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El estilo de Gay Talese

Retrato de un artista de no ficción

Retrato de un artista de no ficción

Los diarios de ayer son viejos, pero algunas noticias perduran. ¿Qué es lo que hace a una noticia perdurable? Sus consecuencias, que hacen de ella un documento histórico, o su ejemplaridad, que hace de ella un modelo capaz de sobrevivir a sus circunstancias. Gay Talese, reportero del New York Times, fue capaz de prever tendencias y hacerse con más de una primicia: por ejemplo, cuando después de escuchar repetidas veces que la vida de los periodistas no interesaba a nadie vio a su historia “humana” del periódico que conocía como nadie, titulada El reino y el poder (1969), convertirse por fin publicada en el primer best seller de una ola de libros sobre los medios, incluyendo el célebre Todos los hombres del presidente de Carl Bernstein y Bob Woodward (1974). Sin embargo, más que adelantarse a los sucesos, lo que siempre ha interesado a Talese es captar, a través de los hechos, lo que es digno de ser recordado, vale decir, aquello que tras su paso por la actualidad merece ser transmitido al futuro. ¿Qué determina esta selección cuando, a diferencia del historiador, el periodista debe escoger desde una perspectiva inmediata? ¿Y quiénes y cómo influyen en sus elecciones? ¿Y cómo se llevan éstas a cabo? Del empeño, en el fondo artístico, de Talese en preservar lo memorable ha surgido toda una serie de textos que, con el tiempo, han llegado a ser perfectos clásicos en su género. ¿Pero qué género es ése? Detrás de esa perfección, cuya resistencia contradice el carácter efímero sugerido al menos por el soporte original de estos escritos la mayoría de las veces, queda disimulado un conflicto, resuelto por ese estilo que ha sabido conciliar fuentes, modelos, entornos y patrones.

El autor es la estrella

El autor es la estrella

Mucho menos conocido en España que pares suyos como Tom Wolfe o Hunter Thompson, Gay Talese ha sido adecuadamente descrito como “un artista de la no ficción” (Portrait of a Nonfiction Artist, Barbara Lounsberry), género que desde su misma definición negativa (¿todo aquello que no es ficción?) se presenta tan escurridizo como no aparenta serlo en su apego a lo tangible y dado por concreto. Si tal descripción resulta adecuada, es porque a esta reticencia se opone un arte manifiesto en sus propios productos: ensayo o narración de hechos reales, la no ficción de Talese aporta valores que exceden los habituales en el reportaje sin que su trabajo deje de cumplir con cuanto se espera normalmente de un periodista. ¿La calificación de artista se debe a la exquisitez, rara en un periódico, de una prosa al servicio de la información? A pesar de sus modales distinguidos y sus trajes bien cortados de hijo de sastre, el currículum de Talese es el de un reportero todo-terreno, capaz de escribir profesionalmente, como lo ha hecho, sobre política, deportes o lo que el jefe de redacción considere necesario. Pero esta ductilidad halla su contrapeso en el ejemplo de escritores como Joyce, Hemingway o Scott Fitzgerald, a quienes debe la exigencia que lo lleva a demorar hasta último momento la entrega de sus artículos mientras corrige exhaustivamente sus sucesivas versiones. Gay no fue nunca un estudiante aplicado pero, como él mismo explica en Orígenes de un escritor de no ficción, en el periodismo encontró el vehículo ideal para la incómoda tensión entre curiosidad y timidez que marcó su adolescencia; la literatura, años más tarde, le ofrecería una segunda iluminación al sugerirle la posibilidad de hacer él en sus reportajes lo que sus admirados autores hacían en sus ficciones. “Cuentos con nombres reales”: son sus propias palabras para definir el programa que, desde entonces, desarrolló mediante la incorporación de toda clase de recursos literarios al lenguaje periodístico, dando voz a sus personajes no ficticios, a través de escenas, diálogos y hasta monólogos interiores para captar el fondo humano detrás de la noticia, lo que no suele aparecer en los titulares y sin embargo más se acerca a la verdad. Nombres reales, como los de los anónimos obreros en que se basó su crónica El puente o los de las muchas celebridades (Frank Sinatra, Joe Di Maggio, Muhammad Alí, Fidel Castro…) que supo retratar despojadas de las luces de la fama. Fama y oscuridad se titula precisamente una esencial recopilación de sus artículos, pero en esta importancia dada al nombre se cifra un compromiso ético que va más allá de la lucha por el reconocimiento, como se ve en la defensa que de su estilo y su firma debió emprender Talese a fines de la década del 50 ante su propio periódico.

