que prestarse a una caída sin excusas. ¿Gracia invertida o falta de gracia? ¿O pérdida de la provista por la previsión ancestral? Desenlace, a seguir por interminables ecos y epílogos, de la escondida crónica de un imprevisto anunciado.

Dialéctica de la fuga. Contra los géneros: reivindicar el melodrama contra el minimalismo, el realismo contra el melodrama, la fantasía contra el documento, la historia contra la leyenda, el mito contra la crónica, la crítica contra la ficción. Sin contrarios no hay progreso y éste es tanto más necesario cuando el camino no lleva a ninguna parte.

El libro más leído del mundo después de la Biblia

El libro más leído del mundo después de la Biblia

Después de la restauración. Atravesar la impostura de la novela: programa para un escritor contemporáneo, más aún si es un narrador y especialmente si es novelista.

Mímesis. Carácter mimético de la cultura de la imagen. Perfecta para aprender a copiar, tiende sin embargo a disuadir al aprendiz del análisis, con lo que el reflejo acaba por sustituir a la reflexión y da inicio a una era de plagio autorizado. Es decir, generalizado, devenido norma y hasta ejemplo en la vida diaria, especialmente en la laboral. Circulación de las imágenes enmascaradas por su propia condición de imitaciones, copias, reproducciones automáticas, absueltas de antemano de toda responsabilidad respecto a su sentido en razón de su inagotable fondo de ambigüedad. Inocencia de las imágenes ante la mirada culpable y las palabras acusadoras. Devenir imagen, objeto sublimado, vida plena. Para el creyente en la imagen, ésta no es una representación sino la realidad misma.

Rolling Stone en los 80

Allá por los años 80: Rolling Stone se corta el pelo

La moda como arma de obsolescencia. La moda es muy buena para descalificar, desde la actualidad, lo que sea que se quiera dejar atrás y perimido a ojos del gran público. Es volver contra lo que sea la misma arma o el mismo espejo con los que se hizo reconocer. Un hippie es un muerto en vida y así sucesivamente. La continua reposición de productos, el lanzamiento en continuado de novedades reales y aparentes, el eterno retorno de estilos arrebatados a sus portadores originales, todo esto es parte del mismo paisaje fugitivo que en todas partes rodea a los pasajeros contemporáneos. En ese tráfico habitual, ¿quién podría ver la mano que entre el tumulto empuja al tropezado a su definitiva caída, quién adivinaría su intención? La moda de otro tiempo identifica a quien está fuera de juego, pero, si es así, ¿por qué atacarlo? ¿No serían sus semejantes los más ansiosos por hacer el trabajo?

Tasar a la baja. Costumbre crítica de nuestro tiempo: ese modo de evaluar obras aprobando sin admiración o reprobando con suficiencia, procurando devaluar lo que sea para no ser engañado y dar a entender, sobre todo, que uno no es engañado, que uno sabe cuánto hay de fraude en la construcción de ficciones, imágenes y sonidos. Que el fraude está precisamente en la construcción, en la transformación y en la disposición de una materia cuya realidad sólo es probada por el cuerpo enfermo, la mente extraviada. Quizás esta pose crítica corresponda a todos los tiempos: nada de lo que se haga satisfará la expectativa de quien exige un original tan resistente al análisis como la creación divina. La cual, desde que dejó de serlo, cada vez tiene más difícil conservar su valor.

Dos tipos audaces

Dos tipos audaces

El garante de mi aburrimiento. Julián Assange en conversación pública con Slavoz Zizek. Me acuerdo de alguna vez haber bromeado diciendo que, en mi opinión, Zizek era a Deleuze como los Guns’n’Roses a los Rolling Stones. Pero ahora el modo en que su discurso, su pensamiento en voz alta, con su rugoso acento polaco tallando el consensuado inglés internacional dentro de una forma disonante, lo desborda a medida que se produce y nace de su agitación intelectual, difícil de controlar para él mismo, generando paradójicamente con su ansiedad que exige una respuesta el vacío que le permite avanzar y crecer a la manera de un fuego por un territorio, me simpatiza y me atrae hacia él. Por el contrario Assange, alto, rubio y con sus dos zapatos negros bien calzados, revestido fatalmente de un aire patricio que exuda riqueza, poder y dominio, como un villano de Bond pero con ideales libertarios en lugar de imperiales y sin embargo manifestando en todo momento un control de sí mismo y de una situación, social como aquella en la que se encuentra, a la que me parece permanecer más atento que al desarrollo de cualquier idea, en fin, Assange, con su liderazgo asumido bien propio de un jefe, de esa presencia central que sosiega a la tribu reunida a su alrededor, me aburre. Es más: como el héroe de los melodramas que irrumpe e interrumpe la acción conflictiva pero conjunta del villano y la heroína, restaurando el orden allí donde una brecha se había abierto –por más que los medios y los EEUU le adjudiquen justo el papel contrario-, no sólo me impacienta y fastidia, sino que reconozco en él, en su alta figura, al catalizador del orden, al margen de que lo sea o no, y al tótem en torno al cual todos coinciden y se ponen de acuerdo: el garante de mi aburrimiento.    

