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Siempre la misma historia

Quinto episodio de la saga de Fiona Devon. La continuación, el viernes 28.

Del más allá venida

Del más allá venida

Ahora han pasado más de seis meses desde el almuerzo del italiano y la portuguesa en el soleado mediodía francés, y la pareja americana ya sabe lo que quiere; pero aún ignora, durante el lapso correspondiente a la búsqueda y la fantasía acerca del rostro concreto que tendrá el cuerpo que busca, en qué medida será colmado su deseo, como si el destino hubiera pensado no sólo en ambas sino en cada una y quisiera dar entera su parte a cada quien. Primero ha sido Madison la que, despertando de otra siesta compartida, con la dorada cabeza aún revuelta sobre el vientre plano de su amiga, ha visto en su mente, detrás de sus párpados cerrados, lo que otras normalmente descubren en su carne: el niño o niña por venir, de acabado tan perfecto en el sueño como inverosímil resulta su humanidad en el germen; pero, al abrir los ojos, consciente de la hermética frontera entre instinto y cálculo en Tamara, dos veces palpable en las sucesivas contracciones de cuello y cintura, ha preferido no abrir la boca; sólo ha besado, como si así depositara la semilla en ese hueco, el ofrecido declive de la ingle desnuda, como un flanco débil, cuya dueña, con un meneo somnoliento, apenas ha acusado recibo del falso don, y prolija, anticipándose al despertar de la reina que ha elegido, sin demora ha apuntado en su agenda mental el objetivo que callará y perseguirá las próximas semanas. Mientras debe investigar en busca de aquello que otras se limitan a esperar, el proyecto va ganando en precisiones; así como, por etapas, en su cabeza va definiéndose el sexo del bebé imaginado: primero, espontáneamente, piensa en un niño, erguido y orgulloso, al que castra unos días más tarde en rebeldía contra el condicionamiento de su propia imaginación; pero, de la niña resultante, rubia como ella y como ella vivaz, ingeniosa, acaba volviendo a concebir, áspero y tierno, un nuevo niño para su dama, cuya evidente majestad, manifiesta en el ritmo de su paso, en la armonía de su reposo, requiere o exige un campeón. De acuerdo, ella se lo dará, lo educará, lo hará fiel e independiente, gentil y bien armado. ¿O se equivoca, se está buscando, a la larga, un imbatible rival suyo, un rencoroso enemigo de ambas? A esta última encarnación opone, casi sin pensarlo, seducida por la súbita visión, menos ocurrencia que aparición imprevista, una delgada Tamara pequeña, doncella encantadora, misteriosa, que descarta de inmediato al recordar Blancanieves, evocación de cuya sombra se desprenden como espejos dos figuras, el hada buena y la reina madrastra, con su cara y la de Tamara respectivamente, imagen cuyo ridículo interrumpe la cadena de asociaciones allí mismo, risa incrédula incluida. No importa: las niñerías son compensadas por los detalles prácticos y las gestiones concretas que, como la intriga policial de un argumento sostiene las ensoñaciones que lo han provocado, permiten a la fantasía proyectar un futuro. Madison reúne información, posibilidades, direcciones útiles; imagina cuerpos, rasgos de carácter, interrelaciones. Sólo cuando ha urdido bien su plan, empeño que aporta su excitación mental al trabajo paralelo de guionista, aunque aún no ha sometido sus variantes a choque alguno con la realidad introduce la idea en Tamara; o lo intenta, pues Tamara la rechaza; y si ésta reprime toda violencia o sarcasmo en su negativa, originada más en su propia reserva, de raíz económica, ante toda idea de familia que en una sorpresa debilitada por la tensión apenas aliviada de los últimos meses, es sólo por el legítimo temblor que percibe detrás del extorsivo entusiasmo con que ha sido asaltada; sofocada, Madison piensa que se ha precipitado, quizás