Fama y oscuridad: con Muhammad Alí

Fama y oscuridad: con Muhammad Alí

Los títulos de las obras de este autor delatan su intención moral: Honor thy father (1971), Thy neighboor’s wife (1981) (Honrarás a tu padre, La mujer de tu prójimo), más allá de su contenido (la mafia vista por dentro en inaudita ruptura de su código de silencio, el adulterio y sus consecuencias en la sociedad estadounidense), dejan oír en el sentencioso arcaísmo del “thy”, en la resonancia bíblica que inevitablemente despiertan, un acento de gravedad en el que puede reconocerse la antigua entonación de predicadores y profetas. Talese no quiere ser más que un testigo, pero es necesario recordar, aunque su punto de vista no sea estrictamente religioso, lo que se ha dicho alguna vez de los profetas: que, si podían predecir el futuro, no era porque indagaran las entrañas de los pájaros, sino porque sabían observar el presente. Gay Talese tiene el don, y lo ha tenido siempre, junto a una tenaz voluntad de ejercerlo, de la observación perspicaz de la realidad concreta; y ha sido este apego a lo concreto, a lo que no se deja explicar por ideologías o categorías generales, lo que ha determinado ese estilo suyo hecho de apuntes del natural y meditada armonización de detalles. Ahora bien, es fatal que la originalidad tropiece con la normativa en algún momento, y eso fue lo que acabó por ocurrir entre el New York Times y su reportero cuando aquél quiso promover a éste.

Reuniendo evidencia: cuaderno de notas de Gay Talese

Cuaderno de apuntes de Gay Talese

Quiere la normativa, o lo quería en aquellos años, que sólo los artículos de siete párrafos o más lleven la firma de su autor en las columnas del New York Times. Es difícil imaginar que un escritor con ambición prefiera publicar en forma anónima. Pues éste llegó a ser el caso de Talese cuando, transferido de deportes a política y enviado a Albany para cubrir la Asamblea General de Nueva York y los actos del gobernador Nelson Rockefeller en reconocimiento a su buen trabajo hasta aquel desafortunado 1959, descubrió que por primera vez no tenía libertad como escritor. “Los editores mantenían distintos criterios para los atletas que para los políticos, militares y hombres de negocios. Las figuras del deporte no eran tomadas en serio. Si el alcalde se hurgaba la nariz o se tomaba una cerveza, yo no podía escribir esto. Si lo hacía un boxeador, se podía imprimir sin problemas. Me dí cuenta de que los editores cortaban todo lo que hubiera de especial acerca del modo en que yo viera algo. No quería mi nombre en esas historias. Así que empecé a escribir de un modo muy conciso y a no dejar que ninguna historia tuviera más de seis párrafos.”