Firma. Otros saben lo que quieren. Yo quiero lo que sé.

guante

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Episodio fatal

Peligros con rescate garantizado

Rescate garantizado

Continuación del capítulo anterior. Telón abierto en la oscuridad.

Piano melodramático. Música de momento culminante.

Luz sobre la NOVIA, desmayada en una punta del escenario.

Luz sobre el VILLANO, que sonriendo perversamente la contempla desde el centro de la escena.

Pantomima. Coreografía.

El VILLANO saca su encendedor y enciende la mecha de una bomba en forma de negra bola de hierro, unida al tobillo de la NOVIA por una gruesa cadena.

Luego enciende un cigarro largo y fino que fuma con enorme placer mientras mira la mecha correr hacia la NOVIA.

Pero irrumpe por la otra punta el GALÁN al rescate.

Disgustado, el VILLANO arroja su cigarro y con un látigo se interpone entre el GALÁN y su amada.

A latigazos en el aire mantiene al GALÁN a raya, dominando y gozando de la situación.

Hasta que el GALÁN consigue arrebatarle el látigo y lo derriba de un puñetazo en la mandíbula.

El GALÁN sujeta al VILLANO en el suelo con una llave, pero en ese momento la NOVIA despierta y, al ver la bomba ya por estallar, lanza un grito.

El GALÁN suelta al VILLANO, deja caer el látigo, se precipita hacia la NOVIA y apaga la mecha justo a tiempo.

A sus espaldas, el VILLANO recupera su látigo y aprovecha para huir.

El GALÁN abraza a la NOVIA, que llora en sus brazos. Luego ella lo mira con los labios entreabiertos y él la besa. El beso dura lo que tarda en apagarse el acorde final del piano. Mientras tanto, detrás de ellos, se cierra el telón.

El silencio parece despertar al GALÁN.

El despertar de una soñadora

El despertar de una soñadora

NOVIA: Mi salvador… ¿Qué sucede?

GALÁN (mirando en torno): ¡El muy canalla! ¡Ha vuelto a escapar!

NOVIA (abrazándose al GALÁN): ¡No lo persigas! ¡No me dejes!

GALÁN: ¿Es que siempre ocurrirá lo mismo?

Entra el EMPRESARIO aplaudiéndolos. Viste un traje de tres piezas, lleva un reloj con cadena, tiene una gran panza y fuma un grueso cigarro. Rebosa prosperidad.

EMPRESARIO: ¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡Un éxito pleno! ¡Rotundo! ¡Total!

GALÁN: ¿Se ha vuelto loco? ¡Ese rufián continúa en libertad!

EMPRESARIO: Comprendo su decepción, joven. ¡Ah, qué espectáculo! ¡Si hubiera visto la sala! Ya sé que se lo tengo prohibido. ¡Cómo el destino de la pequeña virgen los mantenía en vilo! Todos sentados en la punta de sus butacas. Y a pesar del cartel de localidades agotadas, afuera seguían atropellándose con sus billetes en la mano. ¡Lo que puede la inocencia! (Saca una cigarrera dorada.) ¿Un puro, amigo mío?

GALÁN: Sabe que no fumo.

EMPRESARIO (guardándose la cigarrera): Siempre reñido con los placeres mundanos, ¿verdad? Lo admiro. ¿Pero ha pensado en el futuro? Algún día querrá sentar cabeza. Y entonces se alegrará de tener una suma en el banco. ¿Y sabe a quién deberá agradecer su fortuna, hombre íntegro? ¡A mí! ¡Al que lleva las cuentas!

GALÁN: No sé cómo puede hablar de dinero en semejante situación. ¡Cuando la vida de una inocente corre peligro!

EMPRESARIO: ¿Peligro? ¡Estamos labrando el bienestar de su novia! ¡Y de sus hijos! Si es que usted, como todo hombre de bien, planea casarse.

GALÁN: Antes debo asegurarme de que ninguna pesadilla vendrá a enturbiar ese sueño.