se apresuró, seguramente ha sido así, lo nota en la paciencia que Tamara le demuestra mientras deja que se asiente por lo bajo su inflexibilidad refleja. ¿Cuánto le costará a ella fundir ese blindaje? En los días siguientes, posesiva, su compañera va corrigiendo lo cortante de su no con lo envolvente de sus brazos, reteniéndola en un silencio de vientre o limbo cuyo propósito pareciera ser ahogar, bajo esa continuidad sin sobresaltos, tanto el efecto como la causa de la propuesta; yacen juntas así largos momentos, o más bien sordas en el centro del reloj, unidas casi hasta borrar sus diferencias: sólo una vez, disuelta la aceleración mental de su trabajo en el silencio inmóvil de Tamara sobre el suyo, Madison piensa en hablar; pero Tamara, con la segura anticipación que es su forma de velocidad, coloca su mano sobre la boca apenas entreabierta y la deja allí apoyada hasta que pasa la ocasión, como aplacando la voz inoportuna del verbo humano que pide hacerse carne. ¿De qué modo la súbdita moverá a su soberana? No hay estaciones en California, pero el tiempo pasa; y aunque nada interrumpa el verano, también los negocios cumplen un ciclo. Un día coinciden dos felices sucesos, y como la coincidencia, feliz en sí misma, sólo puede augurar más felicidad, según parecen creer en general sus beneficiarios, una súbita pendiente se abre ante las amigas: Maddy llega con la noticia de que la Warner le ha dado el sí; Tamara, con dos nuevos inversores en su cartera. El alivio y la satisfacción compartidas aflojan el abrazo constrictor de la empresaria, cuyo oscuro silencio cede al radiante entusiasmo de la guionista; es como si la luz de unos cabellos penetrara en los otros y allí quedara infiltrada, fecundando esa cabeza por los oídos para dar por fin inicio al tiempo del ansia común, que coincide por fin con la hora de Londres aunque ambas manecillas avancen todavía ignorándose entre sí, tanto como a los cuerpos precisos detrás del vago rostro soñado, casi una máscara o más bien un velo del que el futuro no tardará en desprenderse. Por eso, cuando días más tarde llegue la respuesta de Lullaby punto com al anuncio publicado por Maddy en internet semanas antes, Tamara no podrá ver más que mezquindad en la prudencia que la impulsa a dar un paso atrás o más bien a permanecer en su sitio, en oposición a la generosidad de la naturaleza, que ha agregado una compañera a la niña convenida con la suya poco después de que ésta la persuadiera de aceptar un niño. No, ni siquiera podrá enojarse por este aviso anterior a su consentimiento, dado sólo después y a causa del alivio debido a un doble y común golpe de fortuna. Bajo el sol de California, donde los días desconocen la brevedad y el gris del invierno, la alternancia de lluvia y calma londinense, algo ha cambiado: Madison Kane, postergada por largo tiempo, se dispone a recibir la segunda aprobación de un proyecto suyo en la temporada; dentro de poco, sobreponiéndose a la sorpresa, a la súbita visión de las gemelas desconocidas reemplazándolas en el mundo, Tamara Vélez abrazará a su novia y decidida repetirá que sí. En el lapso entre ambas concesiones habrá pasado de la reserva a la dependencia y del hábito de administrar el diálogo a la incertidumbre debida a su última palabra, que Madison se lleva a Londres en un viaje relámpago impuesto por la inminencia del parto y el mutuo desconocimiento entre padres y madres que, como en los casos normales, se corresponde exactamente con las circunstancias fortuitas del amor o del encuentro sexual; ninguna conoce a los padres, a lo que debe agregarse la razonable desconfianza de éstos hacia las madres propuestas, factor muy condicionado por su desesperado apuro, que ha citado a las candidatas o se ha hecho citar por ellas con el propósito evidente de hacer del quite un don tan instantáneo como sea posible.