El mandamiento subvertido

El mandamiento subvertido

No firmar lo que no responde al propio estilo, preservar el nombre propio aun al precio del anonimato. Lo contrario es más habitual: hacerse eco de lo que se dice tratando de hacerlo pasar por propio y hacerse notar lo más posible por todos los medios a mano. Se ve todos los días, por esos mismos medios. Pero, en la defensa de la subjetividad implícita en la referida retirada estratégica, puede rastrearse la huella del compromiso ético apuntado más arriba, que tiende a la vez un lazo entre aquella subjetividad y la siempre recomendable, y deseable, objetividad periodística. De hecho, la voluntad de un estilo propio es una búsqueda de objetividad. Es un ajuste del ojo, del oído y de la lengua a lo que es, a lo que hay efectivamente por registrar y transmitir. El rumor permanente de las apariencias interesadas cambia de contenido pero es siempre el mismo, un velo tendido sobre la realidad para adulterarla. Del otro lado está el punto de vista, intransferible pero comunicable, de cada uno sobre las cosas y correspondiente a éstas. Lo esencial es invisible a los ojos de quien no sabe mirar, las apariencias engañan a quien no quiere ver. Cronista verídico de la vida americana, maestro en el retrato de quienes huyen de las cámaras, Gay Talese sigue escribiendo: en 2006 publicó un libro de memorias, sobriamente titulado Una vida de escritor. Denotación pura esta vez, sin ecos bíblicos ni entonación profética. Sólo una indicación evidente, aunque de no estar en la tapa del libro su discreción podría hacerla pasar desapercibida: la escritura como definición personal y final de su vida, la escritura como línea que atraviesa los campos de ficción y no ficción, reportaje y ensayo, signo objetivo de una percepción única.

Escrito a comienzos de 2007 para un conocido periódico que no lo publicó, antes de la ola de publicaciones de Gay Talese puesta en marcha exitosamente por Alfaguara algún tiempo después.

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La escritura en tiempo real

El lenguaje nunca duerme

El lenguaje nunca duerme

Un testigo fugaz e inadvertido. A fuerza de estar siempre fijándose en lo que pasa desapercibido para quienes lo rodean, el hombre observador suele pasar por distraído; hasta él mismo, como fenómeno, suele acabar pasando desapercibido.

Bienvenido al lenguaje

La evolución de la especie

Subalfabetismo. Que leamos y escribamos es tan extraordinario como si un mono empezara a hablar. Las mutaciones de las especies son extraordinarias, pero lo ordinario llega con el cumplimiento de esa etapa de aceleración en la que localizamos el salto. “Vivimos en tiempos vertiginosos”, repetía en cada una de sus alocuciones un comunicador con el que trabajé en otro tiempo. ¿Sentía él que vivíamos en “tiempo real”, como también hubiera llamado a nuestra simultaneidad con el fenómeno, uno de esos períodos que intrigan más tarde a los estudiosos de la evolución? Sin duda atribuía el vértigo al desarrollo de las comunicaciones, de la tecnología, de la informática, pero ¿no determina todo esto, en la actualidad, lo más plano de nuestro día cotidiano, hasta el punto, innovación más, innovación menos, aparte de la capacidad de cada uno para servirse de estos medios, de ser ya ordinario, de inmediato asimilable por lo establecido bajo cualquier forma en que se presente y concebido además para esa asimilación? Es la discontinuidad lo que supondría un salto, no la regularidad de una velocidad crucero por más alta que ésta sea. Sin embargo, para los humanos, que no lo toleramos mucho tiempo, por debajo de todo movimiento rectilíneo uniforme acecha el abismo y es este abismo imaginario el que produce el vértigo en las llanuras; es más, la estabilización del progresivo alejamiento del terreno conocido, donde teníamos nuestras raíces imaginarias, aumenta la sensación de inexorabilidad tanto como la impresión de caída. Lo curioso es que en este movimiento el suelo se levanta, como resultado de la estandarización creciente: las cada vez mayores diferencias socioeconómicas son compensadas por la igualdad cultural que resulta de beber todos de la misma fuente. De la sociedad inmensamente ensanchada y aplanada que previó Pasolini, según su propia descripción, no se ve ya el horizonte. A tal horizontalidad elástica, cuyos nudos requieren cada vez una mayor laxitud, ya superado en líneas generales el analfabetismo por la escolarización forzosa del último siglo, corresponde otro fenómeno perfectamente relevado por todas esas encuestas que señalan un progresivo aumento del fracaso escolar, el desinterés por los libros y las dificultades de comprensión lectora, y reflejado en el campo de la producción de textos, no digamos ya literaria, por el uso de un lenguaje que podríamos llamar prefabricado en la medida en que se nutre de fórmulas cuya mayor virtud consiste en asegurar la comprensión inmediata y cuyo peor defecto es la pobreza conceptual a la que prefiere resignarse. Malos tiempos para la lírica (y la épica y la dramática): después de dos siglos durante los cuales la alfabetización representaba una conquista y los libros la promesa de un saber liberador, el acceso a lo desconocido, leer parece intrascendente y la literatura no traer novedades a nadie. Que leamos y escribamos es extraordinario, pero nadie lo diría a la vista de lo que aparentemente el lenguaje tiene hoy para decir. 