EMPRESARIO: La seguridad de su prometida está asegurada. Y vale la redundancia. ¿Sabe cuánto recaudaremos con su próxima aparición?

GALÁN: Conozco la esclavitud bajo contrato.

EMPRESARIO: ¡No hay libertad sin libertad económica!

GALÁN: ¡Ni con cadenas en los pies!

EMPRESARIO: Perdón, es el entusiasmo. (Se agacha junto a la NOVIA.) ¡Si hubiera visto cómo el público miraba esta cadena! (Saca una llave para liberarla.) A propósito, deberíamos reponer la rutina del péndulo. ¡Y la del pozo de serpientes!

NOVIA (con horror): ¡Oh, no!

GALÁN (ensimismado): ¿Cómo pudo haberse evadido? Lo tenía aquí, aquí mismo, dominado, paralizado con una llave infalible. Cuando, de pronto, se hizo humo. ¡Igual que en el capítulo anterior! ¡Y el anterior! En el preciso momento en que ya lo había vencido. Cuando sólo faltaba entregarlo a la justicia. Y entonces… Justo entonces… ¿Qué ocurrió entonces?

EMPRESARIO (a la NOVIA): Está muy nervioso. Te ruego que lo distraigas. Que se calme un poco. Yo volveré en cuanto haya atendido unos asuntos.

Complicidades y traiciones

La gallina de los huevos de oro

El EMPRESARIO da a la NOVIA un beso en la frente y sale llevándose bomba y cadena, que no le pesan nada. Antes de salir hace picar la bomba un par de veces contra el suelo, como si fuera una pelota de básquet.

GALÁN (al EMPRESARIO, pues no lo ha visto salir): ¿Podríamos revisar los capítulos anteriores? (Al no encontrarlo.) ¿Dónde se metió?

NOVIA (sonriéndole): Nos dejó a solas.

GALÁN: Me pregunto qué se traerá entre manos.

NOVIA: Siempre logra sorprendernos, ¿verdad?

GALÁN: ¡No puedo tolerar que la utilice como cebo para esa audiencia sedienta de sangre!

NOVIA: Por favor, no hable así. Me inquieta.

GALÁN: Perdóneme. Pero me indigna el trato al que es sometida.

NOVIA: Usted exagera. ¿Cuándo salí lastimada? Es sólo un juego, un juego excitante pero inofensivo…

GALÁN: Un juego que puede costarle la vida.

NOVIA: No mientras cuente con usted.

GALÁN: ¿Cree que siempre llegaré a tiempo?

NOVIA: Sí, lo creo. ¿Por qué no?

GALÁN: A veces todo esto me parece estar fraguado.

NOVIA: ¿Fraguado?

GALÁN: Sí. Como si todos estuvieran de acuerdo: el que la ataca, el que nos paga y los que vienen a mirarnos. ¿Nunca sintió nada parecido?

NOVIA: No sé. Junto a usted me siento protegida.

GALAN: Alguna vez no estuve a su lado.

NOVIA: La primera vez. Entonces sí que sentí miedo. Yo estaba atada a la vía del tren, ¿recuerda? Así fue cómo nos conocimos.

GALAN (intentando recordar): ¿Cómo acerté a pasar por allí? No lo sé. Sólo recuerdo que en cuanto la tuve en mis brazos apareció un hombre que dijo tenerla bajo contrato. Ahora ese hombre es mi jefe.

NOVIA: ¡Qué alivio sentí! Desde entonces supe que no tenía nada que temer. Podía confiar en mi protector. ¿Recuerda el capítulo siguiente? ¡Estuve a punto de ser partida en dos y apenas pude temblar!

GALÁN: Ése fue mi primer encuentro con su atormentador. Mientras forcejeaba con él la veía a usted debatirse bajo el péndulo. Pero una vez que la hube liberado, él pareció haberse desvanecido en el aire. ¿No recuerda tal vez cómo huyó?

NOVIA: Sólo recuerdo cómo me besó usted.

Pausa. De atrás del telón se asoma la cabeza del VILLANO, que sonríe perversamente mientras los espía.

La amenaza de las sombras

La amenaza de las sombras

GALÁN (acercándose a la NOVIA): Querría besarla ahora. (Le toma la mano, pero ella retrocede.) ¿Tiene miedo? (La NOVIA no responde.) ¿Miedo de mí?

NOVIA (apartando la mirada): Por favor. Sabe que tenemos prohibido besarnos en privado.

GALÁN (sonriéndole, dulcemente): Precisamente cuando nadie nos ve. ¿Quién nos delataría?

Risita cavernosa del VILLANO.

NOVIA (mirando al GALÁN): ¿Usted no se lo dirá a nadie?