 continuará

androgino5

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La historia se interrumpe

Tercer episodio de la historia de Fiona Devon, comenzada el viernes 21 de febrero y continuada el viernes 28. El viernes 14 de marzo, la cuarta entrega.

Paris la nuit

Paris la nuit

Anochece en París. La calle está ya oscura; en el aire grisáceo de fin de invierno se encienden las primeras luces; pero, en el ático que comparten Stefano y Elena, todavía el día se demora; por encima de cúpulas y terrazas, vivificante, aún el sol alcanza a penetrar el balcón y el interior detrás del vidrio. Cuando Elena de Souza entra en la sala, donde Stefano Soldi la espera callado, esta luz se retira. A medida que hablan oscurece. Los muebles pierden sus contornos, las vistosas bolsas de compras que Elena dejó a un lado, en el suelo, van opacándose poco a poco, pero, en cambio, sobre el brumoso cristal de la mesa entre sus rodillas, como el contraste entre el futuro asumido y la duda presente, la hoja blanca con el discreto membrete de Hoping Families relumbra cada vez más. Borrados los límites del salón por el progresivo oscurecimiento, desde la perspectiva de un extraño los esposos quizás parecerían perdidos en su propia casa: solos en el débil espectro de luz que va atenuándose a través de la ventana, sentados cada uno en el otro de los dos sofás enfrentados donde suelen ubicar a las visitas, esperan, sin atinar a encender una lámpara, como si el tiempo siguiera sin ellos, momentáneamente al margen, la reanudación de su propio pulso, el próximo impulso vital que los quite de este súbito congelamiento del río. Stefano ha resumido, o tal vez desarrollado, buscando atenuantes, el contenido de la breve comunicación; Elena, tensa, fija la mirada en los intrigantes arabescos de la alfombra, permanece quieta como si sólo una opinión definitiva pudiera darle derecho a moverse. ¿Qué espera Stefano? ¿Por qué plantea tácitamente la necesidad de alcanzar una resolución? Éste no es el primer sobre que reciben; ya el anterior, que en lugar de al elegido anunciaba la llegada de gemelos, había resultado en el fondo inquietante, una desestabilización del proyecto, concebido en su origen sin esa sombra paralela que ahora, tras manifestarse y alterar el conjunto, ha vuelto a modificarlo al abrir una segunda alternativa ajena a lo previsto: el sexo opuesto al imaginado. Pues dos niñas anuncia esa hoja blanca, de cuya superficie se ha borrado del todo, con su doble bastardo, el heredero único. Así es, piensa Elena: desplazada por la opción de continuar, la primera contrariedad fue sofocada y hasta el error pudo pasar por abundancia; pero el plan, dividido por dos realizaciones, vaciló y la ilusión empezó a desvanecerse. No necesita mirar a Stefano, cuyos rasgos desdibuja la penumbra, para sentir su mirada sobre ella. ¿Espera que reconozca, tras este segundo golpe, lo indeseable o inadecuado de una nueva adaptación? Es el final del embarazo psíquico, del dejarse llevar y esperar, grávida y ligera al mismo tiempo, según su voluntad, privilegiada y orgullosamente ciega hasta hace un rato; las compras reposan muertas en el suelo, el fantasma abandonado en el cristal pide instrucciones, la noche hace ya su fría entrada. La luz lunar, como un flash detenido, destaca para Stefano la nuca de su esposa, su pelo que cae lacio, sin llegar ahora a los hombros, relumbrante, del que asoma, como siempre, la firme mandíbula apretada, pálida, un signo de indecisión si no de obstinación mientras piensa, reconcentrada, cerrada como una virgen, inadivinada como la casi adolescente de las revistas que su marido no llegó a conocer; algo en ella, descubre Stefano, resiste a los años con más vigor del que pueda haber tenido nunca, siquiera durante el primer hallazgo del amor, por ejemplo una Fiona Devon, cuya juventud, reciente a pesar de todo, no habrá durado, como es corriente, apenas lo que el pasaje, abrupto, de la indolencia juvenil a la fatiga; y ahora él mismo, nacido unos años después que Elena, habiéndola perseguido impaciente desde el reencuentro, ya no un estudiante ambicioso sino un profesional reconocido en el momento de ser presentado a la exótica celebridad, se siente de pronto mayor: es tarde, tarde para acariciar la flor cerrada en su propia mano; y ni siquiera puede, en su marginación, hacerle de padre. O sí, pero he ahí el límite: como las revistas en las salas de espera de los médicos, allí está él para ocupar la mente femenina mientras el cuerpo toma sus propias decisiones y desvíos. Elena juzga, inapelable: las dos hijas anunciadas no colmarán a Stefano, que busca su propia confirmación; y su sexo, así como el masculino separaba del vientre al heredero, las liga a la idea de repetición, de redundancia: dos pequeñas e inútiles Fionas, tan inoportunas como frustrante su modelo, por más que el óvulo le haya sido impuesto; sí, hijas de Fiona, definitivamente, y no suyas, ni mucho menos, aunque le duela admitir esta mayor proximidad consigo misma, de Stefano, a cuya generosidad no corresponde en modo alguno esta insuficiencia, esta disolución de capital; a cualquier posible afecto se impone el primer deseo, entero tal como fue formulado. Ya es de noche completamente, con la fría nitidez del invierno; brillan como nieve las estrellas y en el vacío circundante se persiguen las luces de los autos. El tiempo urge para reparar lo dañado, establecer nuevos lazos, cultivar tierras intactas; nada ha sido dicho aún, nada resuelto. Sobre la muda amargura de este fracaso, atestiguado por la blancura de la carta contra el turbio cristal entre sus rodillas, marido y mujer tienden un puente, se miran y recuperan algo de su habitual capacidad, vuelven en sí, se reconocen, no necesitan hablar para volver a encontrar su propia voz; entonces deciden poner fin al proyecto.

 continuará

abrigo

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