Espejos paralelos

El espejo que estalla

Series y conjuntos. Público en red, secuelas y precuelas, producciones encadenadas, todo quiere “enganchar”, como se dice, al presunto espectador, y la estrategia de la ficción comercial, que no es nueva, se resume en una sola palabra de sentido familiar para todos: continuará. La novedad es que esa continuidad no sólo crece hacia adelante sino también hacia los lados, en todas direcciones, como se extiende el mercado que aspira a colmar. ¿Fragmentación? El espejo que estalla, como las estrellas de mar, se vuelve otros tantos como trozos deje, conectados no por lo que sea que vayan a reflejar sino por su condición común: la reflectividad. Lo que muestra no le atañe, aunque el que mira se vuelva loco porque le diga algo sobre lo que allí ve, porque le entregue la clave que haga un ser de su devenir. Así es como camina de trozo en trozo, de espejo en espejo, haciendo zapping, para encontrar en todos los canales y cadenas, que no casualmente se llaman así, por debajo de la agitación que les prestan perseguidos y perseguidores en ristra por sus interminables parrillas de programación, la misma inmutable, cristalina indiferencia que las pantallas, a pesar de los esfuerzos realizados, jamás han conseguido transmitir a sus usuarios.

Intimidad invadida

Intimidad invadida

Del autor al lector. Ya no es bueno para un escritor, de cara a sus lectores, tener un mundo propio. Eso iba bien cuando el mundo en común era un espacio reprimido. Pero una vez liberado, hecho materia de comunicación en lugar de objeto de censura, todos aquellos privados de discurso que podían encontrar en él un portavoz lo último que quieren es verse invitados a su propia intimidad. Hoy más que nunca cada uno se ve obligado a entregar algo propio para recibir a cambio una parte de lo común. El autor, para eso, debe escribir sobre un mundo común a sus lectores, ya que estos no irán a identificarse con el disidente de un “pensamiento único” jamás formulado de manera tan clara que oponerse a él pueda ser un principio de identidad. Fin de la era de las identificaciones ideológicas. El autor y el lector ya no están solos. Entre ellos median más aparatos de comunicación que nunca y esta circulación los desplaza a los márgenes.

Menú sin degustación. La cultura como ensalada: cuantos más ingredientes, más vistosa. La cultura de la imagen, así, lo acepta todo. Pero quien tanto privilegia lo visual puede haber perdido el gusto. No mires la ensalada, pruébala: sólo así conocerás su sabor y tendrás juicio sobre lo que está de más o de menos. Quien no come, por falta de apetito o miedo a ser envenenado, elegirá tal vez lo insípido vistoso, pero habrá de pasar su plato sin haber llegado siquiera a sentirle el aroma.