GALÁN (paternal): ¿Por qué iba a hacerlo?

NOVIA: Y si llega a saberse, ¿me protegerá?

El GALÁN la abraza. Beso inminente. De pronto, la cabeza del VILLANO desaparece tras el telón.  Entra el EMPRESARIO con un nuevo libreto.

EMPRESARIO: ¡Todo el mundo a su puesto y dispuesto a trabajar! ¡Comenzamos un nuevo episodio! (La NOVIA se arranca de los brazos del GALÁN y, sacando de su bolso un espejito y un lápiz labial, empieza a retocar su maquillaje.) Muy bien, querida. Más ancha la sonrisa. (Al GALÁN.) Y usted, joven, abandone esa expresión de abatimiento. El público viene a verlo triunfar. (Abriendo el libreto.) Veamos lo que les espera… (Pasando páginas con creciente satisfacción.) Siniestro… Soberbio… ¡Diabólico!

GALÁN: ¡Exijo saber qué es lo que se planea!

EMPRESARIO (sin alzar la vista del libreto): Usted no está en posición de exigir nada. Relea su contrato.

GALÁN: ¡Se aprovecha de mi situación!

EMPRESARIO: Su situación es la de un enamorado. Aténgase a las consecuencias.

GALÁN: ¡Pero es que no las pago yo, sino ella!

EMPRESARIO (cerrando el libreto): ¿Y acaso ella se queja? Mírela. ¿Qué es lo que ve? (Ambos miran a la NOVIA, que se peina.) Le diré lo que yo veo: a una auténtica profesional. Fíjese cómo ensaya. Con qué ahínco. Hasta qué punto conoce su papel. (La NOVIA ensaya unas muecas en su espejito: sobresalto, beso, alarido.) ¿Por qué no procura usted cumplir el suyo? (Abre el libreto y sigue leyendo.)

GALÁN: Es lo que intento. ¿Pero puedo ofrecer protección contra un peligro que ignoro? ¿Puedo garantizar mi triunfo si no sé a qué me enfrento? ¿Puedo mostrar firmeza en semejante incertidumbre?

EMPRESARIO: Usted se comprometió a tolerar el suspenso. O al menos eso firmó.

Un héroe para las damas

Un héroe para las damas

GALÁN: ¡Yo no le hablo de papeles sino de realidades! ¿No ve la diferencia? (Intentando arrebatarle el libreto.) ¡Al menos míreme cuando le hablo! (El EMPRESARIO elude el manotazo del GALÁN y se aleja de él, pero el GALÁN lo sigue.) ¿Es que no comprende que la expone a riesgos cada vez mayores? ¿Que las trampas de ese criminal son cada noche más crueles? ¿Que el público espera crueldades aún más refinadas? (A espaldas de la NOVIA, que se ha quedado sola, de atrás del telón se asoma el VILLANO.) ¿Que pronto no habrá manera de apagar su sed de crimen? (Tapándole la boca, el VILLANO se lleva a la NOVIA detrás del telón.) ¿Que un simple abuso más podría traer la catástrofe definitiva? ¿Se lo ha dicho a su estrella? ¡Dígaselo ahora! (Se vuelve señalándola, pero la NOVIA no está allí.)

EMPRESARIO (sonriéndose): La situación resulta familiar, ¿no le parece?

GALÁN (yendo hacia donde estaba la NOVIA): ¡Se la ha llevado! ¡En nuestras propias narices! ¡Y sin dejar un solo indicio!

EMPRESARIO (sacándose un papel del bolsillo a espaldas del GALÁN): En eso se equivoca. Mire lo que he encontrado. (Va hacia él y le tiende el papel.)

GALÁN (recibiendo el mensaje): ¡Una nota de rescate! (Lee.) “Socorro, amor mío”. (Alza la vista.) ¡Es su letra!

EMPRESARIO: Y lleva su firma.

GALÁN (guardándose la nota): Ha vuelto a ocurrir. (Al EMPRESARIO.) ¡Y la culpa es suya! ¿No le advertí lo que sucedería? ¿No le pedí que me informara cuando aún era tiempo de prevenir este desastre? ¡Ahora quién sabe dónde la tiene a su merced!

EMPRESARIO: En la vieja fábrica abandonada junto a los muelles.

GALÁN (tomándolo de las solapas, fuera de sí): ¡Ahora es demasiado tarde!

EMPRESARIO: Así es. No tiene tiempo que perder.

GALÁN: ¿Cree que no me doy cuenta de lo que pasa?

EMPRESARIO: Si no volvemos a verla, la culpa será suya.

