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El álgebra de las letras

Orden y disciplina

Orden y disciplina

La servidumbre como espectáculo. Esas películas de James Ivory de los años 80 o 90, despliegue diáfano de un fenómeno por otras partes tan repetido: el sentido de la historia, habitualmente de prestigiosa procedencia literaria, implicaba una crítica del victoriano orden vigente en la época del original adaptado, pero lo que todo el mundo iba a ver era justamente el espectáculo de ese orden, manifiesto en el juego de roles entre amos y criados, las hileras de pecheras blancas y cubiertos de plata, los modales y entonaciones cuyo origen británico parecía garantizar sangre azul o educación eatoniana. El resultado era parecido al de esas novelas de Pittigrilli y compañía, donde se condena el proceder de un criminal para describir con mayor minucia los sufrimientos que ocasiona a su irresistible víctima: similar sadomasoquismo en estas refinadas producciones, encubierto por las costumbres y antigüedades desempolvadas para la ocasión. Las relaciones peligrosas en la versión laborista de Stephen Frears participaba de la misma complacencia, amparada en el gesto de condena, hacia los vicios supuestos de las clases altas, pero el cruel Cuarteto de Heiner Müller no se complacía menos en su propia inexorable violencia y la creciente frialdad de su proceso. Queda el Valmont de Milos Forman, ligero y libre, tan lejos de la idea de un ajuste de cuentas entre los protagonistas como del pensamiento, que a éstos nunca se les hubiera ocurrido, de que debieran rendir cuentas a la moral de espectador futuro alguno.

Neo neo. Ladrones de bicicletas: el hombre al que le robaban la suya en la película mostraba la suficiente falta de recursos como para dar a pensar que sólo en el seno de su clase y nunca a solas podría salir adelante. Una remake actual, en lugar de a él, podría seguir al bien robado y mostrar el provecho que cada uno de los sucesivos ladrones es capaz de extraerle. Como el amor en La ronda o el burro en Al azar, Balthazar. O el billete falso en El dinero. Así el hijo tampoco jamás reconocería a su padre y éste también se habría librado de su condición de ejemplo.

Bardamu y compañía

Bardamu y compañía

Operaciones narrativas. Dividir y multiplicar. Céline es el titiritero cuya marioneta estelar, Ferdinand, enreda los hilos de sus compañeros de escena para que el incorregible doctor, diagnosticando una enfermedad irremediable, no intente ya curarla ni minimice sus efectos. Sollers, un Céline benévolo según Philip Roth, recurre a lo que llama Identidades Múltiples Asociadas para, más que desdoblarse, redoblarse y, como el Rey Mono de la Ópera de Pekín, atajar cuanto se le lanza e integrarlo en sus malabares. Persona es máscara y nada lo pone tan pronto en evidencia como la aparición de la propia en el texto; sin ella, la comedia general se escondería en lo casual o accidental y se saldría con la suya, enmascarada.

Movilidad social. El padre de Stendhal, según su hijo y heredero, era un “burgués que se creía noble arruinado”. Estos burgueses empobrecidos se toman por proletarios. La reivindicación refleja al legitimismo como la fuente la cara del viandante que tropieza y cae en su interior.

Clave secreta. Lo público es la forma de delirios inconfesados / por su recóndito compromiso con fondos privados.

Lotería. La pérdida de una vida dedicada a la satisfacción de las necesidades que ella misma crea no debería apenarnos ni atemorizarnos demasiado. Pero no es lo que cada uno estaría obligado a ganar lo que arriesga en cada apuesta, aunque parezca que tanto se apega a lo efectivamente obtenido, sino la pérdida a largo plazo del pozo común estimado.

Contrapicado. El desprecio arroja sobre la humildad una luz más penetrante que la compasión e incluso desenmascara al orgullo, forzado a dar la cara y la medida de su valor ante la provocación de que es objeto. Pero el que ejerce el desprecio ha de pagar su ejercicio, obligado a vivir por encima de sus posibilidades.

En conflicto consigo misma

En conflicto consigo misma

Silogismo. “Los sentimientos son la forma de razonamiento más incompleta que se pueda imaginar.” (Lautréamont) “Todo buen razonamiento ofende.” (Stendhal) Por eso todo sentimiento llevado a sus últimas consecuencias acaba por volverse contra el ofensor como vergüenza.