La realidad como mito

La realidad como mito

Proyección y reflexión. Un efecto del periodismo, colateral si se quiere, es privilegiar lo circunstancial, pero los mitos no se desmienten con hechos. Es necesario elevar el hecho a mito para que dos historias contrarias coincidan en un mismo plano y se las pueda comparar. El caso Dreyfus y el Judío Errante, por ejemplo. Pero el hecho real tiene el defecto o la debilidad, en este campo, de su particularidad: puede valer como ejemplo, pero su universalidad se ve limitada por sus circunstancias y es por eso que son precisamente éstas las que se pierden cuando el hecho da paso a la leyenda fraguada sobre su núcleo pictórico o narrativo. Si sólo lo imaginario llama la atención sobre los hechos, es difícil para éstos, demostrada su realidad, mantenerse mucho tiempo en escena. Es entonces cuando interviene la historia, pero al precio de restituir la fantasía: evocación de tiempos idos que guardan la clave del presente como una llave cuya cerradura se ha perdido. La perspectiva permite proyectar, es decir, ver a través del tiempo, pero siempre en función de un cálculo. En la previsión es de esperar que, llegado el momento, la evidencia disminuya a un mínimo o hasta elimine el margen de error. En retrospectiva, también esto puede resultar ilusorio. Si las leyendas difícilmente mueren, sólo por su transfiguración en mito puede una noticia devenir inmortal.

El espacio entre dos fechas. La biografía es una investigación de circunstancias, de lo circunstancial. Y así habitualmente, cuando trata de un creador, de un inventor, no toca lo esencial, lo que atraviesa las circunstancias, pero no viene de ellas ni espera en ellas su destino, de las que no es consecuencia ni en las que encuentra su causa. Así el contenido de cualquier vida deviene mero pretexto y su continente el material de relleno de una forma ubicua y vacía.

 Esperanto de mercado. El problema internacional de la literatura francesa es que todo el mundo quiere ser anglosajón. O son todos protestantes que se rebelan contra esa Roma de la cultura literaria que es París. El inglés como aduana o frontera además de como “lengua franca”: ellos no traducen a nadie, todos los traducen a ellos, a pesar de que es la segunda lengua más entendida del planeta. El verdadero éxito es en inglés, comercialmente el resto del mundo no es más que una provincia.

The higher they climb...

“The higher they climb…”

Ultraje a la elegancia. La caída de Brummell, la condena de Wilde, la fisura de Fitzgerald, la exclusión de Capote… Consecuencias, todas ellas, del error de querer, o necesitar, brillar a toda costa, y encima del lado oscuro del jardín. Con un costo final equivalente a una inversión que llevaría a cualquiera a la ruina, más allá de cuantos beneficios haya sido capaz de generar. Sacrificio a la elegancia de una luna cegada por su propio claro, incapaz de distinguir su reflejo en el paisaje que peligrosamente alumbra y aunque no se lo proponga exhibe. Quien no puede costearse una torre de marfil donde habitar, posiblemente lleve otra en miniatura en el bolsillo para apretarla dentro del puño en los momentos difíciles o demasiado felices. Pero, si es descubierto, corre el riesgo de que otros vuelvan su punta contra él y se den la satisfacción de atravesarlo con sus propias armas. Lección tan ejemplar, para el criterio de quien exige que al aplauso corresponda el elogio, que pronto inspira biografías y epitafios hasta que el peso de la lápida asegura que el reivindicado no se moverá de allí.

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Nuevas incisiones

La peligrosa esencia

Forma y circunstancia. Las cuestiones formales pretenden ser esenciales, encarnar la esencia misma del arte, pero son las más determinadas por las circunstancias. Todo aquello que aspira a definirse en una forma –poesía, música, pintura y demás- pretende ser o alcanzar una esencia, pero una forma no es una esencia ni aun si la expresión no encuentra mejor forma de transmitir esencia alguna. Por eso, cuando una forma alcanza lo que cree su esencia empieza a empobrecerse. Lo que gana en autonomía lo va perdiendo en significación al devenir cada vez más parecida a sí misma en cada una de sus manifestaciones. Y en esa imitación de una idea de sí, antes que a la igualdad con lo que cree su propio ser llega a la parodia de lo que fue su propia expresión.

Ambición literaria. Ser un gran escritor. Que te conozcan hasta los analfabetos.