GALÁN (soltándolo): Muy bien. Me tiene en sus manos. ¡Pero sepa que antes de que acabe la función, también yo habré atrapado a mi presa! (Sale.)

El EMPRESARIO lo mira salir y se sonríe. Luego, a solas, se acomoda la ropa. Después consulta su reloj. Cuando a su juicio ha llegado la hora, se dirige al borde del escenario.

Quítate tú para ponerme yo

Quítate tú para ponerme yo

EMPRESARIO (al público): Damas y caballeros, ¿qué piensan ustedes? ¿Llegará nuestro héroe a tiempo de rescatar a su amada? ¿Logrará arrancarla intacta de las garras de su mortal enemigo? ¿Será por fin capaz de atrapar al perverso que tanto lo ha burlado? ¿Podrán ustedes tolerar el suspenso sin que les dé un vuelco el corazón? ¡Hagan sus apuestas, damas y caballeros, y no se pierdan el desenlace de esta clásica aventura que ahora mismo recomienza! (Indicando con un gesto abrir el telón, sale de escena.)

Se abre el telón, descubriendo a la NOVIA atada a una silla.

Entra el VILLANO, trayendo una garrafa y una máscara de gas.

NOVIA (al VILLANO, que camina hacia ella): ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me persigue? ¿Qué va a hacer conmigo? (El VILLANO se detiene junto a ella, clavándole la mirada.) Por favor, déjeme ir. Se lo suplico. (El VILLANO sonríe cruelmente.) ¿Qué se propone esta vez? ¿Decapitarme? ¿Estrangularme? ¿Clavarme una estaca en el corazón? (El VILLANO acomoda la garrafa bajo la silla.) ¡No! ¡Déjeme adivinar! ¡Usted nunca se repite! ¡Seguramente es una prueba más cruel a la que me tiene destinada! ¡Lo sé! (El VILLANO se pone de pie con la máscara de gas en la mano.) ¡Su deseo es empujarme más allá de mis fuerzas! ¿Con qué derecho? (El VILLANO se encoge de hombros.) ¿Por qué se ensaña conmigo? ¿Cree que siempre se saldrá con la suya? ¿Que nunca nadie le dará su merecido? ¡Contésteme! (El VILLANO le muestra la máscara, conectada a la garrafa por un tubo.) ¡No! ¡No se me acerque! ¡No me toque! ¡No…! (El VILLANO le pone la máscara y abre la llave de la garrafa.)

La historia sin fin

La historia sin fin

Vuelve a sonar la música del comienzo.

Mirando al VILLANO con ojos suplicantes, la NOVIA forcejea inútilmente con sus ligaduras.

El VILLANO se saca la flor que lleva en el ojal y se deleita con su perfume ante los ojos desorbitados de la NOVIA.

Pero una vez más irrumpe el GALÁN.

El VILLANO tira la flor y saca una navaja, cerrándole el paso.

En vano el GALÁN intenta sortearlo. Dominando la situación, el VILLANO ríe cruelmente. Pasa al ataque, pero el GALÁN elude cada una de sus embestidas.

Hasta que, atrapándolo por la muñeca, lo obliga a soltar el arma, le dobla el brazo a la espalda y, con una zancadilla, lo pone boca abajo contra el suelo.

En ese momento la NOVIA, que ha logrado soltar sus pies de la silla, comienza a patear frenéticamente la garrafa con sus tacones para atraer la atención.

Pero esta vez, en lugar de correr en su ayuda, el GALÁN saca un par de esposas.

GALÁN (al VILLANO): ¿Creías que era el momento de escapar, verdad? (Aun vencido, el VILLANO ríe.) Cuando yo corriera a rescatarla. (La NOVIA deja de patear la garrafa.) Pero esta vez invertiremos la rutina. (La NOVIA queda inerte en la silla.) Primero te pondré a buen recaudo… (Pone las esposas al VILLANO.) …y ahora la pondré a salvo a ella. (Va hacia la NOVIA y con el acorde final del piano le quita la máscara.) ¡Amiga mía, somos libres! (Mientras se extingue la música, mira asombrado la cara de la NOVIA.) ¡No puede ser! ¡Está muerta! (La abraza.)

Entra el EMPRESARIO, cubierto de harapos.

EMPRESARIO (al GALÁN): ¡Imbécil! ¡Me ha arruinado! (El GALÁN lo mira.) Está despedido, ¿me oye? ¡Despedido!

Avergonzado, el GALÁN baja la cabeza.

Apagón.

Estalla en la oscuridad la carcajada del VILLANO.

NO CONTINUARÁ

villano

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