La ecuación insoluble. La humildad ayuda a vivir, pero es una tristeza. El orgullo es una alegría, pero prefiere la muerte a la humildad. No hay síntesis para esta antítesis, ni solución de continuidad para tal contradicción. Entre ambos términos sólo cabe abandonar la voluntad, oscilar según sople el viento y dejar, como un sobrentendido, la conclusión en suspenso. Pero el suspenso no es una conclusión.

Como un pájaro posado en un alambre. Siempre he vivido rodeado de gente que tenía más dinero que yo y se preocupaba más por el dinero que yo. Mi lugar estaba en la cuerda floja, mientras que a ellos, cada vez que el suelo les temblaba, era preciso apuntalarlo hasta que volviera a quedarse quieto. En una cuerda, como se sabe, se baila; y la cuerda también tiembla, vibra, como las alas de un colibrí, aunque dependa de dos polos, pero ésa es su naturaleza. Yo soy un parásito de esa cuerda, que estaría mejor sin mi peso, tendida inmóvil a través del azul. Pero a ella le ha tocado sostenerme y aun mantenerme con vida. Miro abajo y a los dos lados veo la tierra cubierta de cultivos, las casitas echando humo como si fuera su aliento: prosperidad amenazada. Y yo sobrevolando, aunque posado en mi rama. La gravedad nos une, la ley no distingue entre fortunas.

Cara y cruz. Los ricos ofenden por lo mismo que seducen: su ligereza.

Orgía barroca. Todos los hombres que deseen participar y dos mujeres. Philippe Sollers, de gusto barroco, recomienda en su Retrato del jugador una o varias, pero nunca dos: eso, señalémoslo, para cada jugador particular. Elipse, elipsis: buscar, en esta composición, el punto de fuga entre Escila y Caribdis.

dosmujeres

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Médico de letras

Dr. Destouches, conocido como Céline

¿Qué es un book doctor? Esta expresión, tan habitual en el mundo editorial anglosajón, donde el editor (con acento en la e) se distingue tan claramente del publisher y book doctor es la manera habitual de referirse al editor free-lance que trabaja junto al autor en hacer del manuscrito de éste el libro que otro editor querrá publicar, no es tan corriente en el ámbito de habla hispana ni tan fácil de traducir. ¿Qué hace, pues, un book doctor?

Yo visito cada semana unos veinte o treinta manuscritos en distinto estado de salud o crecimiento. Llego y allí están, pacientes en su estante, esperando ser examinados y recibir su diagnóstico: ¿vigoroso?, ¿en cuarentena?, ¿hay que operar? O llegan a esta consulta, mi refinería literaria, a menudo en busca de una segunda opinión, cuando no ya decididos a iniciar el tratamiento tras el cual no habrá lector que resista al contagio. ¿Pero existe ese tratamiento? ¿Qué cura un book doctor? ¿Son acaso los borradores y versiones inconclusas obras enfermas que deben sanar para convertirse en libros? ¿Deben ser dados a luz, como decía Ezra Pound de T.S. Eliot y de sí mismo a propósito de The waste land, entre una madre y una partera sin la cual tampoco habría nacimiento?

Dr. Schnitzler

No, me digo; la literatura es una salud, como decía Deleuze. Los médicos son los escritores, son ellos los que vacunan y purgan la lengua contra los males de la mentira, la imprecisión, el pensamiento único y la conciencia satisfecha; son ellos quienes redactan el verdadero historial de lo que ocurre bajo la superficie cotidiana y que sólo la imaginación descubre. Pero, al igual que la medicina, la literatura no es el don de ningún brujo o chamán, sino un saber compartido, provisto de un instrumental, herramientas y recursos que contribuyen al éxito de cada operación por singular que ésta sea. ¿Cómo podría la sola inspiración, azarosa como es, compararse con el conocimiento y la experiencia acumulados durante siglos de práctica de la escritura?

Estas notas cotidianas tratarán de mostrar esa circulación, ese proceso de intercambio de ideas, lecturas, conocimientos e inspiraciones entre todos los vinculados a la creación literaria que conduce a cada obra terminada. Para eso me basaré en mi reiterado papel de Dr. Watson, narrando las aventuras de los distintos Sherlock Holmes a los que acompaño en su búsqueda de la expresión exacta. Y recurriré, como no, a la historia de la literatura, que tantos otros ejemplos útiles nos reserva. La inspiración trabajando: ése es el misterio al que iremos tratando de acercarnos en esta serie de aproximaciones. Un poquito cada día, sin esperanza ni desesperación, como decía Isak Dinesen que escribía.

Dr. Chejov

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