El ingeniero en su laberinto

Robbe-Grillet. Dar vueltas por un laberinto sin salida escapando del centro aunque en todas partes se escuche el eco de lo que allí suena.

Justicia. Como un justo salva Sodoma, un poeta salva una lengua.

Crítica. El pensamiento se hace con ideas ajenas. Cuando se cree tener ideas propias, se deja de pensar.

Solipsismo. Cuando a alguien no le importa hacerse entender, es que le basta con sus propios signos.

Actualidad. Desde que los diarios se leen cada vez menos, la literatura se parece cada vez más al periodismo y cada vez más periodistas se creen literatos.

La criatura creadora. Crear es ir más allá de la experiencia, ya que la experiencia es el acontecer condicionado y los condicionamientos se padecen: se desea ser creador para dejar de padecer. Pero ninguna obra de criatura puede ser pura creación, en la medida en que también es expresión; aun así, toda confesión ha de entrañar una teología. Piglia: “El genio es la inexperiencia.” ¿Fuego siempre amenazado por la lluvia que abona la tierra? Dificultades vitales: yo sé navegar por las estrellas, pero el comercio se hace en los puertos.

Cosecha. Una idea se impone cuando pasa del campo intelectual al dominio de las costumbres. También inicia así su decadencia, tan prolongada como súbita fue su aparición. Pero es durante esa caída, comparable a la del hombre a la tierra, que rinde sus beneficios a la abandonada tribu.

Orden. Junto a las notas, los apuntes y los fragmentos debe existir la obra acabada, como el monumento en medio de los restos y el cociente a la derecha del resto.

La moderna cautiva

Estilo. “Una mujer forzada a bañarse en un río lleno de peces muertos, que permanece días encadenada a un árbol e incluso se ve obligada a comer en el suelo como un perro…” ¿Un guión del marqués de Sade? No: Oprah Winfrey describiendo las memorias de la secuestrada Ingrid Betancourt, No hay silencio que no termine, y catapultándolas al tope de la lista de los más vendidos. Ya lo dijo Proust: “Sólo el sadismo puede servir de fundamento a la estética del melodrama.” Agrego yo  ahora: sólo lo imaginario llama la atención sobre los hechos. (Y los invito a leer El folletín mediático, publicado anteriormente en este mismo blog.) https://refinerialiteraria.wordpress.com/2012/01/06/el-folletin-mediatico/

Estética. Satisfacción: se colma una medida. Emoción: esa medida se desborda.

Tribunal inferior. Juicios. Las pruebas se juegan como cartas, lanzadas ante el jurado sobre la mesa del juez por el fiscal o el defensor que se turnan, interrumpiéndose el uno al otro de vez en cuando. Origen melodramático de este juego de revelaciones sucesivas que modifican cada vez el punto de vista y conmueven la opinión de la audiencia. Fetichismo de la prueba, del objeto testigo cuyo silencio está más allá de la palabra y se le impone desde esa dimensión abierta por la lógica. Ironía del objeto, indiferente, imparcial, interrupción del discurso que lo obliga a adoptar una forma que, acomodándose a él, lo acomode dentro suyo. Pues la razón sigue siendo cuestión de palabras, aunque la victoria no será del que las pronuncie, sino de quien logre suspender el sentido de todas las palabras, dichas por todos, en la dirección que conduce hacia sus propias y previas conclusiones.

A narradores y fotógrafos. No te pares delante de lo que quieres mostrar.

Show business. Un gran espectáculo ilustra un gran relato o no es más que el monumento a su propio concepto.

Peter Ackroyd. Otro autor profesional que pretende ser como Shakespeare porque éste en su propia época también era un escritor profesional. Pero no es lo que pueda tener en común Shakespeare con los guionistas y escritores comerciales actuales lo que hace que sus obras no mueran, sino al contrario lo que tiene de diferente. ¿Qué se ha perdido entre su época y la nuestra?

Modelo. La perfección es la apoteosis de las convenciones.

Bagdad revisited

La imaginación es más antigua que la memoria. No se imagina a partir de lo que se recuerda, sino al contrario. Recuerdo la zona de vida nocturna por la que me gustaba callejear y veo que esa evocación implica los paseos, leídos en mi infancia, del califa de Bagdad paseándose de incógnito por ese nudo de callejuelas y comercios secretos sobre el cual de día gobernaba, determinando desde entonces no sólo el tono de un recuerdo posterior sino también la elección y la caracterización de personajes y escenarios a resurgir en mi memoria. Lo que recuerdo no es más que el marco de lo que la imaginación ve en tal ventana abierta mucho antes de lo que puedo recordar. Si en la ficción los personajes no tardan en distinguirse de sus modelos es por esa antigüedad mayor de la imaginación respecto de la memoria, pues los que conocí y recuerdo por ejemplo de mi juventud al fin acaban encajando con unos “prototipos” muy anteriores, como oportunas encarnaciones de mitos personales elaborados con intención pero sin conciencia, y a través de su evocación, tanto si son personas como ambientes, son esos mitos los que resurgen tratando ahora justamente de volverse inteligibles. Si los adultos depositan tantas ilusiones en la infancia, y no sólo en sus propios niños, es porque no se trata allí del futuro, donde espera la adultez, sino de un tiempo irrecuperable para el adulto cuyos límites por otra parte no se ven desde dentro ni desde fuera.

Contemporáneos. Hay dos tipos de clásicos que produce una época: los que se escriben durante su transcurso y los que ella misma consagra, aunque se hayan escrito mucho antes. Pero ni en uno ni en otro sentido toda época produce clásicos.

Materialismo de la novela. Las grandes novelas suelen ser novelas largas. Este exceso es quizás connatural al nacimiento y constitución de la novela misma como género, pero es que es además a través de su materialidad, del origen heterogéneo y la promiscuidad de sus materiales, de la impureza fatal de su lenguaje y del prolongado roce entre sus elementos, que cada gran novela desgasta hasta romperlos los moldes heredados de sus modelos y desborda las formas –las ideas- recibidas de sus precedentes. Desde este punto de vista, la idea de una novela es justamente su prólogo tácito, a demostrar y desmentir mediante el uso y la exhibición de esa materia de la que un prólogo, sintético y general, por su propia naturaleza no acertaría a dar cuenta. Y el desasosiego formal tan característico del género, manifiesto en su permanente búsqueda de legitimación y renovación, es el precio que paga la novela por su libre orfandad y su disposición mayor que la de lenguajes más formales a asimilar de inmediato la lengua de los lectores.

Conclusión. El éxito es una ola de histeria.

El ídolo que pasa

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Noticias memorables

El estilo de Gay Talese

Los diarios de ayer son viejos, pero algunas noticias perduran. ¿Qué es lo que hace a una noticia perdurable? Sus consecuencias, que hacen de ella un documento histórico, o su ejemplaridad, que hace de ella una fábula ocurrida. Gay Talese, reportero del New York Times, tuvo más de una primicia: El reino y el poder (1969), su historia “humana” del periódico que conocía como nadie, fue el primero de la ola de best sellers sobre los medios que culminaría en Todos los hombres del presidente (1974). Sin embargo, más que adelantarse a los sucesos, lo que siempre ha interesado a Talese es captar a través de los hechos lo que es digno de ser recordado, lo que perdida su actualidad merece ser transmitido al futuro. ¿Qué determina esta selección cuando, a diferencia del historiador, el periodista debe escoger desde una perspectiva inmediata? Más de un título del autor delata su intención moral: Honor thy father (1971) o Thy neighboor’s wife (1981) dejan oír en el sentencioso arcaísmo del “thy”, en la resonancia bíblica que despiertan, un acento de gravedad en deuda con el tono de predicadores y profetas, de quienes se ha dicho que podían predecir el futuro no porque indagaran las entrañas de los pájaros, sino porque sabían observar el presente. Así, aunque el cronista no quiera ser más que un testigo, la observación perspicaz de la realidad concreta no sólo tendrá consecuencias en su estilo, hecho de apuntes del natural y meditada composición de detalles, sino también en su carrera, que lo enfrentará a la censura.

Menos célebre en España hasta hace poco que Tom Wolfe o Hunter Thompson, Talese ha sido descrito como “un artista de la no ficción”, género que desde su misma definición negativa se presenta tan escurridizo como no aparenta serlo en su apego a lo tangible. ¿Se llama artista a un reportero porque la exquisitez de su prosa excede la cotidianeidad del oficio? A pesar de sus modales distinguidos y sus trajes bien cortados de hijo de sastre, el currículum de Talese es el de un periodista todo-terreno, capaz de informar sobre política, deportes o lo que su redacción le señale. Pero esta ductilidad halla su contrapeso en el ejemplo de autores como Joyce, Hemingway o Fitzgerald, a quienes debe la exigencia que lo lleva a demorar hasta último momento la entrega de sus artículos mientras corrige exhaustivamente sus sucesivas versiones y cuya lectura fue el estímulo que lo animó a hacer de sus reportajes, según su propia descripción, “cuentos con nombres reales”, incorporando al lenguaje periodístico recursos literarios como la puesta en escena, el diálogo y hasta el monólogo interior para dar voz a sus personajes no ficticios y captar el fondo humano detrás de la noticia, lo que no suele aparecer en los titulares y sin embargo más se acerca a la verdad. Nombres reales, como los de los anónimos obreros en los que basó su crónica El puente o los de las muchas celebridades (Frank Sinatra, Joe Di Maggio, Fidel Castro, Muhammad Alí…) que supo retratar despojadas de las luces de la fama. Fama y oscuridad se titula precisamente una esencial recopilación de sus artículos, pero en esa importancia dada al nombre se cifra un compromiso ético que va más allá de la lucha por el reconocimiento.

Quiere la normativa, o lo quería en los años ‘50, que sólo los artículos de más de seis párrafos lleven la firma de su autor en las columnas del New York Times. Es raro que un escritor con ambición prefiera publicar en forma anónima. Pero éste llegó a ser el caso cuando Talese, transferido de deportes a política para cubrir los actos del gobernador Rockefeller en reconocimiento a su buen trabajo hasta aquel desafortunado 1959, descubrió que por primera vez no tenía libertad como escritor. “Los editores mantenían distintos criterios para los atletas que para los políticos, militares y hombres de negocios. Las figuras del deporte no eran tomadas en serio. Si el alcalde se hurgaba la nariz o se tomaba una cerveza, yo no podía escribir esto. Si lo hacía un boxeador, se podía imprimir sin problemas. Me dí cuenta de que los editores cortaban todo lo que hubiera de especial en el modo en que yo viera algo. No quería mi nombre en esas historias. Así que empecé a escribir muy conciso y a no dejar que ninguna historia tuviera más de seis párrafos.”

No firmar lo que no responde al propio estilo, preservar el nombre propio aun al precio del anonimato. Lo contrario es más habitual: hacerse eco de lo que se dice tratando de hacerlo pasar por propio y hacerse notar lo más posible por todos los medios a mano. Se ve todos los días, por esos mismos medios. Pero en la maniobra de retirada con que Talese arriesgó su posición puede leerse una defensa que identifica subjetividad y objetividad periodística. De hecho, la voluntad de un estilo propio es una búsqueda de objetividad. Es un ajuste del ojo, del oído y de la lengua a lo que es, a lo que hay efectivamente por registrar y transmitir. Dar con la palabra justa es dar con el nombre real, velado normalmente por el discurso en continuado de una actualidad a la que no le iría mal la definición de “mentira consensuada” que Voltaire solía dar de la historia.

Gay Talese: reportajes de autor

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